Leonard Cohen: el deber de los amantes 

Leonard Cohen, Teatro Jovellanos, Gijón, 2011. Foto: Iván Martínez.

Hablo casi cada noche con Leonard Cohen. Hablo con él y él me contesta. Aunque se haya muerto, él me contesta. Cuando estaba vivo, también lo hacía. 

Leonard Cohen se murió hace un año, en el noviembre pasado. Lo dice en Did I Ever Love You, que está en Popular Problems (2014), su penúltimo álbum, me lo dice: “Was it ever settled, was it ever over, and is still raining back in November”. 

Hablo con Leonard Cohen cada noche. Hablo con la imagen que ilustra este texto, fantástica fotografía de Iván Martínez. Iván Martínez me regaló una reproducción de su foto. Enmarcada, la senté en una butaca de la sala de mi casa, esperando el momento y el lugar para colgarla. Luego, la butaca se mudó de habitación y la foto quedó apoyada en la librería, sujetada por Rayuela, y quedó suspendida, a ratos, en el tiempo delicuescente, en que nos emborrachábamos con metáforas y analogías, buscando siempre entrar, las metáforas y analogías de las letras del pulcrísimo señor canadiense, como combustible imprescindible para entrar, para intentarlo, para buscar siempre entrar, y no conseguirlo jamás. Para entrar a través de esas ventanas de las canciones de Leonard Cohen, “come over to the window, my little darling”, “won’t you come over to the window, my little darling”, en el principio de So Long, Marianne, del primer álbum, Songs of Leonard Cohen (1967), que cumple cincuenta años enseguida. Ven, no vengas, hacemos lo que dicen las canciones, buscando siempre entrar, acercándonos a la ventana, manteniéndonos lejos, viajando en la ceguera, en la ceguera con Suzanne, en Suzanne… 

Marianne, Suzanne, en el primer álbum, Leonard Cohen me habla de ellas cuando hablo con él, casi cada noche, en la sala de mi casa. Yo me siento en el sofá, enfrente de la librería, de Rayuela y de la foto, cuyo lugar es ahí, decidí no colgarla, y le cuento y le pido consejo, y él siempre me responde. No es fácil hacer creer a la gente que hablo con Leonard Cohen y que él me responde, pero es verdad. Yo lo digo y, poco a poco, la gente me va creyendo porque está bien que se diluyan las lindes convencionales, cuando las lindes son convencionales, entre las metáforas y analogías y todo lo demás. 

La fecha de la foto es el 19 de octubre de 2011 y el lugar, el teatro Jovellanos, de Gijón. En la edición de ese año de los Premios entonces Príncipe de Asturias, Leonard Cohen recibió el de las Letras y en el teatro hubo un homenaje y el escritor de canciones, judío de Montreal, en Canadá, se sentó en un palco y se levantó y, para agradecer los aplausos, la admiración, la devoción, el cariño inmenso, los aplausos para agradecer el agradecimiento al maestro que un día decidió escribir y luego se tropezó con un gitano y una guitarra y con García Lorca y se creyó él gitano, “I used to think I was some kind of gypsy boy, before I let you take me home”, no puedo dejar de escuchar So Long, Marianne, no puedo dejar de escuchar So Long, Marianne, la canción por la que no soportaría no sentir, se lo digo a Leonard Cohen. 



Me interrumpe Leonard Cohen, otra vez Marianne, “you left when I told you I was curious, I never said that I was brave”, maestro Cohen, le digo, no, nunca te dije que fuera valiente, por eso, cuando me enteré de tu muerte, nunca dije que fuera valiente, se apoderó el temblor, el espasmo, y fue la manera definitiva de decir adiós. 

Sí, So Long, Marianne, no soportaría escuchar So Long, Marianne y no sentir. En un momento me descubrí que, si había una canción, que ya sabía que era de Cohen, me descubrí que, si había una canción, esa era So Long, Marianne. Si hay que hacer la tonta cosa de escoger.  

Marianne, me repite Leonard Cohen unas palabras pronunciadas años antes, “empecé la canción en la calle Aylmer, en Montreal, y la terminé más o menos un año después en el hotel Chelsea, en Nueva York. No pensaba que estaba diciendo adiós, pero creo que lo estaba haciendo. Ella me dio muchas canciones, y dio canciones a otros también. Es una musa. Creo que mucha gente piensa que no hay nada más importante que hacer una canción”. 

No hay nada más importante que hacer una canción porque haciendo canciones se ordena la vida, se ordena la vida de quienes no hacemos canciones, y así sabemos cómo debemos dejarnos ir. 

Y escuchando So Long, Marianne tuve la certeza de que no se puede hacer nada, si ser rubia guapa noruega joven modelo en la Hydra de los años sesenta no sirve, tanto eso, para que los ángeles se apiaden y nos perdonen cuando olvidamos rezar por ellos. 

Marianne Ihlen murió en julio, pocos meses antes que Leonard Cohen, sesenta años después de Hydra, cincuenta años después de So Long, Marianne. Si tengo que escoger una versión de la canción que no soportaría, escuchándola, no sentir, escojo la versión en directo del concierto de Oslo del año 1993, en la que se incluyen unos versos que la hacen mayor, en la tierra de Marianne, que hacen mayor a Marianne. 

Quiero ser otra Marianne, Faithfull, rubia guapa inglesa joven modelo en el Londres de los años sesenta, pero también Marianne Ihlen, que en la ruptura provocó la canción de canciones. Quiero ser rubia porque en Hey, That’s No Way to Say Goodbye el pelo sobre la almohada es como una adormecida y dorada tormenta, porque Marianne Faithfull es rubia y porque Marianne Ihlen es rubia. Quiero ser rubia porque no soportaría no sentir cuando escucho So Long, Marianne. Porque quiero que me escriban una canción. Porque no hay nada más importante que hacer una canción. Aunque la canción sea una canción de despedida, como castigo de los ángeles vengativos, canciones de despedida en el primer disco de Leonard Cohen, que forma parte de la excelsa nómina de excelsos primeros discos, pongan junto a él el Closing Time, primer disco de Tom Waits, soberbio en la descripción de soledades. 

So Long, Marianne y Hey, That’s No Way to Say Goodbye son canciones de despedida. Y está Alexandra Leaving, del disco Ten New Songs (2001). Cantada con Sharon Robinson, colaboradora de Leonard Cohen durante más de treinta años, autora, cantante, corista, productora. Los ángeles abandonan a quienes olvidan rezar por ellos y Dios abandona Antonio y lo cuenta Constantino Cavafis, cómo Antonio tiene que despedirse de Alejandría, que se marcha, “como te corresponde por haber merecido tal ciudad, quédate firme frente a la ventana (…) y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes”. Y Sharon Robinson canta “say goodbye to Alexandra leaving, Alexandra leaving with her lord”. Y seguimos sumando despedidas, en la imposibilidad del amor sin final, en el relato de la ruptura del amor que ha sido grande o en el relato del encuentro de dos personas en el ascensor del hotel Chelsea, que dura lo que dura una noche, y en el relato indiscreto de Chelsea Hotel #2, en los tres minutos de una canción insertada en el álbum New Skin for the Old Ceremony (1974), álbum que abruma, se contiene casi todo. En el encuentro de Janis Joplin, que buscaba a Kris Kristofferson, y de Leonard Cohen, que buscaba a Brigitte Bardot, más bellos que Joplin y Cohen, para acabar, en el relato que empieza por una felación y termina con un recuerdo vago, maquillada la compasión con una capa fina de barniz de cinismo, contando la noche en una cama deshecha de una pareja como todas las que se tropiezan en un hotel, la noche con la mujer que esa noche estuvo acompañada, con la mujer débil, a pesar de famosa, que confesaba que en el escenario hacía el amor con veinticinco mil personas y, sin embargo, volvía sola a casa. Se cuenta eso y se cuentan tantas cosas. Cómo vivían, cómo querían los trabajadores de la canción en el hotel Chelsea y en el Nueva York de aquellos años, corriendo tras el dinero y la carne. 

Hablo con Leonard Cohen. Le digo que quizá no se deban contar los polvos de una noche. No se deban hacer públicos. Pero que quién se resiste a un cuerpo hecho voz, al cuerpo hecho voz de Janis Joplin, a esa mujer, que follaba con veinticinco mil personas desde el escenario y que esa noche estuvo acompañada, el aullido encarnado en un cuerpo de mujer llena de zozobras. Y le digo que sí se deben contar los polvos de una noche, si de ellos salen canciones perfectas, relatos de tres minutos. Si de él sale el relato en el que, por encima de todo, se habla de la opresión de las formas que toma la belleza; el relato, en parte, rebelión, en parte, resignación, resignación por saber que la belleza es dictatorial y excluyente, aunque a veces logremos colarnos entre ella, para, al final, concluir, maestro Cohen, con una de las frases más repetidas, más hermosas, más veraces escritas en una canción: “Well, never mind, we are ugly, but we have the music”.  

Me contesta el maestro: “I can’t keep track of each fallen robin”. 

Señor Cohen, le digo, no eres un autor amable, no. Eres duro en la descripción del desamor, implacable en la ruptura. Implacable en la ruptura. Cínico, con una elegancia enorme, pero cínico. Descreído respecto a la capacidad humana de la solidaridad y de la compasión. Casi despiadado, queriendo aparentar otra cosa, pretendiendo engañarnos, con el hombre del impermeable azul. 

Aunque a veces muestres aparente comprensión con los hombres enamorados de las mujeres de las que te enamoras. A veces. Aunque a veces extiendas tu mano a las mujeres atrapadas en relaciones enfermas. A veces. 

Y me recuerdas la tristísima canción, llena de hombres que han perdido, con la que se termina Songs of Leonard Cohen. La canción es One of Us Cannot Be Wrong: “I showed my heart to the doctor. He said I’d just have to quit. Then he wrote himself a prescription, your name was mentioned in it”. 

Hablo con Leonard Cohen, el autor, sí, de So Long, Marianne, de Suzanne, de Chelsea Hotel #2; también de First We Take Manhattan, en I’m your Man (1988); de Democracy, en The Future (1992). De la obscena y gamberra producción de Phil Spector Don’t Go Home with Your Hard-On, del único álbum en que intervino el enajenado genio del muro de sonido, Death of a Ladies’ Man (1977). Álbum californiano, grabado en noches llenas de armas, alcohol y lisergia: “But don’t go home with your hard-on, it will only drive you insane, you can’t shake it (or break it) with your Motown, you can’t melt it down in the rain”, en los coros, Bob Dylan y Allen Ginsberg

El autor de una canción espléndida en que se mezclan dos constantes ligadas en la obra de Cohen, carne y espiritualidad, sexo y religión, una canción espléndida casi agotada por mil versiones llenas de cursilería y de interpretaciones planas, que no profundizan en una canción sexual en lo religioso. La canción es Hallelujah, que está en Various Positions (1984), y, hay que contarlo todo, también tiene versiones grandes, padre Cohen, le digo, yo me quedo con la de John Cale al piano. Él me replica: “But love is not a victory march, it’s a cold and it’s a broken Hallelujah”. 

El autor de Famous Blue Raincoat. Leonard Cohen es el autor de Famous Blue Raincoat, de Songs of Love and Hate (1971). El autor de una canción que no se puede creer en su perfección. El autor de una novela de unos pocos minutos. Que nos lleva a Clinton Street, en Nueva York, en un Nueva York helado de finales de diciembre, a las urgencias de las cuatro de la mañana, a Clinton Street, donde suena la música toda la noche. Donde suena la música toda la noche, en el Nueva York de Jane, que volvió convertida en la esposa de nadie, que volvió con los ojos desnudos de angustia, las idas y venidas de Jane, mientras Leonard Cohen, en la ciudad helada de fines de diciembre, en la ciudad del hotel Chelsea, de los músicos que corren tras el dinero y la carne, donde suena la música toda la noche, escribe una carta, al hombre desaliñado, viejo en el abandono, al hombre del impermeable azul ajado. A Leonard Cohen lo veneramos, Jane es atractivísima en sus idas y venidas, sin ser la esposa de nadie, con los ojos desvestidos de angustia. Y el hombre del famoso impermeable azul es fascinante, abandonado, vencido, avejentado, humillado, humillado en la victoria de Cohen, “you’re living for nothing now, I hope you’re keeping some kind of record”, en el reconocimiento de Cohen, en el agradecimiento por los servicios prestados, la limpieza de los ojos de Jane: “My brother, my killer”. 

Leonard Cohen es uno de los grandes nombres de las letras del siglo XX, uno de los mejores y más influyentes autores dentro de la historia de la música popular. Es un poeta enorme y el idioma se ensancha con su aportación. Tiene decenas de canciones magistrales y decenas y decenas muy buenas. No soporto la idea de no temblar al escuchar So Long, Marianne.  

Leonard Cohen, maestro, le digo, tienes justificada tu existencia, tu paso por esta Tierra, cuya despedida organizaste con la misma pulcritud con que de niño ibas a la escuela, el pequeño niño judío con su traje, organizaste la despedida, nos diste You Want it Darker (2016), desde donde nos dijiste “I’m ready, my Lord”, te vimos con un cuerpo envejecido y pequeñito en tu última rueda de prensa, con bastón, tienes las manos viejas en la imagen del disco, esas manos hermosas manos de músico, esos dedos de músico tan reconocibles, ya tan viejos en ti. Maestro, padre querido, amigo y compañero, escribiste Famous Blue Raincoat, cumpliste, solo con esa canción, tu paso por este mundo, creado no por el Señor al que citas, el Señor y sus servidores, siempre en la carne, en la carne tras la que corrían los músicos del hotel Chelsea, no hay remedio para el amor, “there ain’t no cure”, lo dicen las Escrituras, este mundo creado por las canciones, a las que obedecemos sin discusión, cumpliste tu paso por él por darnos el triángulo amoroso más fascinante jamás escrito; maestro, por favor te lo pido, no me contestes “that night that you planned to go clear; did you ever go clear?”. 

Hablo casi cada noche con Leonard Cohen, dentro de la foto que ilustra este texto, que tan generosamente me regaló Iván Martínez. Ahora Leonard Cohen está muerto. Es lo mismo. Hablo casi cada noche con él, está escrito en las Escrituras que son las letras de la última canción de su primer disco: “He taught that the duty of lovers is to turnish the Golden Rule”. 

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