El voyeur descubierto

Fotografía de Martine Franck/Magnum Photos.

¿Estaba realmente donde quería estar? Lo que veía parecía indicar que así era. Luces que por instantes iluminaban con marcados contrastes un universo limitadamente caótico; máquinas de alquimia sobre trípodes, que más parecían tronos seculares que herramientas de trabajo alquiladas para unas jornadas de trabajo a contrarreloj; polvos sobre los rostros de quienes estaban a punto de ser quienes no eran; los colores reduciéndose minuto a minuto, como un ejército que perdiera batallones, con cada aviso de la cuenta atrás del ayudante de dirección. Pero, por encima de todo el jaleo en la habitación de cartón piedra de Laura —su criatura— parecía como si la historia, más que empezar a fraguarse, ya estuviese proyectándose. Y él se encontraba en un limbo inesperado, en un cruce de caminos de la realidad, en el que todas las direcciones, para su paradoja, resultaban igual de irreales.

No era su historia, pero era su historia. No era su vida, pero la vida le iba en ello. Él no tenía madera de personaje, no era contradictorio, más bien aburrido, no era radical, sino moderado, no guardaba grandes secretos, ni vivía al límite de ningún límite; era solamente un tipo normal, en el que quizás lo único excepcional era la suerte de poder dedicarse a un trabajo tan poco común como el de director de cine. Por lo demás, era un marido, un padre, un ciudadano como otro cualquiera. Tal vez por eso, la historia que llevaba años imaginando, recogiendo y sembrando alternativamente de los lugares más fructíferos y recónditos de su imaginación, tenía la ambición de ser una historia jamás contada. Cuando pensaba en ella de aquella forma, como un crítico de sí mismo, se avergonzaba de su egolatría, y trataba de sistematizarla, de despojarla de todo aquello que podría parecer superfluo, bizarro, incomprensible, desbordante. Sin embargo, la mejor forma de luchar contra sus propios fantasmas era romper las reglas —reconsideraba después de todo—, dinamitar lo esperado, y así quedaría también destruida su culpígena arrogancia, quebrados por la onda expansiva del posible fracaso todas las ventanas de la falsa modestia.

“Cinco minutos”, avisó el ayudante de dirección a todos los equipos. Los eléctricos terminaron de colocar la gelatinas en todos los focos, la script tomó las fotografías pertinentes y los dos actores que salían en aquel primer plano se encontraban a parte, concentrados en su papel. Él salió al pasillo del plató. Decidió concederse un minuto a solas, hacerse a la idea de que al fin estaba donde quería estar, que aquello que tantos pensamientos le había robado, se había hecho realidad. Iba a disfrutar la gran pasión de su vida. 

Miró por una de las ventanas del pasillo, fuera no había más que una triste calle de polígono, con unas débiles naves industriales y un par de marquesinas de autobús donde apenas esperaban tres o cuatro personas. Llamó su atención un chico que pasaba, se fijó en él porque caminaba esforzadamente contra el viento, como si todo le fuera ajeno y superable. La imagen solitaria del chico le calmó hipnóticamente, hasta que sobrevino lo inesperado. Como si el muchacho estuviera dotado de poderes paranormales, giró repentinamente la cabeza hacia la ventana. Él, el director de cine, el gran voyeur, apartó la mirada, avergonzado de ser descubierto. El joven se detuvo, y le observó, testigo de su testigo. 

“Tres minutos”, escuchó desde el pasillo. Debía volver al plató, pero antes levantó la cabeza, y el muchacho que luchaba contra la ventisca y él que luchaba contra su sueño, se mantuvieron unos segundos unidos, ausentes de sus respectivos conflictos, en una mirada común, una historia imprevista que jamás sería contada.

Luego regresó al plató y comenzó a trabajar en el capítulo final de aquello que en otro tiempo había sido su mayor esperanza. ♦︎

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