El saber ocupa lugar

Habían martilleado su infancia con la dichosa frasecita, “Elena, el saber no ocupa lugar, las matemáticas existen”, pero ella siempre se sintió perdida entre sumas y restas, y aquel dichoso número “pi” que había pasado a formar parte de sus peores pesadillas. En ocasiones, sentía cómo éste la perseguía por un largo y oscuro pasillo como en aquellas películas de terror que veía a escondidas cuando niña, en otras se convertía en una soga que la ahogaba, momento que Morfeo solía aprovechar para abandonarla y dejarla sana y salva en el mundo de los vivos. 

Cuando sus padres se fueron al reino de los muertos de forma voluntaria, no sólo hubo que arreglar papeles, hubo que vaciar la biblioteca que había acompañado sus primeros pasos por la vida. 

La biblioteca de papá siempre había sido motivo de devoción y orgullo. A Elena le gustaba presumir de tener todos los libros del mundo, hasta que descubrió Amazon y a Mauricio. Una le mostró todo lo que le faltaba, el otro que necesitaba cien longevas vidas para leer todo aquello que merecía la pena. 

Saber por saber, había sido para ella una verdad absoluta, una verdad infinita, una verdad verdad sin fisuras, sin grietas, un lema.

Cuando llegó la hora de vaciar aquella Alejandría particular, no existían en el mundo cajas suficientes para embalar aquella sapiencia que por momentos se convertía en una losa de lomos, colores, tamaños y pesos. Porque sí, porque en un momento dado se mezclaron el español patrio esperpéntico, con el alemán ignoto lleno de héroes y solemnidad; los ingleses acabaron conviviendo, no sin problemas, con exquisitos franceses que les miraban con desprecio por encima del hombro, mientras los rusos se mesaban la barba y ajustaban sus monóculos para no perder detalle. Aquello no había forma de soportarlo. Había tenido que comprar una casa diez veces más grande de la que necesitaban ella y Galdós, su perro. 

Lo peor llegó cuando comenzó a empaquetar libros que había comprado ella: Viaje al fin de la noche edición especial centenario, Bola de sebo que la hizo reír tanto, las locuras de Amélie, la Nothomb para los no iniciados, El gran gatsby que siempre le hacía descubrir “la edad de la inocencia”, Bukovski, Cánaves, Brines, Ángel González, Quim Monzó y su Gasolina, y comenzó acordarse de todas las compras compulsivas que había hecho en las malditas ferias del libro, en las que éstos eran expuestos con total impudicia, invitando a un consumo irreflexivo y voraz. Concluyó que la cultura en general era una inmensa cagada. Gasolina. Volvió a coger de la caja el fino ejemplar editado por Anagrama. Gasolina. Le dio vuelta y vuelta como si fuese un filete a la plancha. Gasolina. Se recostó en el suelo y mirando las telarañas del techo sólo pensó en fuego, en el fuego destructor que purifica, en el fuego hijo del sol, en llamas que lamen el cielo invitando a matar o a morir.

Hacía varias lunas que había perdido la cuenta de los volúmenes que iba amontonando, sin ton ni son, en el cenador que llevaba años ya en desuso. Caja tras caja las fue vaciando, la montaña de libros, vista desde lo lejos y en un alto parecía un pastel incomestible de colores.  

Había tardado más de treinta años en darse cuenta de que le habían mentido. El saber era un agujero sin fondo de espacio y tiempo. Suspiró.

Sabía por Rivas que los libros tenían un arder difícil, tendría que permanecer constante alimentando las llamas, y dejar que el aire traspasara para una mejor combustión. Tardaría horas en destruirlo todo, pero al menos podría seguir ligera de equipaje.

Abrió el primer bidón de gasolina, fue bañando la montaña como se emborracha un bizcocho, incluso se ayudó de una escalera para llegar mejor a los lugares difíciles. El fuerte olor del combustible comenzó a impregnar la soleada tarde de otoño. Ella por momentos se mareaba, pero una fuerza que venía de dentro la empujaba a seguir, a pasar el antebrazo por la frente sudorosa y colocar desordenadamente cuatro pelos rebeldes que escapaban  insistentes de la improvisada e inhabitual coleta. 

Finalizó la tarea de preparación con una gran sonrisa, que huyó de su rostro cuando se dio cuenta de que hacía cuatro años que había dejado de fumar, y diez que sus padres habían cambiado la instalación eléctrica sustituyendo la bombona de butano por una moderna vitro. Velas e incienso estaban prohibidos por petición expresa de papá, como si siempre hubiera sabido en su fuero interno que su mayor legado no iba a llegar a buen puerto.

Mañana bajaría al pueblo. Un día más.

Mientras ella pasó la noche huyendo por tierra, mar y aire, de un “pi” implacable, el cielo se cubrió de espesas nubes y luminosos truenos, llovieron balas y Dante lloró su Infierno como nunca nadie hubiera podido sospechar.

Cuando ella vio la obra, dio gracias al cielo por haber hecho tan bien el trabajo sucio, y comenzó a construir una gigantesca menina de papel maché, mientras recordaba a papá cuando decía eso de “no hay mal que por bien no venga”. ♦︎

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