‘Carmen’: el mito del pájaro rebelde

Montaje de la Carmen de Calixto Bieito.

Actualmente en Madrid, y hasta el 17 de noviembre, se está representando la popular ópera de Georges Bizet Carmen. El compositor se basó en la novela homónima de Merimée, escrita en 1845 en plena transición del movimiento artístico conocido como Romanticismo al Realismo. Como ficha de la obra, apuntamos que el director musical de la representación madrileña es Marc Piollet y el de escena, Calixto Bieito

Cabe destacar algunas notas sobre esta interpretación y puesta en escena de la famosa gitanilla. En el Teatro Real podemos disfrutar de la Carmen de Bieito caracterizada como una gitana prostituta, con ropas que recuerdan al leopardo del Berskha y prendas funcionales para ser arrancadas con facilidad, como el momento en que se decide a tener relaciones con Don José y se desprende de sus bragas en el acto. Tanto ella como sus compañeras despliegan las sillas para recibir a los clientes y ofrecerles un servicio; de este modo, pueden proporcionar dinero al proxeneta, a quien se lo lanzan despreocupadas. 

Una de las escenas más potentes de la obra recoge el momento en el que Carmen, dentro de una cabina telefónica, es observada por decenas de soldados que la admiran y desean tocarla, tras el expositor de toda su sensual carne. Ella emerge de la cabina y coquetea deslizando su bata de tabaquera por los hombros. 



Esta representación está ambientada en la España de los 70 y parece criticar la España rancia del último periodo franquista: los soldados son “machos” inigualables, repeinados con gomina y desabotonados hasta casi el ombligo, que se palpan sus partes al mismo tiempo que acarician y acosan a las cigarreras.

En medio del escenario, se alza la bandera de España con solemnidad y se deja caer para exponer a una mujer, como muerta, una mártir que puede hacer referencia a Carmen y a su destino. Igualmente, el impotente toro de Osborne es derrotado y hecho pedazos en escena. 

Pero… ¿quién es Carmen?

Exótica y descarada, dueña de sí misma, aparece en el primer acto riñendo por teléfono con su novio y finalizando la relación. Habrá muchos más. Se presenta como fuerza y contraste ante la avalancha de soldados de, en teoría, rígida moral. Carmen no pertenece al mundo payo, es la mujer vampiresa, la mujer satánica que se alza frente al hombre y rompe los roles del patriarcado. 

Si en el lado masculino ha prevalecido la figura de Don Juan (el mito español nacido especialmente en la obra del Burlador de Sevilla de Tirso de Molina y, tras él, el Don Juan Tenorio de José Zorrilla), en Carmen contemplamos al donjuán encarnado como mujer. Lástima que el rico vocabulario español no contemple emplear la expresión “es una carmen” para el equivalente femenino de “ser un donjuán”. Porque motivos acumula para ganarse este galardón. Como nota aparte, es curioso que tanto el Don Juan como Carmen, aunque creada por un francés, sean los dos mitos literarios que caracterizan el deseo, el sexo y el pecado y sean ambos españoles.

La gitana que abruma al mundo conquista el corazón de Don José, de carácter austero y disciplinado, hasta tal punto que el soldado abandona su regimiento y se da a la aventura con su Carmen. Cuando los celos le ciegan, Carmen, llena de hastío, renuncia al amor del cabo y se lanza a la conquista de Escamillo. El afamado torero también accede a ser presa y enamorado de la gitana, aunque trágicamente, el desenlace no augura nada bueno.

Parece que una mujer dada a la libertad, dueña de sí misma, sin querer pertenecer a hombre alguno sino al que ella quiera, no puede perdurar en exceso en un mundo esencialmente viril y de estricta moral. Carmen es una esperanza truncada, ya que la daga de Don José hiere su bella carne cuando la gitana clama que ama al torero y está resuelta a abandonar al celoso soldado. El infortunio empapa el fin de Carmen, al igual que la muerte también aguarda al Don Juan de Tirso y de Zorrilla: el primero cae en los infiernos, el segundo es absuelto de sus pecados de empedernido seductor.

¿Es el final de Carmen un castigo?

Parece que a finales del siglo XIX y en el Realismo literario, la mujer comienza a batir sus alas y a ser libre; toma sus propias decisiones y se enfrenta a la moral de la sociedad que la rodea. Es el caso de Ana Karenina, Emma Bovary o Ana Ozores, todas ellas adúlteras que determinaron seguir su curiosidad, enfrentarse a la moral establecida de la sociedad de la época, y que terminan con un final similar cuando se conocen sus faltas: las dos primeras optan por el suicidio, la tercera cae derrotada y abandonada por todos. Asimismo, la Tristana de Galdós clama que desea vivir libre, sin atarse a un hombre, tener independencia económica y no casarse jamás, sino disfrutar del amor que le pueda proporcionar su pareja sin necesidad de contratos. 

Carmen, a diferencia de las demás heroínas mencionadas, no se integra en sociedad alguna: es gitana y es libre. Pero, sin embargo, el hecho de vivir en un tiempo y en una época chocará frontalmente con su modus vivendi

Carmen juega con los hombres, se invierte el rol que ha perdurado durante siglos donde es él el que colecciona amantes y es él que resuelve cuándo abandonarlas. Cuando entona la popular aria L’amour est un aoiseau rebelle parece que habla de ella misma: «El amor es un pájaro rebelde, que nadie puede dominar, y es vano llamarlo, si él prefiere rehusarse (…) El amor es un niño gitano, jamás, jamás ha conocido ley. Si tú no me amas, yo te amo; y si te amo, ¡Ten cuidado!»

A ella, a la eterna Carmen, nadie podrá dominarla. Se presenta como fumadora, alzando su cigarro por encima de las cabezas de su ejército de admiradores. Muestra sus piernas cuando le apetece y las tapa otras tantas veces. Baila, coquetea, se cansa de uno y posa sus oscuros ojos sobre otro. Observa como lanzan las cartas de la Fortuna y se baraja su futuro, marcado por la tragedia. A pesar de las advertencias, de vivir en un mundo donde una Carmen no es posible, sigue revoloteando libremente, hasta que el cuchillo de los celos atraviesa su garganta.

Las alas dejan de batirse.

Y nace el mito. 

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