Oblit

Charles Harbutt. Collection Center for Creative Photography, University of Arizona.

Cincuenta años y aún coloca los zapatos en el balcón como le enseñó a hacer su madre. Unos náuticos azules de suela blanca desgastada y forma aplastada por la pisada de un pie ancho que desborda por los lados. Sus únicos zapatos. Bonito motivo decorativo. Ni una planta, ni una cortina, ni una mesa o silla en la que sentarse. Unos zapatos. Perdón, unos náuticos.

Luis vive en un entresuelo. Parece una broma, pero por la inclinación de la calle, el balcón de su casa realmente está a la misma altura que el portal de su casa. Es difícil de imaginar, pero a dicha inclinación se suman unas escaleras que hacen aún más empinado el último repecho de la calle que lleva al parque del Putget. Desde las escaleras un salto valdría para llegar a su terraza. Es un piso que resulta un claro ejemplo de lo que es su vida, un lugar en el medio de no se sabe qué. Justo ahí, sin más.

Desde la calle se puede ver la puerta de la terraza, con un brochazo de color blanco sobre el cristal que se le debió escapar al pintar el salón cuando se mudó. Al contraluz se advierte ese seco rastro del desdén y de la falta de afán por limpiar lo que sólo desde el exterior se ve, o lo que en el interior no importa. Al fondo una luz delata dónde termina el salón y comienza el pasillo. Suele ser la única que se ve, como si fuera el “EXIT” de una película mala de miedo. Una salida a la que el protagonista nunca llega. La puerta que ilumina está compuesta por vidrios de colores de los años setenta que pintan de naranja el pasillo que lleva a la cocina donde Luis casi nunca cocina y a la habitación donde convive con sus pesadillas.

El resto de la casa es un desastre. Cincuenta años y sigue dejando la casa desordenada, como si hubiera estado buscando dónde han quedado esos diez lustros. Entre camisas y calzoncillos hay desperdigados folios a medio arrugar y libros de esquinas retorcidas por el uso. Bolis, una calculadora Texas Intruments con la que terminó el “insti”. Luis ha vuelto a estudiar. Ahora derecho. De lo demás, olvido. Reset.

Y si hablamos de olvido, no hay en el mundo nadie con tantas ganas de olvidar como Luis. Triste. Nada ha merecido la pena hasta ahora. Olvido. Mierda de palabra, pero más mierda hay en tenerla como mecha del llanto. Lo vivido hasta ahora ya no es suyo, y revivirlo haría insoportable esa ventana sucia o esos cristales de colores. Ánimo. No queda más remedio que empezar de nuevo. “A mí ya no me llames”.

Luis tiene el vientre plano, tan liso que a sus abdominales les cuesta mantener su cuerpo recto, por lo que camina encorvado. Su cara es igual de fina, flanqueada por una barba replegada de un rubio apagado casi blanquecino. Sus ojos se abren estirados por sus cejas, que se escapan hacia el cielo intentando volar. Se mueve alterado, con un nerviosismo tímido e indisciplinado. Podría describir su forma de vestir, en general, pero al cerrar los ojos solo me lo imagino con unos vaqueros grises apagados y una camisa de un verde pálido hecha del punto con el que se elaboran los polos. Y sus náuticos. Sempiternos.

Si cruzas la mirada con él estás perdido porque sí o sí hablará contigo. Da igual la conversación. Da igual que quieras o no escucharle. “Odio a la gente que va con su perro y deja que orinen en cualquier sitio”, te cuenta mientras señala una esquina. En eso admira a la del cuarto, que siempre lleva una botella con agua para limpiarlo.

Te explica su vida, pero no te cuenta nada. Experiencias puntuales, chascarrillos y bombardeos de datos sin conexión. “No romperán mis huesos ni quemarán mis alas, les basta y sobra con dar besos, besos como balas” te canta si le dejas que se anime. “No pienso doblegarme a sus avisos”. Sí, en realidad creo que tiene un aire a Aute. Pobre Aute, él sí que está jodido.

¿Derecho? Es una carrera como otra cualquiera, o puede que más fácil. Puede que con derecho acabe poniéndose a trabajar de forma autónoma y se convierta en su propio jefe. Será un gran auto-jefe. No se echará broncas como las que le echaban cuando trabajaba como contable en un estudio de arquitectura. Puede que se haya lanzado a derecho por el alto porcentaje de chatis que estudian para engordar la lista de abogados en paro. Claro que el hecho de sacar a la mayoría de ellas más de veinticinco años hace que las “princesas” no quieran mirar con pasión al “abuelo” de la clase. Es divertido. Es entrañable. Es un tío muy raro. Pero no, ninguna piensa en él como un posible amante. Y quién le amará. Da igual.

Con este curioso personaje y su nueva vida te estás preguntando cómo aguantará los cuatro años de carrera, pero Luis lo tiene claro. Ha hecho las cuentas. Le cuadran. Le tendrán que cuadrar. El despido le dio un pequeño pellizco. Dos años de paro le permiten, entre pitos y flautas, pagar los quinientos euros del piso más algún que otro arreglo. Tuvo suerte. Un chollo ese piso, por ese precio. Después tirará de ahorros porque en eso, Rosa, su ex, fue generosa. Cada uno sigue su camino, cada uno paga su vida. La ventaja de haber sembrado en tierra yerma. Nada les uniría de nuevo. Ni la pena. Mientras, los vicios, escasos ya, la comida y los imprevistos los pagará la indemnización que le dieron en Estudio Amunt. De salud, bueno, la seguridad social le servirá mientras pueda. No quiere tirar de la herencia de sus padres. No fue gran cosa, pero lo tiene como colchón con el que se irá a vivir a algún pueblo cerca de Solsona cuando se jubile. No quiere demasiado. Una casa de unos sesenta metros. Una habitación, una chimenea, un sofá de cuero negro que sea fácil de limpiar para que se pueda subir Lola, su futuro pastor alemán, que seguro que tendrá displasia de cadera, y una pequeña cocina donde cocinar lo que plante en el huerto. Y un piano. Fundamental.

     —Empecé a estudiar solfeo cuando ya tenía cerca de treinta años, y nunca he llegado a dominarlo, pero me gusta —comenta mientras subes la cuesta de su casa con él—. Toco cada tarde durante un rato para relajarme. Supongo que os machaco los oídos, pero no me digas que no mola escuchar bossa nova en el silencio de la calle. A veces me arranco con algo más clásico, pero me aburro como una ostra o me pongo excesivamente triste.

Te acompaña casi hasta la puerta para ver que no tienes problemas con las bolsas de la compra, y se sienta a liarse un cigarro en un banco que hay justo en el recodo de la casa. No puedes huir, así que saca otros temas de conversación para que le hagas compañía.

     —Mi tío era militar. Era un señor muy serio y recto, y siempre estaba de mala hostia. Creo que se hizo militar por complacer a su padre, que también lo había sido, pero en el fondo me pega que no le gustaba nada. Cuando cumplió los cincuenta, colgó el uniforme, mandó a tomar por culo al ejército y se dedicó al interiorismo. No se comió un colín, claro, pero no volví a verle enfadado, así que supongo que su constante estado de mala leche estaba relacionado con hacer algo que detestaba. Eso es lo que me inspiró para cambiar mi vida. Acabó en la mayor de las pobrezas, viviendo con ese padre al que había decepcionado al mancillar la casaca de artillería. Me encantaba cuando iba a casa de mi abuelo y me escapaba con mi tío para que me contara batallitas de cómo se escaqueaba de las guardias o de cómo puteaba a sus superiores. Le quería mucho. Se suicidó —concluye mientras se levanta para volver a su casa—. Me piro, que tengo que ir a la facultad y al final llegaré tarde.

Y ahí va con su Renault Clio del noventa y cinco color “bordeaux” dejándolo caer por la cuesta para ahorrar gasolina. ¡A la carga! En el salpicadero baila una lata vacía de cerveza con limón. El cenicero abierto con el mechero sacado para poder enchufar el cable del móvil. Está viejo y ya aguanta poco sin perder la batería, así que siempre que puede lo deja cargando. Tiene que estar pendiente por si mandan un whatsapp. No quiere ser el carca que no esté a la moda. Él mola. Mola mucho y tiene que dejarlo “clarinete”.

Va y viene de la universidad. Las clases son eternas. De comida un frankfurt rápido para volver antes de que empiece la “Pinochet”, una profesora de ansiosa nariz rectilínea. Después de comer no hay forma de aguantar con los ojos abiertos. Cuando terminan las clases unas risas con los compañeros.

     —Ha sido buenísimo —comenta sobre un compañero—. El tío se estaba cagando, pero le daba vergüenza levantarse y salir de la clase, así que me dice “voy a sacar un pañuelo, ponérmelo en la nariz y simular que estoy sangrando”. Y con dos cojones lo hace. Ni ha pestañeado. Pero, coño, si te cagas sal de la clase con naturalidad. La gente no sabe si te vas porque quieres o porque te vas a plantar un pino. No he podido reprimir la risa, así que al final el que ha quedado mal soy yo, por reírme de un compañero que está sangrando.

Pasa buenos ratos, porque durante esos instantes parece que es uno más, pero por mucho que lo intenta sabe que siempre será un elemento extraño del grupo. Grupos de estudiantes que en su mayoría no se conocían antes de empezar la carrera. Venidos de todas partes, tienen la chispa de los que empiezan algo a largo plazo que acabará siendo a lo que se dediquen el resto de su puñetera vida. Pero él. Él ya no tiene puñetera vida por la que mostrar chispa. Y lo notan. No le invitarán a estudiar a casa, ni será el confidente de nadie. No le contarán confidencias, ni quedará a tomar café con una chica que querrá tenerle en la zona de amigo. No. Claro que le invitarán a tomar unas cervecitas. Para eso todos valen. Cuantos más, mejor. ¿Quién le dice al hombre de los náuticos azules que se venga? El “abuelo” está ahí y es divertido, pero los huecos sociales de los jóvenes estudiantes no los ocupará él. Nunca.

Es hora de volver a casa. Allá va de nuevo su coche. Música a tope. Las luces sin encender. Luis, te has olvidado de encenderlas. Enric Montefusco y Flauta Man ambientan el ritmo de su pie derecho jugando con el acelerador. “Gracias por las clases de flauta” grita por la ventanilla mientras usa el volante como batería. Los libros son los únicos que suelen ocupar el asiento del acompañante.

En casa enciende la luz de una lámpara en forma de seta en metacrilato. Una luz agotada, sin duende. La oscuridad diluye el desorden entre el caos.

Fuera camisa, bienvenida camiseta vieja con agujeros y manchas de pintura. Civil, penal, historia del derecho… y el hambre ataca. Una latita de garbanzos. Pan y un vasito de vino a granel de La Festival de Gràcia. ¡Qué coños, está bueno el tintorro este! Un cigarro en el balcón. Es capaz de liarlo con una mano, mientras la otra manda mensajes con el móvil, o mira el periódico, o busca alguna aplicación que le entretenga un rato. Si no, un parloteo con el primer incauto que mire al balcón, una historia rápida y ¡pum!, de nuevo a estudiar. Pero entre estudio y estudio el recuerdo del pasado acorrala a las ganas de seguir. Casi se vuelve loco. Es tan rápido que atasca sus movimientos y bloquea el flujo del día. El cansancio de perder y las dudas le atenazan la mente. Mierda. Se tumba boca abajo en el sofá de segunda mano con un rancio olor a no sé qué que escuece, y empieza a plantearse todo de nuevo. Otra vez. Qué pereza, pero no deja de pensar. En alguna ocasión llora. A veces puede vencer ese impulso y acaba el día sin bajar a su pequeña sinopsis existencial, pero el pasado está ahí, no puede evitarlo. Su ex y los recuerdos buenos y malos que compartieron, aquellos amigos que se decantaron por ella, la casita llena de luz que alquilaron en la calle Bertrán, una vida tan socialmente activa como anodina; sus padres y una casa en la montaña en la que se escondía cuando solo quería desaparecer; los partidos de padel que se acabaron cuando Amunt bajó; y tantas otras cosas que le gustan ahora que no las tiene. El llanto así sale más fácil. Cuando le da por tomarse un par de vodkas a palo seco se viene arriba, pero eso no ayuda tampoco a estudiar. Cincuenta años y todo está patas arriba. Cincuenta años y no sabe qué mierdas ocurrirá mañana. O sí, y eso duele más. Mira la casa. Mira la ropa tirada por el cuarto que se ve desde el escritorio. Desde luego no era así como quería verse cuando todo empezó. Y, tal vez, por eso desearía olvidar. “L’oblit ho cura tot” decía su abuela. Pero no hay nada que curar. Simplemente olvidar. La televisión termina siendo su manzanilla mental. Se deja llevar por ella hasta que se queda dormido. Mañana tocará intentar de nuevo convencer al olvido. ♦︎

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