Maternidad a medias y dos premios en casa

Alanis (2017), de Anahí Berneri. Imagen: Varsovia Films.

Películas sobre esa inagotable —e indescriptible— lacra social como es la prostitución hay muchas. Unas más románticas, otras más dramáticas y otras más sutiles. En este embrollo de personajes e historias de supervivencia y resistencia se encuentran más personas que personajes, que se trasladan entre situaciones que no merecen o no desean.

Con este conjunto de personajes, relatos y largometrajes que, de vez en cuando, acercan al espectador el drama social más longevo de la historia, los cineastas deben plantear nuevas formas de verlo, de manera directa y creativa, para que los espectadores se den cuenta de que están ante una gran película.

Ni  un presupuesto millonario ni un desmesurado metraje pueden competir ante un  encuadre perfecto y un cuidado escenario. Así se lo planteó la realizadora argentina Anahí Berneri, directora de películas como Aire Libre (2014), Por tu culpa (2010) y Un año sin amor (2005), quien trasladó una historia de cortometraje a cerca de una hora y veinte minutos, con una asombrosa dirección de fotografía.



El motivo de este alargamiento no es otro que el de la especial química entre sus personajes principales, Alanis y Dante, Sofía Gala y Dante; madre e hijo en la vida real. Mediante sus figuras «pudimos capturar el amor de una forma más carnal y sexual», nos comentó la directora en una entrevista concedida poco antes de darse a conocer el nombre del ganador de la Concha de Oro de la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, donde ha sido presentada la película que lleva por nombre el de la protagonista.

Alanis fue creada para demostrar que «no hay ningún motivo para ver como un problema la convivencia del cuerpo de una mujer con el de una puta», justifica la realizadora latinoamericana ante la cuestión del enorme revuelo que ha generado el cartel del largometraje, en el que se muestra a la protagonista amamantando a su vástago.

Y es que, aunque tengamos en las carteleras continuos títulos bélicos en los que la muerte parece encontrar esa justificación o una significante renuncia a las injusticias, parece que el público está preparado para asimilar un disparo en la sien en lugar de una narración real de instinto protector.

«Apostamos por el trabajo con el bebé porque los niños dan una verdad extraordinaria a las películas. Con ellos, con la relación de fraternidad que mantienen, pudimos capturar el amor de una forma más carnal o, incluso, sexual», apuntó Berneri.

Quizá eso haya sido lo más provocador del largometraje, que lanza una propuesta clara y abierta a distintas interpretaciones. La verdadera María, Alanis si se la conoce por su nombre profesional, ha interiorizado con tan solo 25 años que su oficio es la prostitución, aceptando la situación de desesperación en la que se encuentra y aprovechando las sensaciones que éste le propone.

Para dar cuenta del cierto placer que le provoca su trabajo, Alanis se ve reflejada en varias ocasiones sobre un espejo, un instrumento con el que forma parte de «un juego de identidad», según la realizadora, que pone el foco de atención, de manera literal, sobre su protagonista.

«Trabajamos sin miedo a cortar cabezas en los planos porque queríamos demostrar que no solo se pueden comunicar emociones con los gestos del rostro», puntualiza, en referencia a la cuidada calidad fotográfica del filme.

«Quisimos plantear una propuesta desde una altura determinada de la cámara, esto es, desde el pecho, para ampliar los puntos de vista del lenguaje corporal», nos cuenta durante la conversación.

Ante la ausencia de rostros, prudencia en la mirada y en la profundidad de su historia. «Tenemos más naturalizada la violencia que la sexualidad, especialmente en Argentina, donde se han hecho leyes de vanguardia», aclara la realizadora porteña, quien se apena porque «en 12 años en los que hemos tenido a una presidenta mujer ni siquiera pudimos legalizar el aborto o controlar la prostitución».

Berneri habla de los posibles hitos no conseguidos por Cristina Fernández de Kirchner, como si se tratara de derrotas propias, como mujer y cineasta. Al menos, ella sí ha conseguido dos victorias casi sin precedentes, por casi protagonizar los premios de este año.

Con Alanis ha ganado la Concha de Plata a la Mejor Dirección, convirtiéndose así en la segunda mujer en sesenta y cinco años en hacerlo (la primera fue Xu Jinglei en 2004). Con la misma película ha sido galardonada su protagonista, Sofía Gala, que dedicó su premio «a las mujeres fuertes, porque unidas lo podemos todo». Dos grandes premios, como sus dos grandes personajes.

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