Interior / Exterior

Fotografía de Thomas Dworzak, Magnum Photos.

León aprovechó el único espacio no iluminado de la acera, se apoyó en la pared y sacó una lata de zumo del interior de su abrigo, el recipiente quedaba completamente oculto dentro de su puño. El edificio que tenía a su espalda era un almacén de tubería; siendo un crío trabajó en un sitio igual. Recordaba tres cosas de aquel lugar, el brazo cubierto de sangre de uno de los tipos que trabajaban allí de forma regular, agarró una de las tiras metálicas que sujetaban las pirámides de tubos y tiró de ella con alguna absurda intención, un corte profundo como la sonrisa de un payaso. La segunda cosa que recordaba era el olor nauseabundo de los guantes de trabajo, los encargados dejaban en un contenedor lleno de agua los guantes usados para los temporales, olían a calcetines sucios, a vinagre. Tercero, los doscientos en papel que levantó de la caja el día después de su primera paga. 

Ahora, delante de él, en el otro lado de la calle, se levantaba la fachada lateral de un edificio sin nombre, hogar de abogados sin suerte, viudas sin herencia, policías alcohólicos. Perdedores. Frente a él las sesenta y cuatro ventanas exteriores del 89 de la calle Pavel Roth.

El Teniente Sosa mezcló las últimas gotas de una botella de complejo vitamínico con salsa de tomate concentrado, esparció el mejunje sobre unos pedazos de bonito. La cocina estaba limpia, la suciedad cerca de la comida era algo insoportable para el teniente. El resto de la casa se sumía en el desorden y la oscuridad. Apagó la luz y se dirigió al salón, solía cenar en el sofá. Su ira aumentaba según avanzaba por el pasillo y el sonido de los televisores vecinos se hacía más perceptible. Odiaba todas las cadenas de televisión, “mentirosas, atestadas de lesbianas y maricones vendiendo cosas que sólo los más gilipollas se pueden tragar”, decía comúnmente. 

Acompañó el bonito con un vodka aguado, para tomar directo de la botella, la tarea resultaba dolorosa, porque la zona que rodeaba el nudillo del dedo meñique estaba hinchada y teñida de un morado oscuro. A simple vista, el dedo parecía dislocado, posiblemente estuviera fracturado. Sosa observó su mano con veneración, palpó la zona dañada con celo, consciente de que el aspecto era desastroso. Tendría que haber acudido al hospital esa misma mañana, habían pasado casi quince horas y todo el cuidado había consistido en dejar el puño bajo el grifo un par de veces. El teniente sonrió y se llevó la mano a los labios, besó la parte amoratada con laxitud. Pensó qué sentiría el ratero al que había partido la nariz, seguramente no podría ni abrir los ojos.

León pensaba a menudo en el pasado. No veía a sus padres desde hacía seis años, les envió una postal por navidades, en ella no había ni una sola palabra que fuera verdad. Sabía que estaban bien y eso era suficiente, ya llegaría el día de volver, era mejor no pensar en ello. No recibió ninguna visita los tres años y diez meses que estuvo en prisión, decidió que nadie se enterara en casa, papá y mamá estaban muy lejos, y él, sencillamente había salido de viaje, uno de esos viajes que hacen las madres muertas y las mascotas. León recordaba a menudo su infancia, le educaron para que no olvidara sus orígenes… cuando fuera alguien importante. Con el tiempo, los ejercicios de nostalgia fueron sustituidos por el sueño de incontables venganzas. En aquel momento, con la pierna flexionada, apoyando el pie sobre una sucia pared, la conclusión fue la habitual: no olvidar era imprescindible para hacer justicia. 

En el tercer piso se iluminó la ventana pequeña de un baño, por ella apenas cabía la cabeza de un adulto, a pesar de ello, tampoco la perdería de vista.

Sosa cerró la puerta del camerino de un codazo, rebotó contra el marco y quedó abierta. Después de lavarse las manos se sentó en el borde de la bañera y vendó el dedo meñique junto con el anular, con bastante dificultad consiguió anudar el vendaje, valiéndose de los dientes. Apagó la luz del baño y se dirigió de nuevo al salón, tenía que hacer una llamada.

     —¿Dónde demonios te metes, preciosa? —dijo, después de aguardar unos segundos con el auricular pegado a la oreja—. He pasado toda la tarde intentando dar contigo…

Sosa se movía por la habitación como una peonza en sus últimas vueltas, con la boca intentando escupir una respuesta que no acababa de salir.

     —No me jodas con cuentos ahora —acertó a decir al fin—, eres una puta mentirosa —interrumpido—, no, no… ¿sabes…? —interrumpido—, ¡cállate, joder! 

Se retiró el teléfono de la cara, bajándolo como un revolver ardiendo y apretándose la sien con la mano de la momia. Se movió hasta donde el cable alcanzaba, sus palabras no eran precisamente rápidas.

     —¿Sabes cuánto me joden los mentirosos, eh? —cogió aire—, ¿lo sabes? Escúchame con atención, puta asquerosa, no quiero volver a verte, ni siquiera por casualidad… así que… ¡vete de la puta ciudad! ¡Si te veo te mato! ¡Te mato! Sabes que hablo en serio. ¿Acaso pensabas que te llamaba para pedir perdón?… ¡que te jodan, furcia asquerosa! —rió cínico. No tienes ni puta idea… —dijo, simulando incredulidad, y colgó el teléfono. 

Sosa pasó unos minutos dando vueltas por el salón, pensando en nada. No recordaba dónde había dejado la botella de vodka, fue al baño en su búsqueda, no la encontró, al regresar la divisó desde la puerta, estaba en la parte baja de una mesita de jardín que tenía junto a la ventana, en ese momento recordó que la había dejado allí, pero no recordó por qué.

Tras meditar sobre el grado de incidencia del pasado en el presente, León ejercitó voluntariamente su memoria. El fin era reafirmar el carácter inevitable de las consecuencias, “un motor se enciende, y sólo yo controlo el movimiento que provoca”, se repetía, de forma mental, algunas veces pronunciando en baja voz, como un robot sin necesidad de pausa. Había leído la frase en una revista, lectura que repartían los miércoles si hacías la cama y no te pinchabas.

Recordó, en orden metódico, como tantas veces recordaba, como si estuviera memorizando… Los insultos —chicano hijoputa, rata, rata cabrón—. Las amenazas —¡qué me miras! ¿Tenemos un monito orgulloso? No me mires, ¡joder! Te voy a partir el esternón, pero… ¿cómo hablo? Perdóname. ¡Cómo un puto medio negrata analfabeto va a saber qué coño es el esternón! ¡Una palabra tan larga! ¿Puedes pronunciar tantas letras seguidas?—. Y más amenazas, con él tirado en el suelo —¡Aquí tienes el puto esternón, de una patada lo voy a partir!—, recordaba a Sosa riendo y oprimiéndole con la punta del pie la parte superior del pecho. Después alejándose unos metros y preguntándole —¿Cuántos años tienes?… ¿quince… dieciséis…?—. Sosa acercándose y colocándose de cuclillas frente a él. Su mirada por encima, con gesto de asco —…esa pelusilla en el bigote… una puta maricona—, y entonces se incorpora y cumple su amenaza, rápido. Un brutal pisotón en el pecho. Hubiera querido gritar de dolor, pero no podía. Seguidamente otro pisotón en el hombro. No puede gritar, porque no puede respirar. Tose y enrojece de asfixia, acurrucado, recibiendo patadas y pisotones en la espalda. León recuerda que cuando piensa que se ha cansado, le agarra del pelo y de un tirón le voltea. Le sujeta la mano derecha contra el suelo, sentado encima del hombro, y saca la pistola; pensó que le iba a disparar, pero fue aún peor, le atizó con la culata en los dedos. No ve nada, los ojos están empapados de lágrimas. De nuevo con la culata de la pistola le golpea hasta cuatro veces, todas en la cara. Por último, el sonido de sus zapatos huyendo del callejón.

Así lo recordaba, memorizaba, tantas veces.

Sosa fingió para sí mismo un instantáneo y frío olvido de la discusión telefónica. Pasaron unos minutos, no pudo seguir reprimiendo pensar en las consecuencias, fatales, de la amenaza que había lanzado. Si la chica decidía no dejar la ciudad, seguramente optara por defenderse de alguna manera, y sabía cosas de sobra para situarle en un aprieto.

Ella aparentaba los años que tenía, pasaba los cuarenta, limpiaba supermercados por la noche y quemaba cucharillas de vez en cuando. Conoció a Sosa en un bar de las afueras, la acompañó a casa, ambos borrachos como cubas. Llevaba algo más de un año tolerando sus broncas y bofetadas. El amor era un imposible, él la despreciaba y ella le temía. Liarse con un poli era mal asunto, si hubiera podido borrar del mapa del tiempo la noche que le conoció, lo habría hecho.

El teniente no estaba tranquilo. Un cargo público que aceptaba sobornos, conseguía droga para su novia, con la mano larga y a quien todo el mundo había visto borracho era, por sí mismo, un problema para sus propios intereses. Pero, como él, había muchos y a nadie le molestaba tanto como para que dejaran de existir, o al menos, a nadie lo bastante digno. Nadie se alarmaba, y así las cosas le iban bien a Sosa, manteniendo a distancia a los superhéroes, por si acaso. Sabía desaparecer cuando reconocía que había ido demasiado lejos, y controlar sus excesos durante algún tiempo. 

Intentó analizar la situación. Todo el mundo conocía su relación con la limpiadora, y las acusaciones que podía hacer eran muchas, lo bastante graves como para no dejarlas pasar por alto. Si la chica hablaba, no habría nadie que le negara lo dicho, Sosa sabía que estaría condenado desde la primera sílaba. Sudaba. La combinación de ansiedad y alcohol provocó la anulación casi total de sus sentidos. Los oídos le zumbaban, la vista se le nubló. Quería que ella desapareciera de la faz de la tierra.  

Desde la mañana León mantuvo todas sus facultades alerta, cuando una conversación ajena le remitió al 89 de Pavel Roth. Estaba preparado para reconocer sus movimientos por lejanos y oscuros que fueran, listo para identificar su voz, incluso podría rastrear su olor. León sabía que un auto se acercaba. Distinguió el crepitar de las ruedas contra el asfalto, la rotura de los charcos a su paso. Olió la gasolina quemada. Si las almas olieran, algunas olerían a sangre y estiércol, pensó. Una furgona marrón dobló la esquina y cruzó por delante de él, ni el conductor ni el copiloto detectaron su presencia. La camioneta desapareció rauda. El método más seguro y más sencillo para descubrir el piso concreto era el más silencioso. Las mejores herramientas: el anonimato y la discreción, la noche. Eran cosas que León sabía bien.

Sosa, con la botella en la mano sana, daba vueltas alrededor del sofá y la mesa. Pensó en acabar con la chica, pero desestimó la idea, si se descubría sería su ruina. Decidió telefonearla de nuevo, pediría perdón, mentiría, lo que fuera con tal de que mantuviera el pico cerrado, al menos hasta que él pudiera cerrárselo. Marcó su número, se equivocó. Marcó de nuevo, lento pero sin calma. Al otro lado del cable nadie contestó. El teniente tenía ganas de llorar. Se acercó a la ventana y bajó la parte superior. Observó la calle, los reflejos del alumbrado en el suelo mojado.

León divisó al tipo que apareció en la quinta ventana de la tercera planta, la luz de la estancia lo convertía en un silueta negra que apenas se movía. 

Sosa descubrió una figura en la calle que creía desierta. No podía distinguir las facciones ni el color de la piel, sólo consiguió reconocer una complexión masculina que no se movía ni un ápice. Aunque sus sentidos no lo podían confirmar, Sosa se sintió vigilado.

     —¿Quién eres, cabrón? —gritó el teniente—. ¿Qué miras, hijoputa? —pronunció babeando, debido a la borrachera—. ¡Hijo de puta! ¡Vete a tomar por el culo, maricón! —dijo, y le lanzó la botella de vodka.

El lanzamiento no llevaba fuerza ni buena dirección. León observó cómo se rompía la botella a varios metros de distancia. Dejó su lugar bajo la farola sin luz y se alejó a un ritmo moderado. A lo lejos escuchó algún insulto más y frases de satisfacción por su marcha. Alcanzó la esquina del edificio, diez segundos después de doblarla se introdujo en su interior por el número 89. No importaba que el bloque no tuviera ascensor o estuviera averiado, pensó, solo tenía que subir tres plantas. Un poco de ejercicio de calentamiento, se dijo a sí mismo, divertido. ♦︎ 

 

 

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