Un disparo y dos ladridos

Fotografía de William P. Gottlieb. Library of Congress.

Los autos aún tenían los cristales escarchados cuando Milt salió de casa. Lo más duro del invierno estaba por llegar. Si deslizaba la mano por los cristales convertía el agua granizada en líquido. Lo hizo, sin guante. Se dirigía al puente que unía la barriada Sylvanian con los  Polígonos Residenciales. El río separaba ambas zonas, las más lejanas a la desembocadura. Por el puente entre Sylvanian y los Polígonos condujo su padre cuando abandonaron la ciudad. Él tenía seis años y lo único que dejaban en la ciudad eran deudas. El mismo día de partir se abrió una brecha en la barbilla al caer por las escaleras del 14 de la calle 14 del Polígono Segundo, las escaleras de su casa, se tropezó con el trombón de su padre, que recibió su enésima abolladura.

Ahora hacía el recorrido en dirección contraria a la tomada algo más de veinte años atrás. Partió del edificio donde vivía en Sylvanian. Caminaba por el asfalto, subiendo y bajando de las aceras, inundadas en partes por charcos que parecían embalses. Tenía los músculos del rostro doloridos, apenas había dormido. 

La noche anterior se había alargado la actuación. Los chicos estaban inspirados, de sus pulmones emergía el corazón roto. Cada cual se extendió con sus solos como si tuvieran dificultades para encontrar el final, se disparaban y se volvían locos. Mario parecía dispuesto a romper el saxo, a asesinar el instrumento, en un arreglo de lejana venganza. Jan estaba tan drogado que lloraba, quería salir a tocar sin baquetas, utilizaría las manos —dijo antes de saltar a escena— ¡odiaba la batería! —profería a gritos en el camerino— con la cara llena de lágrimas, roja de excitación y dolor de alma. Para Milt, Jan era el verdadero genio del grupo. Era su primo, pero sus padres le acogieron cuando dejaron la ciudad, por lo que se convirtió en un hermano para él, un hermano mayor que le había nacido a sus padres cuando él tenía 6 años. Milt le consideraba su mentor, a pesar de que era solo un par de años mayor que él. Fue quien le introdujo en el mundo del jazz, siendo apenas adolescentes. Milt eligió el trombón de varas, y Jan la percusión. A menudo le recordaba golpeando la mesa con los cubiertos a la hora de comer, cucharas por baquetas, antes de  que comenzara a quemarlas.

Durante su último solo, Milt tocó lentamente. Escuchaba la lluvia golpeando el tejado de chapa de la entrada del local. El público creyó acabada varias veces su intervención, pero Milt insistía con los ojos cerrados. Estertores en do menor, las últimas miradas sobre las venas. Linda solía decir que cuando Milt tocaba el humo del bar se trasladaba a cámara lenta, y quienes escuchaban dejaban de ser reales hasta que la música terminaba. Pero Linda qué sabría —pensó Milt, y despegó sus labios de la boquilla del instrumento—. Fue un buen espectáculo.

Antes de marcharse del bar recibió su sobre, como todas las semanas. Aquello solía ocurrir los martes. Los miércoles era día libre para los chicos. Les sustituía una banda de blancos que no llegaban a ser del todo malos gracias a un clarinetista bastante bueno, llamado Jorge D. Jabal. Precisamente cuando salió, Milt fue a tomar una copa al club donde Jabal actuaba lunes y martes. El clarinetista le vio nada mas entrar, cuando terminó acudió a sentarse a su lado y pidió una copa para él y otra para su amigo Milt. 

     —Enhorabuena. Has emocionado al personal —dijo Milt.

     —Llegas tarde, canalla. ¿Andas borracho? —le respondió Jabal

     —Los chicos estaban generosos, terminamos tarde.

     —¿Pasarás mañana a vernos o no te apetece encontrarte con el gordo  tu día libre?

     —No creo que vaya.

     —Lo imaginaba. Por cierto, ¿os ha pagado? 

     —Sí.

     —Bien, estoy deseando ver al muy cabrón —afirmó enérgico Jabal mientras se colocaba 

un cigarrillo en la boca.

El camarero les sirvió el pedido. Milt dejó un billete en la mesa, Jabal comunicó con un gesto al camarero que no cogiera el dinero y que apuntara todo en su cuenta. Éste asintió.

     —¿Cuántas semanas os debe? –preguntó Milt.

     —Seis. Y no pienso sacar el clarinete hasta que no pague lo que debe. Bastante es que no le cobro intereses al hijo de puta. Debería hacer que le rompieran un dedo cada semana que no nos paga. El muy hijo de puta… piensa que nos va a chulear.

     —¿Hasta cuándo firmasteis?

     —A partir de enero se puede ir buscando otra banda

     —¿Todos hasta enero?

     —Excepto Lauren, él tiene libertad para irse cuando quiera. Claro que… ¿dónde 

demonios va a ir? —dijo Jabal con una media sonrisa.

     —Ya… 

Ambos bebieron, y compartieron unos segundos en silencio, saboreando sus tragos, como si fueran el tipo de bebedores que no eran.

     —Por cierto, compadre, necesito que me hagas un favor —dijo Milt.

     —Dispara. ¿Andas metido en problemas?

     —No. Necesito que me prestes tu maletín de grabación, si aún lo conservas.

     —Desde luego. Me habías asustado, tus palabras han sido fúnebres, tío.

     —No te preocupes. Será por poco tiempo.

     —Me ofendes hablando así. 

Jabal se estiró y sacó una llave de su pantalón, que dejó junto al vaso de Milt.

     —Aquí tienes. Pásate mañana por mi puerta, yo estaré durmiendo, pero se la dejaré a la Señora María. Ella te la dará.

     —Muchas gracias. Quiero grabar algunos temas que he variado.

     —Lo que necesites.

Milt se levantó y cogió con pesadumbre la maleta de su trombón.

     —Te dejo, Jabal. Estoy agotado.

     —Por cierto, vi a Linda hace unas semanas —dijo Jabal, sin vehemencia alguna, justo después de que Milt diera el primer paso de su retirada.

Milt se giró y miró hacia la mesa, con la misma falta de pasión.

     —¿Qué tal le va?

     —Parece que bien. Me saludó, pero no se detuvo.

Hubo un breve silencio.

     —Te dejo, tío. Gracias por el favor.

     —No hay de qué, viejo. 

La noche respiraba a bocanadas turbadas, era el cuello inmóvil bajo el cuchillo. La imaginación de lo que podía haber sido real, y sólo había sido imaginado. Era el sueño olvidado, la posibilidad que se queda en nada. Una desventura sin corrección, lugar tachado en hipotético destino. La noche era una copia de todas las noches de los últimos tiempos que Milt recordaba, así como de las noches olvidadas, de las que sólo quedaba la seguridad de que habían sido idénticas a otras igualmente olvidadas.

En el puente, el correr del viento no podía borrarle las arrugas del insomnio. Su rostro era el de un hombre entre los quince y los cincuenta años, descubrir cuánto tiempo llevaba Milt viviendo era una cuestión de azar. Resultaba imposible deducir si era un héroe o un cobarde, feliz o desgraciado, estúpido o inteligente. Era únicamente un tipo parado en el puente.

Sacó el trombón de la maleta y lo lanzó al río. Se perdió en la corriente en pocos segundos. Después se marchó, y de camino recogió la grabadora de Jabal. Cuando llegó a su habitación dejó el estuche vacío en una esquina, y en el mismo lugar la maleta de grabación. Bebió dos vasos de whisky de un par de tragos y se echó a dormir.

Se preguntó por qué no había tirado el estuche con el trombón. Ahora llenaba desde su esquina toda la habitación, como un ataúd sin muerto. El estuche nunca había tenido ningún significado mas que el estrictamente funcional, no recordaba ni cuándo lo había comprado. Había regresado del puente con él por pura inercia, sin pensar en su compañía. El caso es que el vacío que representaba le había seguido, y allí estaba, amenazando con una realidad atávica. Milt cogió el estuche, bajó a la calle a paso rápido y lo dejó en un contenedor de basura. Regresó a la habitación con gesto neutral, a paso moderado.

Había luz bajo la puerta y tras la mirilla de la Señora Igna, su casera. Sabía que la puerta se abriría en tres segundos.

     —Buenas noches —dijo la Señora Igna.

     —Buenas noche, Señora Igna.

     —Mi hijo le subirá mañana el colchón nuevo, ya me lo ha asegurado.

     —De acuerdo.

     —¿Mañana o tarde?

     —¿El qué? 

     —Para subirle el colchón, ¿cuándo le viene mejor?

     —Mejor por la tarde. Gracias.

     —Si desea cambiar algún aspecto de la habitación sabe que no tiene por qué preguntar. 

Hágalo sin más.

     —Gracias, Señora Igna. No cambiaré nada. Pero voy a pedirle un favor: si alguien pregunta por mí esta noche, ¿le importaría decir que he salido? Tengo un gran dolor de cabeza y querría guardar el máximo reposo.

     —¡Por supuesto!. Suba y descanse, no tiene de qué preocuparse.

     —Muchas gracias, señora.

Milt subió las escaleras, y la mujer cerró la puerta. Milt había cambiado de habitación un par de semanas atrás. La Señora Igna le tenía ubicado en la mejor habitación del edificio, la que hacía esquina exterior en la segunda planta. La había habitado los últimos cinco años, pero ya no la quería, era demasiado luminosa, y aunque tenía contraventana el ruido de la calle se colaba en su interior. La nueva habitación también era del segundo piso, con una sola ventana desde la que veía toda la porquería del patio interior. Prefería ésta a su antigua habitación.

Las horas transcurrieron marcando cada minuto con estruendo. Se pegó un baño con tranquilidad, pero sin esperar a que el agua se tornara tibia. Se secó con esmero los pies y se cortó las uñas, también las de las manos. Sacó una camisa blanca del armario, estaba un poco arrugada por la espalda, no demasiado. Se puso un pantalón marrón, el mejor que tenía. Y los zapatos, que se calzó con el nudo hecho. 

Mientras limpiaba la pistola pensó en las calles de Sylvanian, sintiendo por ellas una nostalgia que provenía de los recuerdos de otra persona. Linda le había hablado incansablemente de su infancia en el barrio. Sylvanian había sido el paisaje que había despedido a Milt cuando dejó la ciudad siendo un crío. De alguna manera, sentía haber sido despedido desde Sylvanian por una Linda desconocida, aún por crecer y en espera. Pensó en los habitantes del barrio: músicos, escritores, yonquis, atracadores —en ocasiones todos los talentos se reunían en un mismo individuo—, en definitiva, gente sin familia. Un gran microcosmos de tristeza y de magia.

Milt pensó que había llegado la hora. Colocó la bobina en la grabadora, dejando pasar el primer metro de la cinta. Posicionó el micrófono a la distancia adecuada, y accionó el interruptor de grabación. La niebla comenzó a rodar.

     —Mi nombre es Milt Boosey. Cuento veintinueve años. He tomado la decisión…

Detuvo la grabación, cambiando el aparato a la posición de reproducción. Rebobinó la película y escuchó las palabras registradas. Cortó el tramo utilizado y lo dejó sobre la mesa. Repitió la mecánica de ajuste de la bobina. Todo listo para reanudar la grabación.

     —No sé a quién debo dirigirle estas palabras, ni a quién enviarle esta grabación. Aquel a 

quien llegue ha de saber que su elección responde a un impulso repentino, y que sobre su persona no recae ninguna responsabilidad. No sé, quizás debería dejarla sobre esta mesa hasta que alguien la recoja. 

Se detuvo, dejando correr la cinta. Finalmente detuvo la grabación. 

     —A quién demonios le estoy hablando. Esto es ridículo —musitó para sí mismo.

Esta vez cortó los metros grabados sin escucharlos previamente. Y otra vez activó el interruptor de grabación.

     —Querido Jan, estás escuchando mi voz, pero mi corazón ya no es el de un hombre  vivo. No quiero seguir viviendo. Quizás debería hablarte en pasado. No encuentro una designación acertada para los motivos que me hacen desear no vivir. Dudo, incluso, que aunque fuera más hábil con las palabras y supiera expresar adecuadamente la causa que me mueve, dudo que en ese caso, tuviera valor para pronunciarla o escribirla.

Detuvo la grabadora. Sentía gran vergüenza de sí mismo, de sus dudas y de su soledad. Se sentía patético. Cerró los ojos y apretó los dientes.

Miró con furia hacia la pistola, que se encontraba sobre la mesa. Pensó, en un relámpago, dejarse de despedidas. Tres gestos: cerrar la maleta, apuntar a la sien y apretar el gatillo. Sin más preámbulos. Adiós al adiós y nada que explicar.

Para Jan. Para Jorge. Para la Señora Igna. Para Linda… —pensó Milt, moviendo los labios sin emitir sonido. 

Desechó lo grabado, y accionó de nuevo el interruptor de grabación. Una neblina sonora, como una vibración remota, acompañaba el rodar de la cinta por la máquina de grabación. Milt dejó pasar la película varias vueltas. Pretendía ser breve, para correr el mínimo riesgo de arrepentimiento. Tenía la primera sílaba al borde de los labios cuando le pareció escuchar el ladrido de un perro por el altavoz de la grabadora. Dejó rodar la cinta, esperando atento al altavoz, que debería estar anulado, al encontrase el aparato en posición de grabación y no de reproducción. Asombrado, entre la incredulidad y el miedo, volvió a escuchar un ladrido, sobre la neblina propia del rodar de la bobina. Un ladrido lejano pero nítido. A continuación se escuchó un carraspeo, y una voz, que no era la suya…

«Es muy tarde ya —dijo la voz—. Si pudieras ver la calle te darías cuenta de que no hay alma que aguante por ahí afuera. Acaba con esto de una maldita vez».

Milt apagó la máquina, se levantó de la silla y se alejó de ella. Tras unos segundos se acercó, como hacia un león dormido. No sabía lo que estaba ocurriendo. Era como si estuviera en una de las alucinaciones de Jan. Rebobinó la cinta, y presionó el interruptor de reproducción. Se alejó de nuevo. Un carraspeo dentro de la maquina.

«No me gustas, Milt. Haz lo que debes, y abandona definitivamente este juego. Todos 

estamos cansados. Te lo ruego, no me obligues a hacerlo. Ya sabes a qué me refiero. Sería lo peor que podría ocurrir. Tú decides —dijo, profunda, la voz que salía del aparato—».

Milt no podía moverse. No comprendía. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos, su tez 

fría. Apagó la grabadora, con miedo. Sacó la bobina y la dejó sobre la mesa. Abrió una nueva bobina de material virgen y la colocó en la máquina. Decidió reproducirla antes de grabar sobre ella. 

Comenzó con el vibrar de fondo común a todas las cintas, pero pronto se reprodujeron sonidos que no debían estar allí. Sobre la cortina sonora de la cinta se escuchó un disparo, potente y sordo. Después se oyeron dos ladridos, a lo lejos. ♦︎

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