‘The Deuce’, vacuna contra el revival ochentero

The Deuce (2017). Imagen: HBO.

Jorge Manrique afirmó en el siglo XV que cualquier tiempo pasado fue mejor. Quién le iba a decir que ese verso suyo se convertiría en uno de los lugares comunes más transitados del discurso cultural, con modas que cíclicamente regresan de entre los muertos para invadirlo todo y desaparecer de nuevo hasta su próxima convocatoria. Durante el último lustro o quizá algo más, concretamente desde el éxito de Super 8 en el verano de 2011, le ha tocado el turno al revival ochentero, teniendo en Blade Runner 2049 y la segunda temporada de Stranger Things sus más recientes manifestaciones. Haciendo un poco de sociología amateur, la evocación —cierto que muy estilizada— de los tópicos de entonces no carece de lógica: quienes nacimos o crecieron a lo largo de esa década somos ya adultos hechos y derechos, por ende consumidores potenciales a los que tentar con el siempre apetitoso caramelo de la nostalgia.

Nada más lejos de mi ánimo que renegar de apuestas tan encomiables como las arriba citadas o la oleada retro-synth en que actualmente abreva toda banda sonora con aspiraciones modernas. Sin embargo, no escasean tampoco los ejemplos de lo contrario, como el remake de Ghostbusters (Cazafantasmas, 2016) o las estériles maniobras de reanimación  practicadas a las sagas Alien o Terminator. Además, sospecho de las tendencias que se tornan burbuja y temo que la deriva resucitadora nos traiga de vuelta los malhadados noventa, naufragio estético del que sólo cabría rescatar a la escena de Seattle, y no en su integridad. Esperemos que la reciente versión de Baywatch (Baywatch: Los vigilantes de la playa, 2017) para la gran pantalla nos haya servido de escarmiento.



Similares cautelas parece albergar HBO. Porque, haciendo de su capa un sayo —muy propio de ella, por otra parte—, se ha atrevido a reivindicar los setenta, antítesis crudísima de la década, un tanto pueril, ahora en el candelero. Los despreocupados años post-Woodstock, anteriores al rearme neocon del eje Thatcher-Reagan y, sobre todo, a la aterradora irrupción del SIDA, tienen poco que ver, más bien nada, con las blancas aventuras de pre-púberes típicas de los ochenta.

La valentía de la controvertida cadena de televisión raya en la temeridad, habida cuenta de que Vinyl (ídem, 2016), su primera tentativa a ese respecto, hubo de ser cancelada tras una sola temporada. Igual le sucedió a The Get Down (ídem, 2016), aproximación de Netflix al surgimiento del Hip Hop que casi la lleva a la ruina. Claro que, teniendo a Baz Luhrman en la sala de máquinas, no cabía augurarle un futuro especialmente halagüeño.

En cuanto a Vinyl, con ser una serie excelente a la que la historia hará más justicia que la audiencia, quizá incurrió en el pecado del exceso. Me explico: su argumento no sólo se prestaba a la hipérbole, sino que de hecho la demandaba; pero es posible que su barroquismo y sudorosa fisicidad fueran demasiado para el espectador actual, pese a los avances promovidos por la propia HBO en el campo de la explicitud. A la explosiva serie creada al alimón por Jagger y Scorsese —¿alguien esperaba mesura alguna de pareja semejante de benditos megalómanos?— le sucedía también que, en muchos aspectos, era deudora de Mad Men (ídem, 2007-2015), cuyo hermosísimo cadáver no se había acabado de enfriar cuando Vinyl quiso heredar el trono que, con permiso —valga la redundancia— de Game of Thrones (Juego de tronos, 2011-Actualidad), había venido ocupando aquélla.

Aprendida la lección, The Deuce presenta una acusada personalidad propia, que funda en la humanidad, honda y doliente, dimanada por sus personajes. Tiene el tremendo mérito añadido de que logra hacer brotar su aliento poético de entre el fétido piélago en que se pudría una Nueva York muy alejada del parque temático que es hoy. La sordidez, marca de la casa, se mantiene indeleble; extraño retrato del mundo del porno hubiera sido uno que no resultase grotesco. Sin embargo, es la atención al detalle, a la delicadeza de una mirada, una sonrisa o incluso un silencio lo que insufla a esta serie una vida que no le cabe en el pecho. Como si de una encarnación bizarra de la fenomenología hegeliana se tratase, The Deuce evoluciona en base a la síntesis de contrarios. Con perdón del tosco oxímoron, la frágil fortaleza de las prostitutas —desnudará su cuerpo por exigencias del guión, pero Maggie Gyllenhaal nos desvela principalmente su alma en carne viva— frente a la progresiva intrascendencia de los chulos, mal disimulada bajo aparatosos oropeles de virilidad. O la calidez y la ternura de la intimidad sincera frente a la brutalidad del sexo transaccional. Una maravillosa Dominique Fishback en la piel canela de Darlene, deslumbradora revelación de la serie, constituye el corolario de todos los matices y sutilezas que hacen volar a The Deuce muy por encima de lo que cualquiera hubiera imaginado de una producción con James Franco de protagonista, y por partida doble. Sin menoscabo de la indiscutible simpatía que desprende, cuesta tomárselo en serio, como actor al menos. Pues bien, posiblemente contagiado del tantísimo talento que lo rodea, hasta él mismo, en sus dos papeles, entrega un trabajo competente.

Todo lo cual debe agradecérsele a David Simon, responsable de, entre otras, la casi unánimemente aclamada The Wire (ídem, 2002-2008), y a George Pelecanos, su guionista de cabecera. No suelo ser partidario de que las series se alarguen ad nauseam, pero ésta, igual que Vinyl en su día, sí se ha ganado con creces su renovación por una segunda temporada. Esperemos que, a diferencia de su predecesora, le acompañe la suerte, aunque sea sólo por sus propiedades como antídoto contra el revival ochentero.

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