La agenda de Benoit Delarue

Incluso las voces aún barítonas de los soldados más jóvenes guardaron silencio en el café para escuchar el parte diario que cerraba tras de sí la emisión radiofónica hasta la mañana siguiente.

Hoy, 11 de Noviembre de 1.918, el número de víctimas se ha saldado en cuarenta y tres, entre las que se encuentran doce mujeres y seis niños…

Mathieu bajó el volumen del aparato hasta apagarlo, de esta manera llegaba la medianoche todos los días desde hacía casi cuatro años a Péronne. El parte radiofónico suponía el inicio de un descenso moral que se prolongaba como un desierto por todos los paisajes a la vista, hasta que las brumas del amanecer ocultasen las ruinas del día anterior o empezaran a materializar la tragedia presente, la incertidumbre cruel de la víspera.

Los muchachos salieron del café con las corbatas del uniforme guardadas en los bolsillos de sus abrigos, en grupos de no menos de media docena de confusas identidades, deambulaban hasta sus bases dando rodeos a los minutos últimos de un día libre que no sabían cuando podrían repetir, ebrios, no tanto de alcohol como de desdicha y recuerdos.

Mientras Mathieu limpiaba la cafetera y su local se vaciaba, Benoit guardó la estilográfica en el bolsillo interior de su chaqueta, cogió la libreta que había sobre la mesa con una mano y el abrigo con la otra, y se acercó a la barra para saldar su deuda.

     —¿Cuánto te debo, Mathieu?, recuerda que ayer con la alarma finalmente no te pagué  —dijo Benoit.

El dueño del café replicó a Benoit después de dirigir una precisa mirada a la pequeña libreta que éste llevaba en la mano.

     —El café de ayer es cortesía de la casa, a ver si el ahorro te da para comprar una agenda de este año —dijo Mathieu riendo tras su comentario. También Benoit sonrió mientras mostraba con orgullo su agenda de hace casi dos décadas.

     —Querido Mathieu, este pequeño objeto del que te mofas es en realidad una obra maestra de artesanía y encuadernación importada de Bélgica, precioso e inteligente país, aunque terriblemente aburrido. Puedes fijarte en el doble pespunte, la suavísima piel de ciervo belga, o bien en el uno, el nueve y el doble cero, bordados en auténtico hilo de oro…

El soldado y el camarero batieron sonoras carcajadas mientras la mayoría de los clientes salían despacio y la noche sólo encontraba resistencia en las mesas de alguna pareja que extrañamente seguía amándose en tiempo de guerra.

     —Muchas gracias por la invitación, Mathieu, aunque no creo que cambie a una agenda de 1.918. Compré ésta el día que nació mi hijo, pero nunca llegué a usarla. Sin embargo, la he guardado desde entonces, tampoco suponía un gran esfuerzo hacerlo.

     —Desde luego  —respondió Mathieu, acompañando sus palabras con un gesto de asentimiento.

     —Desde que comenzó esta maldita guerra utilizo la agenda a modo de diario —contestó Benoit— es por eso que la diferencia temporal no me afecta.

Benoit sacó un billete de su cartera y lo dejó sobre la barra antes de dirigirse hacia la salida, ya se había girado cuando Mathieu volvió a hablarle.

     —Oye, piloto… ¿y qué cosas escribes en ese diario? —dijo el camarero.

Benoit se giró calmadamente y con semblante serio respondió a la pregunta del canoso dependiente.

     —Chistes —respondió el piloto.

Los amantes siguieron aún besándose en el café durante unos minutos más, para ellos seguramente inolvidables.

***

Benoit se descalzó y se quitó la corbata, dejó la chaqueta sobre el sillón, pluma y agenda en el escritorio, apagó la luz cenital de la habitación, encendió la lamparilla de la mesa y procedió a quitarse el reloj de la muñeca, muy despacio, disfrutando de ese instante como si dicho acto tuviera un significado más allá del estrictamente físico. Para Benoit sentarse ante el escritorio y abrir la agenda era un ritual casi ineludible antes de acostarse, en ocasiones no escribía nada en ella, entonces, como mínimo se obligaba a dar un repaso sobre las últimas anotaciones que hubiera hecho. 

El piloto se encontraba bastante despejado, sin sueño a pesar del cansancio, con su exquisita caligrafía escribió algunas palabras, frases placebo que le curasen engañosamente las incicatrizables heridas.

En el café presiento que el resto de soldados me observa cuando les doy la espalda, el avejentado camarero es el único que se atreve a mirarme directamente a los ojos. ¿Qué tragedia soportará bajo su pelo cano? 

Sólo los amantes no presienten o no les interesa mi estancia dos mesas más allá de ellos. Si pudiera conocer la tragedia que cada uno arrastra… Qué cambiaría… nada

Es otra mentira.

Siento un gran deseo de correr hasta el café y pedirle perdón al viejo Mathieu,  de rogarle su clemencia. 

Benoit se levantó y fue hasta la mesita auxiliar donde había guardado el reloj. Antes de cerrar la libreta, apuntó la hora. Las brumas de la madrugada pronto empezarían a enraizarse en el débil sueño del piloto.   

***

Con el gorro de piloto sin abrochar y las gafas colgando del cuello llegó Benoit a los hangares donde dormían los aviones del ejército, entre ellos su Nieuport 17 de 1.916. Salió a la pista por una de las puertas laterales, lo aparcó junto a los mecánicos para que lo revisaran y llenaran el depósito antes del despegue. Mientras el Nieuport pasaba la analítica diaria se acercó a Benoit uno de los pilotos más jóvenes del regimiento. Él se había percatado hacía ya varios días que aquel joven le observaba, y presentía el deseo en el imberbe uniformado de acercarse y hablar, pero el muchacho parecía cohibirse ante el semblante rudo e introvertido del experimentado piloto. Sin embargo, esta vez, rompió sus primeros reparos y se sentó junto a Benoit copiando la posición de éste y hablándole de igual a igual, circunstancia que alegró al mayor de ambos.

     —Hola —dijo el joven, esperando la contestación de Benoit.

     —Hola —respondió Benoit con un gesto de asentimiento.

     —Tu pájaro es muy bonito —el joven señaló el avión con su dedo índice.

     —Yo lo prefiero a los Spad, aunque sean más lento —dijo el veterano aviador.

Los dos pilotos quedaron unos minutos en silencio. Benoit estaba intrigado por la juventud de su compañero, no era extraño ver niños en las trincheras portando fusiles cuyo peso no eran capaces de levantar, pero era difícil imaginar cómo había llegado un muchacho tan joven hasta los mandos de un avión. Era común ver pilotos jóvenes entre los americanos o los australianos, la gente no iba a la universidad en aquellos países y sus pilotos aprendían a volar en clubes privados, pero un chiquillo francés sólo valía para morir entre el barro, quizás porque en lo salones del gobierno sabían que los jóvenes doctos franceses eran presa fácil de su propia alma entre las nubes, y las almas individuales no interesan en tiempos de guerra.

El muchacho rompió el silencio y quebró las meditaciones de Benoit.

     —Mi nombre es George Lambert.

     —Benoit Delarue.

Benoit le tendió la mano.

     —Sí, lo sé. Eres bastante popular. Pero yo te conozco desde hace tiempo. ¿Eres de Lille, verdad? —dijo George.

Benoit no pudo reprimir su sorpresa, ya que no recordaba haber mencionado a nadie su anterior residencia desde que comenzase la guerra.

     —Sí, ¿quién te dijo? —murmuró Benoit. 

     —Nadie, reconocí tu cara nada más verte. Soy el hijo de Thierry, el herrero —respondió George.

Benoit recordó inmediatamente al padre del muchacho, le conocía sobradamente porque habían vivido en el mismo barrio desde niños, no podía considerarse amigo suyo, pero lo cierto es que nadie supo nunca de ningún amigo de Thierry. Había visto crecer al herrero y conocía de su temperamento, no le hicieron falta más investigaciones para saber por qué su hijo había llegado a piloto con tan sólo dieciocho años. Reconoció entonces las facciones de su padre en su joven compañero de vuelos, y no dudo tras mirarle a los ojos de que poseía la misma mirada insubordinable que su progenitor. Thierry era hombre de un carácter rudo y visceral, siempre encerrado en su propia conciencia, inspiraba peligro en el resto de las gentes, paradójicamente la fidelidad de un hombre siempre ha inspirado desconfianza.

El joven George siguió hablando, demostrando una sangre fría antes del vuelo que no  era común.

     —Sí, amigo. Te reconocí en cuanto te vi, hará unas cinco semanas, es el  tiempo que llevo aquí. Por cierto, ¿qué tal tu hijo? ¿Imagino que ya correrá la milla en cuatro minutos ese larguirucho de Antoine, no? —dijo el joven.

     —Sí, es rápido. No hay quien le dé alcance cuando pone a funcionar las piernas —dijo Benoit, pensativo.

     —Yo coincidí con él en cuarto grado y ya entonces vencía incluso a los de sexto  curso —replicó el joven con sincera admiración.

Una voz sonó a lo lejos, avisando a George de que acudiese a la pista de despegue, la mecánica estaba lista. Antes de que avisaran a Benoit de la misma manera, éste tuvo tiempo para apuntar algunas frases en el diario.

George está lleno de alegría, se me hace extraño tener cerca a alguien con una sonrisa sincera esperando que yo participe de ella. Llevo decenas de victorias, pero cuántas derrotas.

***

Benoit llevaba casi media hora dando vueltas en pequeños círculos por encima  de unas nubes bajas, el cielo fundía colores inasociables para la imaginación, el combustible desprendía una estela grisácea, las nubes se combinaban de blancos cegadores y negros pálidos en un horizonte azul cobalto. Fue entonces cuando en la paleta se pudo vislumbrar la cruz de hierro de un Fokker alemán, Benoit giró bruscamente en picado y volvió a ascender lo más rápido que le fue posible. El piloto de Lille quedó pavorizado por no haberse percatado de la presencia del Fokker, no conseguía explicarse de qué manera había llegado tan cerca de él sin haberle escuchado. Si el avión alemán hubiese divisado su posición y hubiera decidido apagar el  motor para acercarse planeando y aprovechar así su invisibilidad en la niebla… Benoit se preguntaba, pero vio cómo el alemán ascendió cuando le sobrevoló y es imposible planear en ascensión. Además existía otra pregunta, por qué el Fokker no disparó. La única respuesta que cabría valorar era que tampoco el piloto de la cruz de hierro lo hubiera visto, quizás ambos estuvieran perdidos en la misma niebla.

Había que estar alerta porque de aquel desconcierto podía dispararse una bala azarosamente y acabar con todo, o aparecer de la misma manera un enemigo desconocido apuntando con unas ametralladoras totalmente autónomas del azar. Benoit y su oponente volvieron a verse, esta vez les separaban unos mil metros y se encontraban a la misma altura, se dirigían el uno hacia el otro, como era lógico ninguno quería delatar su movimiento antes que su contrario. Estaban muy cerca, el piloto alemán miró fijamente a los ojos de Benoit, calmadamente aterrorizado. Benoit encaró las ametralladoras Lewis, los movimientos de ambos eran idénticos, soportando con todas sus fuerzas las vibraciones que la velocidad ejercía sobre el aparato. Benoit dirigió sus ametralladoras al cielo y sólo entonces disparó. Los aviones tomaron rumbos diferentes sin llegar a cruzarse. 

El alemán recobró la altura suficiente para ser visto, cruzó por delante del Nieuport, con la mano izquierda levantada y soltó un pañuelo, su saludo fue devuelto de la misma manera. Benoit descendió en pequeños círculos sobre el pañuelo hasta que con una difícil cabriola consiguió que la tela se posase sobre él. 

El Fokker estaba lejos, la paleta se había quebrado.

***

Con el pañuelo del piloto alemán sobre la mesa Benoit hojeaba su diario con un hastío que le hacía dar cabezadas continuamente. Lo ocurrido por la mañana le mantuvo todo el día más sigiloso de lo normal, no había cruzado palabra con nadie durante todo el día y de igual manera le estaba costando escribir cualquier referencia a lo ocurrido en la agenda, si bien tampoco otro tema rescataba al soñoliento piloto de su tedio.

Decididamente Benoit tapó la pluma, aquella noche no escribiría. Con el pulso tembloroso abrió la libreta por la primera página y leyó lo que allí había escrito.

15 de Abril, 1.913

Mi esposa Cristinne, y mi hijo Antoine han muerto.

***

La mañana era brumosa, como todas. Después de desayunar, Benoit limpió y colocó su habitación durante cerca de una hora. Enfundó los abrigos y los trajes y los colocó correlativamente a la izquierda del armario; ordenó sus veinte libros por orden cronológico, deteniéndose en algunos y hojeándolos, La Odisea, Hamlet, Poesías de Rimbaud, y abrió este último por la página que el azar eligió. 

     —“Aquí estoy, en la playa. Que las ciudades se iluminen al atardecer. He cumplido mi jornada; abandono Europa. La brisa marina me quemará los pulmones; los climas remotos me atenazarán la piel” —leyó Benoit en voz baja.  

Benoit salió de su habitación y se dirigió hacia la pista con la cabeza aturdida de cientos de preguntas rondándola, caminando por automatización hacia su destino cotidiano, prestando ninguna percepción a sus alrededores, habitando un punto borrado del mapa. Una sombra se había adherido a su rostro, la mirada quedaba sesgada en una bifurcación luminosa, un dolor azulado le cubría la vista, la tez había palidecido y en su frente un angioma de nacimiento se hizo visible después de lustros de desaparición, como una suerte de estigma atávico, con un significado oculto que la historia le tiznaba.

Antes de despegar pidió a los mecánicos que llenasen el depósito hasta el límite de su capacidad y que le procurasen una garrafa llena de combustible, éstos obedecieron con cierto reparo. Así el piloto se calzó el gorro sin llegar a abrocharlo y se puso las gafas, ajustó los guantes a los dedos y se subió el cuello aborregado del abrigo para acusar lo menos posible las temperaturas, aquella mañana oscilaban alrededor de los cero grados a partir de los mil pies de altura.

Los mecánicos le siguieron con la mirada, fija como sólo se mantiene ante el peor de los demonios que cada cual encierra. Sabían con certeza hacia qué lugar partía aquel Ícaro temerario. Despegaba en idéntica dirección a otros días pero con un destino radicalmente distinto. Ante el salvaje nada puede hacerse, lo más inteligente es tratar de no parpadear y retenerlo en la memoria tal como fue, con la imposibilidad de definir los límites de un hombre libre, sin respuesta a qué identidad puede encerrarlo.

La empresa rayaba lo imposible, para escapar de las naciones en guerra y llegar a territorio neutral había de cruzar toda Francia hasta el norte de España; probablemente era la ruta más larga, pero sobrevolar cielo enemigo de Francia suponía un riesgo ilógico pudiendo evitarlo.

Benoit sobrevoló trincheras, pequeñas urbes de provincia y campos de batalla convertidos en cementerios donde sólo la bruma se encargaba de sepultar los cadáveres. A qué religión pertenecen las brumas, se preguntaba.

El cielo adoptó el color del Cantábrico, lo que  hacía suponer que los bosques que se divisaban eran ya limítrofes con España, el gris verdoso de las nubes hizo irrevocable el deseo de buscar un mar que sin duda se encontraba muy cercano. Benoit había volado muy alto todo el viaje y la resistencia del viento le había hecho consumir más combustible del habitual. 

El aterrizaje fue limpio, sobre unos páramos sembrados. A pesar de la fácil maniobra, pronto acudió al interior del piloto una sensación de peligro y vértigo, nada más posar sus botas en aquellas tierras oscuras. Sin más dilación, en cuanto hubo repostado la garrafa de repuesto volvió a despegar, veloz como un niño temeroso de la oscuridad, y puso rumbo al mar, donde el cielo se anexa a la tierra.

Los presentimientos de Benoit no eran errados, en efecto, aquel que veía era lo que los españoles llaman el Mar Cantábrico. La victoria estaba tan cercana y los perseguidores tan lejanos que por vez primera en varios años se sentía feliz. El piloto pensó en ello, recibiendo aquel estado más como una novedad que como un recuerdo. Benoit era feliz. Podía soltar las manos de los mandos, la proeza estaba conseguida, era él mismo, no había nadie más, todo su ser se encontraba desprendido del resto de las cosas que componen el mundo. 

Inmerso en esa dicha sacó del interior del abrigo su diario con pastas de anuario de mil novecientos y sin emigrar de aquella felicidad lo lanzó al vacío. Las hojas del diario se abrieron y descendieron hasta perderse con su descomunal peso. Benoit las perdió de vista y rió con la risa dentro del llanto.

Debía ir perdiendo altura para aterrizar en cuanto divisase un llano adecuado para hacerlo, o una playa con suficiente amplitud. Sobrevolaba el mar, esperaba tener suerte y divisar unas arenas extensas, no quería adentrarse demasiado en tierras emergidas porque los bosques y las aldeas le complicarían el aterrizaje. Además le atraía la idea de  posarse en la playa, en territorio fronterizo entre el mundo de los hombres y el infinito, en el límite de los dominios de su pasado. El combustible de la pequeña garrafa estaba quemando sus últimas gotas, y el motor se paró, ya era imposible ponerlo nuevamente en funcionamiento. Benoit vio tierra amplia de oscura arena, cientos de metros de suelo gris, de extensa y brillante resaca de espuma blanca.

Una chica joven recogía jibias, sus pies los mojaba el agua.

El niño rió durante el descenso, enamorado de la muchacha. 

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