‘Blade Runner 2049’: cuando Pinocho quería ser un niño de verdad

Blade Runner, película dirigida por Ridley Scott basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, llegó a los cines en 1982. Y no se detuvo ahí. Dos montajes del director diferentes llegaron a los hogares de muchos en 1990 y en 1992, en forma de VHS y, más adelante, en el año 2000 se lanzó una edición especial para coleccionistas.

Con esto se puede comprobar que nunca murió, sino que en los ochenta se sembró una semilla que seguiría germinando hasta llegar a la secuela, Blade runner 2049. Los más puristas pueden opinar que no necesitaba una segunda parte. Debemos dejar claro que no es una segunda parte: no se ofrece en la película una continuación de la vida del agente Deckard. Sí, es una pieza en la trama, pero la historia se centra en el personaje de K, interpretado por Ryan Gosling. Son, por tanto, dos películas distintas que, si se cae en la inevitable comparación, probablemente el morriñoso y amante de Blade runner enseguida se posicione fervientemente a favor de la obra de 1982 y no de esta secuela de 2017. Hasta ahí es totalmente comprensible: Ridley Scott creó un mito que no se puede desbancar del pedestal donde el público lo ha situado con el paso del tiempo. 

[Ojo: a partir de aquí se acumulan los destripamientos de la película]

De todos modos, y conectando con la ópera prima, aquellos que aguardan el instante en que aparezca Harrison Ford, pueden regalarse con una melancólica escena: una replicante modelo de la Rachael de los ochenta se topa con el agente durante un breve momento. Todo un guiño a los nostálgicos, así como el bisturí que se realiza sobre la relación amorosa entre ellos: el poderoso empresario Wallace y creador de replicantes comenta a Deckard que quizá fue creado (“si es que usted ha sido creado”) solo para encontrar a Rachael. Eso sí, a pesar del toque romántico, cuando Wallace no consigue su propósito, pega un tiro despiadado a la replicante.



“More human than humans”.

Sin ir más lejos, y siguiendo esta irónica máxima, es el mismo Wallace (interpretado por el camaleónico Jared Leto, que tanto puede bordar a una travesti como arriesgarse con el Jocker) el que no duda a la hora de apuñalar a una nueva replicante, que cae de una bolsa impregnada de barro. Jugando a ser Dios, que creó a los hombres con barro a su imagen y semejanza, observa abrumado cómo la criatura, sin saber lo que es, ya teme por su supervivencia. Tras esto, introduce un cuchillo en ese fabricado vientre y la abandona en un charco de sangre. 

Pero… ¿quién es K? De nuevo, K no es el blade runner que conocíamos, es otro actor, otra cara, otra historia. ¿Es un replicante? Parece que sí, pero la historia sobre el niño y la niña perdidos juega con el espectador. Si bien a la niña la encontramos recluida en una especie de laboratorio, uno se pregunta qué le sucedió al niño. K es un hombre solitario que vive con una especie de completísimo holograma: una bella muchacha, interpretada por Ana de Armas, que cocina, limpia el hogar y le hace compañía. A pesar del vínculo entre ambos, es todo un acierto la escena en donde todo el romanticismo se evapora “como lágrimas en la lluvia” que está cayendo, ya que la chica queda congelada cuando K recibe una llamada urgente de su jefa. La situación resulta ridícula: bajo el aguacero sus dos labios quedan abiertos esperando a K, que con muestra de evidente fastidio debe regresar al trabajo. K toma el nombre de “Joe” que en inglés quiere indicar “Joe Doe” o “John Doe”, en latín “Nomen Nescio”, es decir: nadie

Todo un descubrimiento en la película es la ciudad abandonada, teñida de un naranja cálido, donde ha elegido refugiarse Deckard. La zona se encuentra rodeada de espectaculares esculturas de mujeres con gestos sensuales. Gigantescas piernas, zapatos de tacón, bocas y perfiles femeninos se acumulan en la neblina de la ciudad, recordando un poco a los cuadros de Dalí. El surrealismo de la escenografía es realmente bello y se completa con la residencia de Deckard, una especie de casa barroca con lámparas de araña y cargado de whisky. 

Si Deckard es o no un replicante, el propio Denis Villeneuve, el director de la secuela, comentó lo siguiente: “no me interesa saberlo”. Punto. Escueto. Directo. Es por este motivo que no se sale de dudas, sino que se mantiene el extraña interrogante en el aire. Probablemente por seguir la estela de mantener al espectador con el misterio. 

Si bien los unicornios no trotan en la película, aparece un caballito de madera, juguete que simboliza el único recuerdo de K y que será clave para hallar al infante hijo de replicantes. Al milagro. Al Cristo de los replicantes. Al Elegido. Como inspirado por el cuento de Pinocho, el agente ansía que todo sea cierto y que sea él el niño perdido que juega a ser “un niño de verdad”. Como le comentan a K cuando se descubre su frustración al comprobar que quizá eso no sea posible, “todos hemos soñado con eso”. Aunque incluso el cartel de la película juega con esa disyuntiva: a un lado y teñidos de rojo el humano Wallace y K, al otro lado, el agente Deckard y el holograma femenino cubiertos con azul. Si bien la película de Scott dejaba entrever que Deckard podría ser replicante, ahora Velleneuve nos propone si es posible que K sea humano. Y en el cartel se puede interpretar que se juega un poco con la idea. 

La poderosa escena final pone el punto a una historia a la que no le sobran ninguno de los 163 minutos que ofrece. 

Sobre la nieve yace K herido. Roja sangre en su jersey y finos copos de nieve cayendo sobre su cuerpo. La cámara brinda un plano desde el cielo. El niño que quería ser un niño de verdad, el Cristo de los replicantes, abandona esa vida a la que se aferran todos y que tan desapasionadamente los humanos quitan. Contempla esa escena invernal en silencio. K decide poner en riesgo su preciada vida por salvar a Deckard, ve cómo su amado holograma desaparece (“como una chica real”) ante sus ojos y, en definitiva, acepta su final sobre la nieve. 

Por supuesto, los efectos especiales, la música envolvente, la fotografía (escenas teñidas de azul que contrastan con la cálida ciudad abandonada), el viaje trepidante en la nave-peugeot de K y el hecho de recordar un clásico quizá sean motivos suficientes para ir al cine a disfrutar de esta secuela. 

More human than humans.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies