Solo las madres son madres

Consideraciones de una feminista que fue a ver Mother!

Por fin Mother! y, antes de hacer cualquier otra apreciación, quiero decir que es una experiencia que vale la pena que te envuelva en la gran pantalla. Dicho esto y que se trata de una película que ha dividido a la crítica, parto desde una declaración de neutralidad. No pretendo posicionarme del lado de los que la amaron o de los que la odiaron. Para mí hay una clara serie de aciertos y otra de yerros en el último estreno de Aronofsky.

Jennifer Lawrence, en Mother! (2017). Imagen: Protozoa Productions/Paramount Productions.

La película, a pesar de su marcada estructura en dos partes ―cada una esencialmente diferente, pero, aun así, sorprendentemente unitarias―, es un crescendo de tensión que termina por llevar a cualquier espectador al borde de su asiento ―yo me sorprendí a mí misma con un tic nervioso en la pierna, lo siento por el chico que estaba unos asientos a la izquierda―. No sé si como película de terror es efectiva o no ―he leído esta queja en más de un lugar―, pero aprecio los intentos de renovar el género, y me parece que no se puede llegar al cine a ver Mother! ―ni ninguna película de Aronofsky― solo con la idea de que nos espera una película de equis o y género.

Aquí empiezan los spoilers.

Estamos ante una alegoría bíblica bastante accesible: Él (Bardem), un poeta famoso, es Dios; su piedra preciada, la fruta prohibida; su estudio, el Edén; el primer hombre que aparece en escena (Ed Harris), Adán; su mujer (Michelle Pfeiffer), Eva; sus hijos, Abel y Caín (los hermanos Gleeson). No vale la pena seguir. La trayectoria de la película parte del Génesis y termina en el Apocalipsis, y se constituye por un entramado de evidentes metáforas y juegos simbólicos fácilmente interpretables. Si no estamos dispuestos a realizar esta interpretación alegórica, sí, es verdad que la película parecerá un absoluto sinsentido. No entiendo aquellas críticas que alegan, para alimentar su apreciación negativa, que se trata de una historia inverosímil: ¿qué más da la verosimilitud en este caso? Estamos ante un recorrido casi minimalista de la historia de la Humanidad según la mitología cristiana.



Solo hay un eslabón que, si bien es verdad que también es rápidamente identificable en el mapa alegórico, no constituye una figura demarcada en la tradición cristiana. Me refiero a la figura de la Madre (Jennifer Lawrence), que corresponde a la Naturaleza. Dios, la fruta prohibida, los primeros humanos, el Gran Diluvio, el nacimiento de Jesús, todo esto tiene un lugar literal en las Escrituras, pero ¿la Madre? La Madre (Naturaleza) ha sido sistemáticamente obviada en el canon cristiano ―y muchos otros―, pero no en esta película, donde el interés recae por completo sobre ella. La cámara se limitará a enfocar su rostro en un casi constante primer plano, que solo variará para mostrarnos, de forma marcadamente focalizada, aquello que ella ve. La fotografía, de esta manera, nos obliga como espectadores a mantenernos del lado de la Madre en todo momento durante dos horas de tensión. A veces vemos su cara, a veces su nuca, pero poco más. Como resultado, nos transportamos al papel ignorado o despreciado al que ella ha sido relegada. Mientras la acción de la película ocurre allá a donde Él va, la Madre ―y nosotros― se mantiene en segunda fila. Y no es un personaje fuerte: interactúa, se queja, sufre, se resigna, se preocupa, se mueve por la casa ―siempre está descalza―, limpia, cocina, pinta la pared, cede ante su marido, pero las más de veces parece un elemento ornamental para el resto de personajes, hasta el punto en el que se vuelve evidente por qué, reiteradamente, se omite su existencia en la tradición. ¡Qué mentira más grande aquel dicho de que algo “brilla por su ausencia”! Aquello que está verdaderamente ausente, lo está también en la conciencia colectiva.

Como nosotros solo podemos ver su cara y ver lo que ella ve, no podemos evitar sentir que nos estamos perdiendo de la película de verdad. Seamos sinceros, no nos sorprende. En eso consiste el papel de la mujer en la ficción: en que no es central; en que no es un ser completo, ni complejo; en que carece de matices psicológicos. Está ahí como está un jarrón. Aquí la innovación ―si se puede considerar innovación― consiste en que alguien nos ha colocado adrede en esa posición de la otra-ignorada, de modo que podemos darnos cuenta de que todo lo anterior es una falacia: sí es central, sí está completa, sí es compleja, y sí tiene profundidad psicológica.

La Madre ha reconstruido desde los cimientos la casa que comparten, pero esa tarea no es apreciada, como sí lo es la obra de Él, porque solo Dios/hombre es arquitecto/creador. Ella se limita a revitalizar los espacios: ¡bendita sea la mujer que mantiene la casa caliente! Así crece y renueva la vida la Naturaleza: lenta, callada y constante. En Mother!, la Madre y la casa son uno solo: organismos vivos y envolventes que se bastan por sí mismos. Es un acierto, por esta razón, la ausencia de una banda sonora: el único sonido a escuchar es el de la casa, viva, a la que le late cada pared y cada loza, a la que le crujen los escalones, chillan las calderas y sosiegan los pasillos, y la que se queja y defiende conforme es paulatinamente destruida. ¿Y qué quiere decir todo esto, si consideramos que la casa es el único espacio en la película?, ¿si escalones arriba está el cielo, el paraíso en la entreplanta y el infierno en el sótano? Que la Madre no es una mujer, sino un lugar ―y Él lo dirá, literalmente, «you were home».

Creo que a estas alturas está claro que Mother! es una película que se tiene que afrontar desde la perspectiva de género. Hasta ahora me he limitado a hablar de todo aquello que me gustó de la película ―que no es poco―, por ejemplo, que para mí es un acierto que se nos muestre a Él, la figura que impulsa los acontecimientos de la trama, como un Dios/hombre vanidoso, ensimismado y egoísta, al que le gusta gustar, y que es misericordioso y generoso solo en la medida en que sus fans lo sigan e idolatren. Y sí es un acierto que se demande la posición marginada de la Madre a lo largo de la película, a la que se le niega el derecho a ser algo más que un espacio a habitar, algo más que una musa para el creador, algo más que una voz que nunca es escuchada, una presencia siempre ignorada. Pero también hay que mencionar en qué no acierta Mother!

¿Quieres reivindicarme paralelamente la Naturaleza, la Inspiración y a la mujer? No lo hagas. Ha llovido bastante desde Derrida y Cixous. ¿Por qué me planteas un paradigma de oposiciones «masculino/femenino» ―y de su consecuente evaluación positivo-negativo― en una película que pretende poner en el punto de mira la anulación del rol de la mujer en el arte, en la historia, en la tradición y en la casa? Actividad/Pasividad, Acción/Pasión, Cabeza/Corazón, Arte/Naturaleza: es un retroceso materializar esta serie de “parejas” encarnadas por el pensamiento binario machista, son estáticas e imposibles. El mundo no es una serie de contrarios que se cancelan mutuamente, que se enfrentan entre ellos hasta el fin de los tiempos, donde el polo representado por lo masculino corresponde a la actividad y, por ende, a la victoria; mientras el otro, el femenino, a la pasividad y la derrota.

Apruebo la decisión de que la Madre “sea derrotada” en la película, porque no podría ser de otra forma, al fin y al cabo, nos encontramos ante una representación de la concepción de la Humanidad y su curso, y es verdad que la mujer y la naturaleza fueron sometidas por el hombre y ese invento que encarna todos los ideales masculinos y que se llama Dios. Apruebo que las acciones de Él condenen a la destrucción a la Madre, a su hijo y a la casa, consecuencias de su hambre de amor y veneración ―la fragilidad de la masculinidad en escala deidad.

Pero Mother! se queda corta. No quiero una mujer cuyos únicos dos deseos sean tener hijos y terminar una casa para su marido. No quiero ver una metáfora de la tierra destruida como una mujer descalza violentada. No quiero que la mujer se siga relegando a eso: a lo salvaje, a la tierra, a lo impulsivo; contrarios a la civilización, al cielo y a lo prudente. No quiero ver más musas. No quiero ver una cara de mujer que sufre, que se desvive y que finalmente muere por querer a un hombre solo para ella. Y no quiero, de ninguna manera, que los espacios simbólicos que puede ocupar la mujer se sigan limitando a aquellos que están relacionados con la fertilidad y demás metáforas en torno a su vientre. Madre tiene que dejar de ser sinécdoque de naturaleza y de mujer: ni la naturaleza es madre, ni la mujer es madre. Solo las madres son madres.

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