‘El autor’ de vida o de novelas

El autor (2017), de Manuel Martín Cuenca.

Una de las maravillosas cosas que provoca el cine, al igual que la literatura, la música o cualquier tipo de actividad artística, es la capacidad que tiene para hacer volver a surgir ciertos retazos de nuestra vida, ya fuesen momentos pasados, ilusiones o engaños. Así, el viernes pasado, al salir del cine, no podía sacarme de la cabeza a un compañero de los últimos años de instituto, al cual casi tenía olvidado; de hecho, tan solo recordaba su mote, y hasta el sábado no pude saber cómo se llamaba exactamente.

Este compañero dedicaba mucho de su tiempo a pintar. Quería ser pintor a toda costa, cuando muchos no conocíamos a algunos pintores, él era capaz de hablarte no solo de sus obras, sino de cómo había sido el proceso de creación: qué situación había llevado al artista en cuestión a pintar, cómo conseguían los materiales, sus horarios, las adicciones que tenían y cómo influían, etc. Nos quedábamos asombrados por la cantidad de conocimiento que tenía de las obras. Y, después de contarnos todos aquellos detalles, soltaba un lacónico “pero lo que importa, lo que queda, es la obra”.



Al acabar la universidad, me lo encontré un par de veces y hablamos. La primera vez me contó que había conseguido exponer en Londres, en Berlín y en Barcelona un par de veces; que incluso había tenido compradores, pero que se sentía ciertamente decepcionado con todo lo que rodeaba al mundo. La segunda vez que lo vi, un par de años después, sin ser demasiado exacto, dijo que no le interesaba exponer, que había tenido alguna propuesta pero que se había apartado del mundillo, “porque lo que menos les importa es la obra”. A pesar de ello, su Moby Dick seguía vivo, seguía pintando. La gran diferencia que noté entre la primera vez y la segunda fue su aspecto físico: siempre había sido delgado, aunque no tenía un aspecto demasiado saludable. En cambio, en ese segundo encuentro, parecía encontrarse mejor físicamente: había ganado unos pocos kilos y parecía más animado.

Esta anécdota vino a mi mente tras el visionado de El autor (Premio FIPRESCI en el Festival de Toronto 2017) de Manuel Martín Cuenca (película basada en el texto homónimo de Javier Cercas). En ella se narra la vida de Álvaro (interpretado por Javier Gutiérrez que, por cierto, cada vez que lo veo me parece mejor actor), un abogado que trabaja en una notaría y que su única obsesión es escribir una novela, o como él mismo le dice a su mujer Amanda (María León), autora de un best-seller, quiere escribir “literatura de verdad”. Para ello trama un plan que le permita conocer a los vecinos de su bloque con la finalidad de nutrirse de un material que pueda ajustar al texto que escribe. Sus vecinos serán sus personajes, pero el propio Álvaro es consciente de que la vida de por sí quizás no le dé una trama ni interesante, ni solvente; así que fuerza situaciones de las cuales surgirán principalmente los diálogos. Sus herramientas serán sus sentidos, el portátil y el teléfono móvil.

Pero más allá de la trama, la película plantea una serie de problemas que pueden surgir a un escritor sin demasiada imaginación, como diría Marcel Proust. Hasta dónde puede llegar una persona para poder nutrirse de la realidad es la pregunta que ronda al espectador durante toda la película. Ya no solo en el espiar y plasmar la vida de otros sin consentimiento, sino en influir directamente en el futuro de esas mismas personas aprovechando su posición sentimental o laboral, como si de marionetas se tratase, al igual que ocurre con los personajes de la portera (Adelfa Calvo), el vecino con el que juega al ajedrez (Rafael Téllez) o la pareja de mexicanos que vive en su misma planta (interpretados por Adriana Paz y Tenoch Huerta). Pero que, la buena construcción de la narración provoca que el propio Álvaro se vea inmerso en actos no previstos.

Además de estas cuestiones éticas, en el filme se tratan varios de esos tics que conocerá, como en este caso, todo aspirante a escritor, como, por ejemplo, los espacios para escribir o los tics de otros escritores a quienes se admira y que se tratan de imitar. En algún momento influido por el profesor de escritura (Antonio de la Torre) o por las novelas que el personaje admira, como el caso de El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

En definitiva, se trata de un filme bien construido y altamente solvente que logra mantener la obsesión de toda película: mantener al espectador atento durante todo el metraje.

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