Francisco Candel, inmigrante en Barcelona

El escritor Francisco Candel en 1977. Foto: Pilar Aymerich.

¿Quién se acuerda de Paco Candel? Es posible que ahora algunos más, al ver en las librerías sus Diarios, publicados con el permiso y bajo la supervisión de su hija María. Todavía, en una de las últimas, puede ser que la última, entrevista que le hicieron, ya octogenario, el titular era “Francisco Candel, el escritor del proletariado”. Seguramente a él no le molestaría tal titular, incluso lo consideraría un timbre de gloria, como sin duda es, pero no se puede ignorar todo lo que hay de paternalista en la frase. Lo fue. Fue un escritor salido del proletariado y que en el fondo nunca dejó de sentirse proletario, pero fue sobre todo un buen escritor.

Como para la mayor parte de los españoles adultos mínimamente conscientes, el año 1975 partió su vida en dos mitades. Esto es algo que los que han nacido después, que ya son mayoría, nunca podrán entender, por muy buena fe que pongan en ello. En los primeros años de la democracia, Candel entró en política de la mano del PSUC, fue senador y munícipe, y no sé si su escritura se resentiría de ello, porque no conozco su obra posterior a la muerte de Franco, aunque fue copiosa. Sé que siguió peleando con la pluma por la suerte de los inmigrantes en Cataluña, el tema de su vida y de sus escritos. También compruebo que una fundación con su nombre mantiene esa honorable bandera.  Pero yo el Candel que recuerdo es el de antes de esa fecha singular, el de aquellas novelas que leí en mis veinte y mis treinta años y que para mi vida privilegiada eran como latigazos de realidad.

También debo decir que las leí como se publicaron entonces, censuradas, y, por lo que él mismo dijo y han confirmado otros estudiosos del tema, Paco Candel tuvo el dudoso honor de ser uno de los escritores más censurados del régimen franquista. Hasta el punto de que publicó, ya en democracia, un libro que era una especie de autopsia de lo que habían sufrido sus novelas a manos de los censores. Pero, aun así, lo que quedaba era una visión de aquellos barrios de la inmigración como ninguna otra obra literaria de la época ha transmitido.



Los títulos de sus novelas ya eran sugerentes y animaban a la lectura: Donde la ciudad cambia su nombre, Hay una juventud que aguarda, Han matado a un hombre, han roto un paisaje, Ser obrero no es ninguna ganga… Detrás de estos títulos, todo un mundo, que era su mundo. Un mundo de chabolas y casas baratas, de inmigrantes difícilmente integrados, pero que de ninguna manera querían volver a sus tierras de origen. Un mundo que sobrevivía a puñetazos con la vida. Un mundo de obreros generalmente en los escalones menos cualificados, en el que no faltaban los buscavidas y los maleantes ¿cómo podía ser de otra manera? Pero un mundo también de vida familiar, de búsqueda de una mínima estabilidad, de afán de mejora, de solidaridad.

Ahí vivió Candel, valenciano que llegó a Barcelona a los dos años, y eso es lo que contó. Lo contó en el lenguaje que era el suyo y el de sus personajes, un lenguaje muy poco académico, pero de una viveza deslumbrante. El lenguaje de los suburbios charnegos de Barcelona, que no sé hasta qué punto habrá sobrevivido. Puede que los libros de aquel Candel de los años cincuenta y sesenta sean, además de un testimonio sociológico, un testimonio lingüístico bastante singular. Lo que importa es que tuvo un éxito muy notable desde sus primeros libros, lo que al que más sorprendió fue a él mismo. La verdad es que su ilusión juvenil había sido la pintura, y realmente era bastante buen dibujante. Luego empezó a escribir, y una de sus primeras novelas, Hay una juventud que aguarda, llegó por intermediación de un amigo a las manos del editor Josep Janés, quien decidió de inmediato publicarla.

Soy de los que la leyó muy joven y puedo dar fe del impacto que producía aquel tipo de literatura. No era literatura militante de ningún tipo de militancia, ni tampoco, mucho menos, literatura ejemplarizante en la onda evangélica del pobre Lázaro y el rico Epulón. Sencillamente aquella gente vivía ante tus ojos como vivía en realidad y a ti correspondía sacar las consecuencias, si querías. Aquellos personajes se movían con toda naturalidad, sin aspavientos y sin situaciones melodramáticas. Se movían en las novelas como se movían en su cotidianeidad, y éste fue un verdadero problema para el autor. Como escribía sobre lo que veía, aunque cambiaba nombres y situaciones, inevitablemente los personajes se reconocían, y eso no les hacía muy felices. En algún momento de sus Diarios, Candel dice que llegó a pasar miedo por las represalias con las que le amenazaron algunos que se dieron por aludidos. Y eso le llevó a escribir un nuevo libro sobre esta cuestión, ya en la segunda mitad de los sesenta, ¡Dios, la que se armó!, libro muy aconsejable, pero que no arregló el problema del vecindario.

Hace muchos años que leí estas novelas, pero recuerdo que, además de la impresión que te producían desde el punto de vista social, eran relatos en los que no faltaba, es más, era muy presente, la diversión, o, mejor dicho, eran muy divertidos, con la gracia de muchas situaciones y personajes. Seguramente es más adecuada la palabra gracia que la palabra humor. Se podría decir que Candel tenía un buen sentido del humor y, además, escribía con gracia. No siempre van unidas estas dos cualidades. Es la forma de resolver en sonrisa algo que pide a gritos el melodrama.

Sus novelas se hicieron populares enseguida, con traducciones a otros idiomas, por ejemplo, el alemán. Quizá por aquello de que Alemania estaba llena de inmigrantes españoles y eso excitó el interés de los editores.  Ello le permitió profesionalizarse como escritor, aunque pasando bastantes penurias económicas, trabajando a destajo tanto en su propia obra como en encargos que recibía. Y uno de estos encargos se convirtió en su mayor éxito y en un libro que hoy sigue recordándose como un hito en la convivencia catalana. Me refiero, claro, a Els altres catalans, un texto poco clasificable acerca de los problemas de integración de esos catalanes de origen no catalán, que estaban ahí para quedarse, sin perder sus señas de identidad, pero considerándose catalanes a todos los efectos. En sus Diarios comenta lo que le costó escribir este libro y los problemas internos que le planteó. Lo escribió en castellano y fue traducido al catalán por los editores, siendo la versión castellana (en realidad el texto original) publicada varios meses después. Pero para entonces, el libro ya era un best seller, con siete u ocho ediciones agotadas y decenas de millares de ejemplares circulando por toda Cataluña. Por situar el tema para el lector actual, estamos hablando de 1964-1965.

Los otros catalanes, tanto en su versión en catalán, como en su versión en castellano, despertaron verdadero entusiasmo y aceptación en la sociedad catalana, con las excepciones de lo más radical del purismo catalanista, y de un cierto ultra-izquierdismo que veía en las reclamaciones de integración una forma de hacer el juego a la burguesía. Ambas posiciones muy minoritarias, pero conviene mencionarlas. Como consecuencia de este éxito, Candel dio un sinnúmero de conferencias, alguna de ellas en París. Hay que tener en cuenta que el tema, por espinoso que fuera, era ignorado por las autoridades oficiales que, por otra parte, habían tenido prohibida y perseguida toda expresión en catalán hasta muy poco antes. Tampoco la próspera Barcelona, culta, burguesa, de boyantes clases medias en la que bullía la gauche divine, era consciente de lo que la rodeaba, tan cerca y tan lejos.

A partir de entonces, Paco Candel no fue sólo un novelista realista de cierto éxito, sino un referente en los problemas de la inmigración. La verdad es que Los otros catalanes era una consecuencia lógica de su obra anterior, y un condicionante para la posterior. Escribió mucho: innumerables novelas, cuentos, alguna obra de teatro, e incluso poesía, que nunca quiso publicar y permanece inédita. También fue articulista infatigable, hasta muy poco antes de su final (en 2007), conferenciante, y durante un corto tiempo, hombre político. Todo ello sin moverse de su barrio en el que residió toda su vida. Genio y figura.

Ahora estoy leyendo sus Diarios, publicados en 2017 bajo el título El gran dolor del mundo. Con buen criterio la edición llega sólo hasta la muerte de Franco en 1975. No son un diario íntimo porque, como él dice, lo que pretende es reunir materiales para su obra literaria, y así, lo que resulta es un detalladísimo reportaje de cuanto sus ojos vieron desde su servicio militar hasta la fecha mencionada. Sin embargo, son también un diario íntimo, en el que la persona que habla queda retratada. Una persona que tenía cincuenta años cuando murió el dictador. Y una excelente persona. Es una lectura muy recomendable, para los que vivimos aquellos años, porque los vivimos, y para los que no los vivieron, para que se hagan una idea de cómo eran las cosas antes de esa Transición que no se acaba de entender.

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