‘Expectativas’, de Búnbury: el nómada del rock&roll

Portada de Expectativas (2017), de Enrique Búnbury.

«El disco tiene versos más y menos explícitos. Más poéticos y más callejeros. He intentado conjugar los dos lenguajes. Es cierto que hay una corriente de pensamiento según la cual, un músico o un artista, no se debe pronunciar ni comprometer. Pero creo que no ha lugar. Por supuesto, creo que es legítimo y es un hecho contrastado en la historia del Arte, desde Altamira hasta el día de hoy. Los pintores, los músicos, los literatos o los cineastas pueden sentir interés por explicar y dar su punto de vista con respecto al mundo que les ha tocado vivir. Lo que empieza a ser sospechoso es que haya tantas voces que se alcen dudando de esta posibilidad».

Enrique Búnbury

Hasta la llegada de Expectativas (Warner, 2017), la carrera de Búnbury ha sido tan variada y prolífica como tiene acostumbrados a sus seguidores. Tres álbumes de estudio: Las consecuencias (2010), Licenciado Cantinas (2011), Palosanto (2013); los directos Gran Rex (2011), Madrid, Área 51 (2014), Hijos del pueblo (2015) en colaboración con Andrés Calamaro, MTV Unplugged: El libro de las mutaciones (2015); y el documental El camino más largo (2016). Independientemente de la consistencia de cada giro estilístico de su trayectoria, nadie puede negarle al maño su amor por la música, afán de experimentar nuevas texturas y riesgo a la hora de arrojarse al vacío. Un espíritu mutable que ha descolocado al público desde Radical Sonora (1997), en el que abrazaba la electrónica, las cajas de ritmos y la música árabe sin impedimentos. Entre lo sublime (Lady Blue) y lo dudoso (Hay muy poca gente), la sombra de los Héroes del Silencio aún perdura en la actualidad.   

Al igual que Loquillo, Ariel Rot, Santiago Auserón, Jaime Urrutia, Nacho Vegas, Iván Ferreiro, Manu Chao, Fito Páez o Calamaro, Bunbury es un músico que no sigue los dictados del mercado, las radiofórmulas o las casas discográficas. Su meta es la superación y la autenticidad, no despachar discos y entradas de conciertos. Puede que por ello haya enfocado su carrera en solitario al mercado latino, en el que siempre fue mejor valorado que en su propio país.




Junto a Los Santos Inocentes, formación que lo ha acompañado durante los últimos años tanto en estudio como en la carretera, Expectativas es un trabajo que se desmarca de recientes incursiones latinas para abrazar un espíritu glam que evoca a Bowie —una de sus mayores influencias—, gracias a una serie de canciones con contenido social, compromiso, pesimismo y actitud combativa. La extensión lógica de temas que había presentado anteriormente en elepés como Avalancha (1995), El viaje a ninguna parte (2004) o el mesiánico Palosanto.

Lanzados como sencillos, La actitud correcta —ácido ataque al postureo, a los aires de estrellas de compañeros de profesión, perfectamente aplicable a cualquier grupo indie patrio— y Parecemos tontos —un medio tiempo dylaniano con letra reivindicativa—, definen perfectamente el núcleo lírico del disco. La ceremonia de la confusión, la bailable En bandeja de plata y Lugares comunes, frases hechas, podrían considerarse los temas más críticos del álbum. En cambio, Cuna de Caín —que los medios se han empeñado en asociar con el conflicto catalán, cosa que el zaragozano ha desmentido en diversas entrevistas—, Supongo —amarga y esperanzada a la vez— y La constante —una balada romántica dedicada a su esposa Jose Girl—, ofrecen su faceta más sensible y reflexiva. Por primera vez en mucho tiempo sobran las estridencias vocales; tono ajustado a las necesidades de cada tema. El maño no tiene por qué destacar sobre sus músicos.   

Llegados a este punto, cabe puntuar el gran trabajo de Santiago del Campo; su saxo aparece prácticamente en todas las canciones, enriqueciendo un disco que cuenta con una excelente producción, variada, madura y sin altibajos que, a diferencia de anteriores elepés, no resulta monótona en ningún instante. Bartleby (Mis dominios), Al filo del cuchillo —la pieza más oscura del álbum, entre la culpabilidad, el dolor y el placer— y la nihilista Libertad, muestran el lado más rebelde e inconformista del músico.

Han pasado veinte años de constante reinvención desde su primer disco solista. Bunbury ha publicado su mejor trabajo desde Las consecuencias y, por extensión, uno de los más sólidos de su dilatada andadura discográfica. Un verso para recordar: «La calle va por dentro y no tienes ni puta idea de Rock And Roll». ¿Alguien se atreve a llevarle la contraria?   

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