Mañana de colegio

Fotografía de Alex Majoli/Magnum Photos.

Sheila mira las calles, le gustaría ver llover al otro lado de la ventanilla. Su cerebro de seis años va creando una personalidad en base a esa y otra frustraciones. Por qué ese deseo de ver llover, nadie lo sabrá jamás, y en verdad tampoco serviría para nada. Vanesa conduce concentrada en el tráfico. Mira el semáforo según se aproxima a él, el disco cambia, frena moderadamente, guardando la distancia de seguridad con el coche que la precede. Por el retrovisor interior, ve cómo el coche de atrás se acerca tanto que deja de verle los faros, le molesta, pero aparta la vista del retrovisor y la dirige impertérrita al semáforo. Entra en una rotonda de cinco carriles, se coloca en el central, alcanza un túnel y las luces de cruce de su 4×4 se encienden automáticamente, echa un rápido vistazo a Sheila, y se cambia de carril. Otro semáforo las detiene, será el último antes de llegar al parking del colegio. El mismo coche de antes vuelve a pegarse hasta casi tocarla. Vanesa puede ver el rostro del conductor reflejado en el espejo, un rostro que la mira, consciente de que es observado y que a pesar de ello no se inmuta. No llueve, aunque a Sheila le gustaría. Está aprendiendo que las cosas casi nunca resultan como desearía, pronto estará en el colegio, donde aprenderá a aceptarlo. 

Mientras aparcaban, Sheila vio el coche de la mamá de Tatiana, ralentiza el paso para dar oportunidad a que su amiga coincida en el ascensor con ella. Las niñas se reúnen e inmediatamente se sumergen en un intercambio de risas y cuchicheos, las madres se saludan y guardan silencio mientras suben al patio. Los silencios y las risas chocan contra los inoxidables límites del elevador. En la puerta del edificio se forman un par de filas de críos, donde también la espera es inoxidable, el suelo del colegio no tiene baldosas quebradas, nadie firma en sus paredes, sus cristales no se rompen. Vanesa besa a su hija y le recuerda que se coma todo el desayuno, Sheila la abraza. Pronto estará de vuelta, es la última semana del curso y el horario se ha reducido a media jornada. Las niñas se incorporan a la fila con sus compañeros. Las maestras salen a recibir a los alumnos, una procesión de niños se pierde en el interior del modulo, Vanesa le dice adiós con la mano a Sheila, que responde con una sonrisa.

Ha de pasar por la gestoría pero decide que no lo hará, le apetece volver pronto a casa y ponerse a trabajar, el día anterior dejó bastante avanzado el diseño de unos pendientes para oro blanco. Quiere regresar, tomar el desayuno que prepare Ingrid y encerrarse en el ático, donde tiene su estudio y los ruidos del servicio no la molestan. Ella siempre dice que diseñar joyas es un trabajo que no admite más ruido que el del lápiz contra el papel, necesita silencio y tiempo, el ruido del trabajo no la deja trabajar. En el ático la luz entra por estrechos ventanales organizando el espacio en exactos apartados de distinta claridad. En el centro una gran mesa de trabajo se cubre de hojas dibujadas. Observa un instante los papeles, toma uno de ellos y comienza a retocar su dibujo. Ese es su trabajo, subir a la buhardilla, ponerse vaqueros y camiseta, el uniforme de trabajo, y garabatear en papel caro buscando formas que resulten bellas. Así pasa media hora hasta que suena su móvil, descuelga y pregunta quién es. Su rostro se detiene. Escucha atenta, sin despegar un milímetro el teléfono de la oreja. La llamada dura cerca de un minuto, después deja el móvil sobre la mesa. Su rostro expresa preocupación, alerta, pero no es exactamente eso lo que siente Vanesa, son términos livianos para lo que le ocurre, en realidad el miedo ocupa todos sus órganos, y hasta que la náusea no la sobreviene su cuerpo delgado no rompe la quietud. Y después un llanto, difícil por desconocido.

Una voz de mujer le ha dicho “su pequeña Sheila no está en el colegio. Escuche y no interrumpa. Una mal intencionada grieta en su tacita del almuerzo le ha lastimado levemente el labio. Nada importante, lo suficiente para que su tutora la acercara a la enfermería, donde el enfermero, al que a partir de ahora llamaremos “mi socio”, la curara con celo y sacara del colegio. Ahora preste atención. Diríjase  a su banco, saque trescientos mil euros, trescientos mil,  y regrese a su casa; una vez allí llame a la empresa de transporte Tenexpress, y solicite la recogida urgente de un paquete y su posterior envío a la siguiente dirección: travesía Maresmo 14 bis. No intente contactar con el colegio. No intente contactar con la policía. Actúe con normalidad, no llame la atención. Siga las instrucciones que le hemos dado y podrá recoger a su hija a la salida del colegio como cualquier día. Si no lo hace o hace algo que nos perjudique mínimamente, o creemos que lo hace aunque no lo haga, entonces todo cambiará para ustedes. Tiene dos horas y media”.

Por eso Vanesa llora, esta vez es como todo el mundo, y a pesar de ello sigue siendo especial por el mismo motivo de siempre. Tiene dinero para solucionar el problema y no piensa que podría ser peor, que podría no tener ese dinero, porque en verdad sería absurdo, no le estaría pasando lo que le está pasando. No ha reflexionado pero la decisión está tomada. Se pone una cazadora y marcha sin decir palabra. Sale del garaje a gran velocidad, recuerda las instrucciones, ha de comportarse con normalidad. Cierta ansiedad se apodera de ella al tener en cuenta que su marcha no atiende a lo indicado. Piensa lo sencillo que hubiera sido decir que salía a comprar unos lápices, lo que fuera, pero ya está hecho; qué hacer ahora, se pregunta Vanesa. Reduce la velocidad como respuesta, si acaso eso es una respuesta, debe obedecer, no puede permitirse más descuidos. Tiene dos horas y media, si controla los nervios en una hora puede tener solucionado el asunto. Llega al banco, será difícil encontrar un sitio para aparcar. Da una vuelta a la manzana sin encontrar lugar, comienza otra vuelta y la completa de la misma manera. Ha llegado al banco en diez minutos y lleva el mismo tiempo dando vueltas alrededor del edificio, no puede evitar ponerse nerviosa y cree tener ganas de llorar, por eso gime una vez, gutural, gesticula como un payaso triste, pero no llora. Piensa en aparcar en la acera, pero corre el riesgo, ya no de que la multen, sino de que la grúa se lleve el coche. Desestima la idea, hasta que piensa que podría volver en taxi. Pero vuelve a desestimar la idea, porque sin duda alguna sería un comportamiento llamativo, y no puede llamar la atención, ni dar oportunidad a que alguien piense que intenta llamar la atención. Un coche se marcha y ella aparca en la misma puerta del banco.

Una fila zigzagueante de personas llega hasta la entrada de la sucursal. Vanesa pasa sin prestar atención a la gente que espera, se acerca a una de las mesas de atención personal. El empleado está ocupado con un cliente, Vanesa no les interrumpe pero se posiciona de tal forma que el propio empleado ha de preguntarle en qué puede ayudarla. Ella responde que quisiera ver al director, es una amiga. El empleado llama por teléfono y dice “tiene una visita”, cuelga y dice “saldrá enseguida”. Ella da las gracias y se disculpa.

Una vez dentro de su despacho, el director le ofrece asiento cortésmente a Vanesa. Ella se sienta, coloca el maletín que lleva sobre las piernas. Se disculpa por lo inesperado de la visita y la urgencia alarmada, pero necesita retirar un efectivo con cierta celeridad. El director le pregunta si hay algún problema. Vanesa presiente que se está equivocando, está atrapada en un laberinto de múltiples interpretaciones, cada acto es una ruina, sin embargo tiene que elegir, no puede quedarse quieta porque cada decisión suponga un riesgo. Responde con una sonrisa que nada ocurre, “cosas que se van dejando y se olvidan, cuando te acuerdas te quedaste sin tiempo”, dice sin ninguna convicción. “Entiendo”, dice el director, devolviendo la sonrisa. “Un talón, imagino…”. “No, en efectivo… lo necesito. Traje el maletín para llevarlo”, dice Vanesa. El banquero afirma que es mucho dinero, un talón sería más seguro, tuteándola, llamándola por su nombre. Ella le asegura que no tiene por qué preocuparse, el maletín tiene llave. Vanesa no quiere chillar pero está a punto de gritar que es su maldito dinero y que lo ponga de una vez dentro del maletín, y de jurar por dios que como algo salga mal le arruinará la vida. El banquero accede, toma el maletín y sale del despacho. Vanesa firma sin leer los documentos de la retirada. Él pregunta desde la puerta si necesita algún tipo de billetes en especial. Vanesa responde que no. No puede decir aquello de billetes pequeños y sin marcar; como mejor les venga a ellos, termina por decir. Mira el reloj, le ansía saber cuanto tardará en volver con el dinero. Necesita encender un cigarrillo, han pasado cuarenta minutos desde que recibiera la llamada. El banquero regresa, le muestra el contenido del maletín, son un par de bultos de billetes de quinientos y el resto de cien, le calcula la cuenta, todo está correcto. Ella cierra el maletín con llave y le da la mano.

Se enciende el ansiado cigarrillo y hace esfuerzo en no pensar en Sheila, porque si lo hace sólo puede imaginarla sufriendo, y descubre que su imaginación es tan vil como la de sus captores. Repite para sí misma “Sheila, mi amor, mi niña”, cada repetición en voz más alta, nadie la escucha, la nombra porque sabe que de nada sirve, una plegaria al vacío ahora que nadie espera, en este momento que no hay Dios la vida al fin merece la pena ser luchada, agradecer a nadie la suerte de abrazar nuevamente a su hija. Piensa en el labio cortado de Sheila, esta vez las lágrimas emergen de forma natural, el verdadero amor que sabe a sal en el rostro más allá del espectáculo. 

Lo que resta es sencillo, ha de regresar a casa, llamar a la empresa de transportes y esperar a que se lleven el paquete. Vanesa intenta subir al estudio sin cruzarse con los empleados, pero Ingrid la llama al paso por la cocina. Su ex-marido llamó, necesita hablar con ella, es urgente. Vanesa no puede controlar los nervios, tiembla, Ingrid pregunta si se encuentra bien, Vanesa pregunta si le dijo algo más, Ingrid responde que no, y Vanesa sube al estudio sin mediar palabra. Ha sido poco cortés, ha desaparecido de la vista de Ingrid sin despedirse ni dar las gracias, no es su forma habitual de actuar, y no tarda en justificarse, la situación es difícil, tienen que comprenderla, se dice, pero es imposible hacerlo porque ella nada puede explicar. Ahí reside el peligro, que negado el auxilio, intenten salvarla. Marca el número de su ex-marido. Le pregunta qué pasa, intentando utilizar un tono neutral. Él pregunta qué tal va todo. Bien, responde Vanesa, sin decirle que vaya al grano pero pensándolo, aliviada en gran medida al comprobar que la urgencia nada tiene que ver con la situación de su hija. Necesita cambiar el turno del próximo fin de semana, consiguió el lunes libre y querría llevar a Sheila de viaje a Londres. Vanesa no objeta nada, le molesta un poco que pierda un día de colegio, y se siente contrariada, después de hoy no querrá separarse de ella jamás, nacida la incertidumbre será imposible olvidar el pánico, “después de hoy” son palabras espeluznantes dichas hoy. Pasará a recogerla el viernes por la tarde, dice él. Vanesa calla. ¿De acuerdo? Perfecto. Bien entonces, gracias Vanesa. Nada, adiós. No hay ventanas para tirar la vista al infinito en el ático, de ellas solo llega luz de un cielo que no evoca más de lo que evoca una bombilla de ahorro.

Pasa el dinero del maletín a dos grandes sobres reforzados, los que utiliza para enviar los pliegos a la imprenta. Los precinta a conciencia y escribe sobre ambos la dirección a la que tienen que ser enviados. Llama a la empresa de transportes, necesita que el bulto esté en su destino en menos de una hora. Los deja sobre la mesa y espera.

Quizás debería haber llamado a la policía, duda Vanesa, se encuentra totalmente desprotegida. Sheila no volverá a ese colegio, se le acabaron los amigos, tendrá sólo seis años cuando afronte su primera vuelta a empezar, el primer borrar y empezar de cero. No volverá a ese colegio, pero Vanesa tampoco puede demandarlos, porque la amenaza regresaría, o mejor dicho se culminaría, porque la amenaza siempre existirá. Como si nada hubiera pasado para que nada pase. Una lección contraria a los libros de historia, esta vez se trata de posibilitar el futuro negando el pasado.

Llaman a la puerta, Vanesa sale con los dos sobres, cruza el jardín. Es un chica  que llega en moto, sin quitarse los guantes ni el casco le tiende un block de albaranes para que Vanesa firme. Esta le recuerda que ha de ser entregado inmediatamente, la motorista le dice que no se preocupe, sale para el lugar en el instante, en menos de quince minutos estará en su destino. Vanesa da las gracias. Son las doce y cuarto. Todo parece haber salido bien. Ya nada puede hacer, pero cualquier cosa puede ocurrir. La motorista puede tener una avería o un accidente. Ellos pueden creer que algo va mal aunque no sea así. Rezaría pero no es creyente, con Dios o sin Dios sólo cabe esperar.

Es la primera en llegar a la puerta del colegio, el sol le pega en plena cara, es imposible evitarlo. Otros padres, madres, empleados de grandes casas van llegando para recoger hijas e hijos propios o a su cargo. Algunos hablan, los menos, se forma un tumulto, Vanesa permanece al final del mismo. Tiene una mano sobre la boca, las piernas le tiemblan y cree que vaya a desmayarse en cualquier momento. Al otro lado de la puerta acristalada se vislumbra la emergente bata blanca de las profesoras. Se abre, los niños salen de uno en uno, las madres los cogen, se abrazan o se besan o nada. Sale Marta, sale Ainara, sale Albert gimoteando. Sale Tatiana. Sale Sheila, y Vanesa cierra los ojos para abrir el llanto. La abraza y se arrodilla. 

Mira a su hija, que no sonríe porque le asusta que su madre llore. Repite en el oído de su hija “todo acabo”. Le pregunta si está bien, si le hicieron daño, susurrándole. Vanesa mira el labio de Sheila, la niña se extraña, su boca está perfectamente. Quiere que le cuente todo, donde la llevaron, cómo la trataron, pero que nada le diga jamás a nadie. “Jamás le cuentes nada a nadie”, le repite. Sheila no entiende a qué se refiere su mamá. Estuvo toda la mañana en el aula, salió al patio en el recreo como todos los días, y se portó bien y comió todo el desayuno, le promete a su mamá. Vanesa la mira, no está mintiendo. Desconcertada, retira a su hija de su pecho, deshaciendo el abrazo, sin dejar de mirarla, como si tuviera que convencerse de que el cuerpo de su hija es real. Una de las profesoras se acerca y le pregunta a Vanesa si se encuentra bien, ella pregunta si Sheila salió de clase en algún momento, si no se cortó el labio con la taza. Nada de eso pasó, le dice la profesora, extrañada. Vanesa no comprende. Suena su móvil, llaman desde el número de casa, es Ingrid, un chico de Tenexpress viene a recoger un bulto de entrega urgente. Vanesa no contesta, los ojos de la motorista regresan a su mente, pero no es exactamente un regreso, no son los mismo ojos, tiene que inventarlos en el recuerdo, son los ojos de un rostro oculto, una mirada sin color ni forma, una voz en despedida sin timbre ni tono, ya comprende. “Págale el servicio y dile que ya no es necesario”, le responde a Ingrid. A Sheila le gustaría comprender qué ocurre, pero no llueve. Las palabras se inventaron para entendernos mejor. ♦︎

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