Romain Gary, tierno y corrosivo

Romain Gary y Jean Seberg, 1967. Foto: SNAP/REX/REX/SIPA.

En este vivir y no vivir que es la lectura, la relectura y el reencuentro con uno mismo, me cae en las manos desde un estante de mi biblioteca un libro comprado y leído hace algo más de veinte años (lleva pegada una etiqueta). Se trata de La nuit será calme (La noche será tranquila), el libro-entrevista en el que Romain Gary entrega sin reservas sus opiniones y su vida al periodista, y viejo amigo, François Bondy. Sumergirme en las primeras páginas de este texto ha supuesto para mí resucitar más emociones que las que sería razonable pensar. Porque lo cierto es que he leído bastante a Romain Gary, a lo largo de muchos años.

Lo primero que leí de él fue Una educación europea, el relato sobre unos adolescentes en la resistencia contra los nazis, en Polonia. Era yo estudiante todavía y aquél un volumen de bolsillo de los beneméritos “libros Plaza”.  No recuerdo nada del argumento en detalle, pero sí que, aparte de emocionarme como era lógico, me llegó la tremenda ironía del título y lo que estaba pasando en aquella Europa, tan ufana de su pasado cultural, esa contradicción de Europa consigo misma. Más tarde supe que era la primera novela del autor, escrita en 1945, al terminar la guerra en la que él había combatido. Pero ya entonces se me quedó su nombre, y luego le he seguido con cierta fidelidad e interés. Aunque, como fue muy prolífico, haber conocido cinco o seis de sus obras no se puede decir que sea mucho.

Judío lituano, Roman Kacew nació en Vilna en 1914, hijo ilegítimo de una madre más que singular, como habrá ocasión de comentar. Desde muy pequeño su madre le metió en la cabeza que estaba destinado a vivir en Francia y a ser escritor y diplomático (“embajador de Francia”). Que nadie sonría por los sueños de esta señora en la Lituania de los años veinte, porque en 1929 se instalaron en Francia y a partir de entonces, Roman, ya Romain, fue francés a todos los efectos. ¡Y qué francés! Cruz de guerra, Caballero de la Legión de Honor, Compañero de la Liberación, etc, etc… por su actuación en la guerra. Después, efectivamente, diplomático, representando a Francia como cónsul en varios países, aunque nunca llegó a embajador (se dice que por el desorden de su vida privada). Y por supuesto, escritor, siendo el único hasta la fecha que ha conseguido dos veces el Premio Goncourt, una con su nombre, y otra con un seudónimo que utilizó ampliamente y con gran sentido del humor para flagelar a las instituciones y prejuicios culturales. Sólo después de su muerte se supo quién se ocultaba bajo este seudónimo, Emile Ajark, el misterioso ganador del Goncourt en 1975.



Como ya he mencionado a su madre, quizá conviene empezar por ahí.  En 1960, Romain Gary publicó La promesa del alba, un libro autobiográfico que, en realidad, es una biografía de su madre. Seguramente uno de los más hermosos homenajes que se hayan rendido nunca a una madre en la historia de la literatura universal. Una mujer bella, tierna, fuerte, dominante, algo estrafalaria y, en muchos momentos, realmente inaguantable. Su hijo era su obra y a ello dedicó sus esfuerzos que, como se puede imaginar por los antecedentes antes mencionados, fueron muchos y duros porque la vida no les fue precisamente fácil. Sólo un episodio servirá para mostrar su temple. Cuando Romain, después de la caída de Francia en 1940, se unió como aviador a los ejércitos de la Francia Libre de De Gaulle, mantuvo una correspondencia más o menos regular con su madre, en la Francia ocupada, recibiendo siempre cariñosas respuestas a sus cartas. Le extrañaba, sin embargo, que en estas respuestas ella no hiciera mención a las cosas concretas que él le contaba. Al terminar la guerra supo que su madre había muerto dos años antes, dejando a una fiel amiga un sinfín de cartas ya escritas para enviárselas y que la preocupación por ella no afectara a su estado de ánimo ni a su labor guerrera. Cuando leí esto, que lógicamente es el final del libro, reconozco que se me alteró el pulso.

Su agitada vida como inmigrante, aviador, escritor, diplomático, cineasta y no sé cuántas actividades más le permitió conocer el mundo y las personas, pero no le hizo optimista.  Sus obras traslucen un profundo pesimismo, compatible con un agudo sentido del humor y con una omnipresente ternura y comprensión en el tratamiento de las personas, así como un lamento por la cultura del “macho” (en español en sus textos originales) que ha dominado la historia y una reclamación de los valores femeninos como garantía de convivencia. Volveremos luego a La nuit será calme, que en el fondo es una especie de monólogo autobiográfico animado por las escuetas preguntas de François Bondy, preguntas bien dirigidas puesto que se conocían desde quinceañeros. Pero antes hay que mencionar algunas de sus novelas. Por ejemplo, Lady L.

Antes de leer la novela había visto la película del mismo título dirigida por Peter Ustinov, con Sofía Loren, David Niven y Paul Newman como protagonistas. Como es lógico con este elenco, la película estaba muy bien, era divertida y brillante, y suficientemente cínica para llamar la atención en aquellos años sesenta. Sólo que, al conocer tiempo después el libro, uno se da cuenta de cuanta riqueza de matices se pierde en el trasiego. Es duro decir esto por un amante del cine, pero es verdad. No se trata sólo del final, ese terrible final de la novela, que sin embargo nos hace sonreír, y que en la película está dulcificado, de acuerdo con las normas cinematográficas que rigen incluso en un relato tan cínico y atípico como este. Es todo el desarrollo de la historia de la lavandera trasmutada en duquesa, de su comprensivo y ducal cónyuge, y de su verdadera pareja, el anarquista Armand, lo que, a pesar de la inteligencia derrochada por Peter Ustinov, hay que leer en el texto original para captar toda su corrosiva fuerza.

Y hay que recordar, sobre todo, Les racines du ciel (Las raíces del cielo), de 1957, considerada la primera novela ecologista de la historia. Por ella obtuvo el Goncourt, uno de sus dos Goncourts, como se ha dicho. También tuvo película, en este caso dirigida por John Huston, con Trevor Howard y Juliette Greco como protagonistas. La película es entretenida, pero no lo mejor de John Huston, y está muy lejos de reflejar el contenido de una novela que abarca algo más de quinientas páginas de letra muy pequeña en su edición de bolsillo. Como posiblemente se sabe, Las raíces del cielo trata de la caza de elefantes, de la amenaza de desaparición de la especie, y de la cruzada que contra ello emprende un visionario llamado Morel. Comprendo que así resumido el tema no parece muy atractivo para lectores que busquen entretenimiento, pero les aseguro que lo encontrarán. Más raro encontrarían el tema quienes le votaron para el Goncourt hace sesenta años, cuando eso de las especies animales en peligro no le sonaba a nadie. Pero alrededor de los elefantes hay un sinnúmero de seres humanos y de situaciones que hacen el larguísimo relato apasionante. En realidad, los elefantes son un pretexto para hablar de otras muchas cosas.

En su vida personal, Romain Gary estuvo casado (en segundas nupcias) con la actriz Jean Seberg, la bellísima protagonista de películas como Al fin de la escapada de Godard, a la que, después de su divorcio, siguió en alguna forma ayudando hasta el suicidio de ella. La historia de Jean Seberg, símbolo de toda una época y acosada por las fuerzas más reaccionarias de su propio país, EEUU, daría lugar a mucho, pero no es el objeto de esta nota. Si se menciona es porque año y medio después se produjo el suicidio del propio Romain Gary, en 1980, aunque en la nota que dejó decía expresamente que ambas muertes no tenían nada que ver entre si.

Entre su nacimiento, en 1914, y este 1980 de su voluntaria marcha, vio mucho, vivió mucho, testimonió por todos los medios a su alcance, y finalmente se despidió, no sin cierta elegancia. Nunca se sintió pertenecer al mundo al que por su posición de diplomático y escritor famoso pertenecía, y se burló de ese mundo, no sólo directamente, como un Romain Gary que no se mordía la lengua, sino por medio de sus diferentes alter egos secretos, el más conocido el que consiguió su segundo premio Goncourt con una preciosa novela La vie devant soi (La vida ante si), sobre un niño argelino, hijo de una prostituta, y sus relaciones con la mujer que le tiene recogido en su casa.

Europeo por encima de todo, su visión de Europa unida y sobre Europa en general, una Europa, insisto en las fechas, que no terminaba en el telón de acero, no es nada complaciente. Una Europa que es el tema de la novela del mismo nombre, Europa, un libro de interesante argumento y personajes siempre simbólicos y de comportamientos que frecuentemente rayan en lo surrealista. Un libro lleno de contradicciones, posiblemente las contradicciones del propio autor, a veces de no fácil lectura por las constantes, e imprescindibles, referencias culturales que contiene. Un libro que rezuma amor por la cultura europea y al mismo tiempo es una implacable denuncia del divorcio entre esa cultura y la crueldad de la historia de nuestro continente. Sobrenada una frase para la reflexión: «no existe Europa, sino europeos». Y en sus primeras páginas, una observación que no me resisto a transcribir: «…desde que el hombre existe ha tomado siempre como respuestas los ecos de sus propias preguntas, lo que ha provocado el nacimiento del arte».

Dado que el libro mencionado al principio, La nuit será calme, recoge con una gran desenvoltura y sinceridad sus opiniones en 1974, comentar en dos líneas ese libro puede contribuir algo a la comprensión de su persona. En esta especie de autorretrato, repleto de ironía y desenfado, llaman la atención en primer lugar sus opiniones sobre política y cultura, con las que se puede estar o no de acuerdo, pero que muestran una impresionante claridad de juicio sobre el mundo que ha vivido y conocido. Sólo por mencionar algo, léase lo que dice sobre la crisis del petróleo de 1973 (¡en 1974!) sus causas y consecuencias.

En La nuit sera calme se habla de personajes, de muchos personajes. Del general De Gaulle, desde luego. Gaullista convencido, en la misma línea de André Malraux, con el que tenía una gran amistad. Y cuenta algo que Malraux, siempre solemne y con más bien escaso sentido del humor, nunca hubiera contado: lo que divertían al general las críticas cáusticas que se le hacían desde publicaciones como Charlie Hebdo y Le canard enchainé.  Pasan por estas páginas visiones muy poco convencionales de los protagonistas políticos de la época, algunos de los cuales están en la historia. Pero también las de quienes bullían en aquel Hollywood que conoció bien, como cineasta (dirigió dos películas) y como cónsul general de Francia en Los Ángeles: Gary Cooper (“una de las mejores personas que he conocido”), Billy Wilder, Marilyn Monroe… Y una magnífica y nada respetuosa semblanza de John Ford, con el que le unió una sincera amistad. Nadie se aburrirá con sus comentarios, desprovistos de prejuicios.

Por terminar, un episodio recogido en este libro, un libro que es una auténtica autobiografía, o lo que deberían ser las autobiografías. Relata una cena en aquellos años cincuenta, en su apartamento de Nueva York, en la que tuvo como invitados a Teilhard de Chardin (en aquella época metido en el congelador y prohibidas sus obras por su Compañía de Jesús) y a André Malraux, ambos dos, buenos amigos suyos. Incluso Teilhard aparece con otro nombre, pero perfectamente reconocible, en Las raíces del cielo. Leyendo esa media docena de páginas, uno puede imaginar con envidia lo que debió ser ese encuentro entre dos de las cabezas mejor amuebladas y más atípicas en relación con el mundo al que se debían que ha dado el siglo XX. Y con esa envidia por no poder haber visto por un agujero aquellas conversaciones, me despido de este libro singular.

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