Los libros y la noche: censura franquista y tráfico de libros en Madrid

Lienzo que representa la Librería Fuentetaja de la calle San Bernardo, 48, en Madrid (alrededor de 1959).

La represión cultural es una telaraña que muchos de nosotros —especialmente quienes hemos nacido años después de instaurarse la democracia— nos hemos acostumbrado a ignorar cuando pensamos en la larga posguerra franquista, olvidando que sin ella no se habría sostenido el relato dictatorial. Para justificar los fusilamientos, los trabajos forzados y las desapariciones, para mantener a cada cual metido en sus propios asuntos, nada fue tan eficaz como la censura; y ningún sistema de censura fue tan especialmente eficaz y, por ello, vergonzoso y triste, como el de la censura editorial.

En resumen, los censores hicieron los deberes: en España aún hay muchos libros inéditos cogiendo polvo en los Archivos Generales de Alcalá de Henares, y entre nosotros siguen circulando las obras mutiladas de escritores de la talla de Max Aub, Ignacio Aldecoa, Ramón J. Sender o Juan Benet. En los informes, llevados a cabo en ciertos casos por críticos literarios y escritores reconocidos, en otros por curas y militares, se repiten sin cuidado los adverbios cardinales de la brújula censora: ideológica, política, moralmente. Lo que se juzgaba en las novelas no era la moralidad de un personaje, sino la integridad del propio autor, la capacidad del autor para pensar y expresar ciertas ideas, por el riesgo de que los «pseudopensadores descontentizadores [sic.]» sembraran la semilla ponzoñosa en las mentes de la inocente «masa de lectores», según la metáfora común del gremio, cuyos miembros en general se consideraban guardianes, perros pastores. Así, abundan las valoraciones entre condescendientes y violentas sobre el origen barriobajero del que escribe, «el subnormalismo del autor», que puede ser «rojillo y fracasado», ateo, resentido, marica, «llanamente estúpido» (de Juan Goytisolo), «chulito y guarro» (de Juan Marsé), o «carne de psiquiátrico».



El escritor, como tantas otras veces, era ya sospechoso y culpable por el hecho de escribir. Había quien dejaba de hacerlo, quien se exiliaba, y quien acababa en la cárcel. Había quien aceptaba con pesar la humillación de ver intervenidos sus textos, y también quien lo acataba de buena gana, y hasta con agradecimiento. Al respecto, es importante considerar que en aquellos años toda literatura publicada era literatura tolerada. Lo recordó Italo Calvino: nadie da tanto valor a la palabra escrita como los dictadores. Allí donde se prohíbe la literatura, el libro adquiere un poder que nunca podría tener donde se la toma por simple pasatiempo; leer o poseer un libro se convierte entonces en un gesto político y en una cuestión de vida o muerte. También escribirlos: por eso el triunfo definitivo de la censura franquista fue la autocensura. Hicieron los deberes.

Coetzee, en Contra la censura, sugiere que todo censor «espera con ilusión el día en que los escritores se censurarán a sí mismos y él podrá retirarse». La interiorización de las normas y temas que puede tratar el artista y su resignada puesta en práctica, por miedo al castigo y a la larga sucesión de instancias burocráticas a superar, son el cuerpo del iceberg cuya punta representan las puritanas tachaduras de los informes de lectura. Isaac Montero, que en 1966 se atrevió a publicar su novela prohibida Alrededor de un día de abril con un prólogo de denuncia, afirmó «aceptar la esquizofrenia» al desdoblarse en autor y censor de sí mismo. Coetzee cita al poeta Breyten Breytenbach cuando dice que la censura «arraiga en ti como una especie de paternalismo interiorizado» y te convierte en «tu propio castrador», tras lo que alude también a la metáfora de la esquizofrenia. Uno podía llegar a convencerse, incluso, de que escribir de otra manera es indecente o antiliterario. Este mecanismo fue el que promovieron las leyes supuestamente aperturistas aprobadas por Fraga en 1966, que ya no imponían el filtro censor para que el libro fuera publicado, pero que amenazaban con los Tribunales a editor y autor, y con la destrucción de la tirada y el secuestro de la imprenta si, después de publicado, la censura lo encontraba «inautorizable».

Así que están los libros tolerados, mutilados o no, y están los libros que podrían haberse escrito pero que nunca se llegaron a escribir entre 1939 y 1977, fechas que propone Fernando Larraz en su exhaustivo estudio sobre la censura Letricidio español. Larraz hace notar al respecto que se suele hablar de editores y escritores como víctimas y héroes de la batalla contra los censores (como hemos visto, no faltan motivos), pero muy poco de los lectores, tan víctimas como ellos, que nunca pudieron leer las obras que no se escribieron, y que tuvieron en sus manos solo las que, con la misma resignación de los autores, sabían autorizables (y por tanto sospechosas de tener algún germen profranquista capaz de provocar la simpatía del censor), o precisamente con la tranquilidad de saberlo, en un gesto de autocensura lectora que es réplica y prueba de la del escritor.

Pero hay, además, un cuarto agente: las librerías. Víctimas y héroes, los libreros sufrieron también el peso de la censura, pero muchos se atrevieron a traer de contrabando los libros que se publicaban fuera, en Francia y en América, distribuyéndolos en los sótanos o entregándolos personalmente en los domicilios. Algunas librerías eran templo y barricada, lugares de sobra conocidos por los lectores, por los escritores y, hay que suponerlo, también por la policía. De ellas se hablaba mucho y dieron un servicio inestimable a los ciudadanos, aunque ahora apenas se mencionen y aunque muchas hayan desaparecido como han desaparecido de nuestras calles las cabinas o los serenos.

En los años del franquismo, la lectura, o cierta lectura, era dificultosa. Se publicaba menos. Se vigilaba. Pero quien leía, leía mucho: por ejemplo, las tiradas de los libros de ensayo a mediados de los años sesenta no bajaban de los 3.000 ejemplares, cuando hoy es difícil que superen los 1.500. Aguilar sacaba tiradas de hasta 9.000 ejemplares. Abundaban las revistas literarias o de humor independientes «dentro de lo que cabe», según el lema de Hermano Lobo; revistas que, con valentía e ironía, sobre todo en los últimos años de la dictadura, ayudaron a airear la habitación cerrada: La Codorniz, Por favor… Y eran especialmente codiciados los libros que no se encontraban en el mercado español.

Jordi Cornellá, profesor de la Universidad de Glasgow, es tal vez el investigador que más esfuerzos ha dedicado al estudio de la distribución clandestina de libros en aquellos tiempos. Según sus estudios, hasta los años cincuenta los libros llegaban en barco principalmente desde Latinoamérica, en pequeñas cantidades, escondidos entre los ejemplares declarados; a partir de entonces, lo hicieron de forma masiva: las nuevas leyes favorecieron la llegada de más pedidos y el mercado negro se amplió a nivel local y nacional, con la creación de depósitos de libros latinoamericanos en España, gracias a la coordinación de editoriales, distribuidoras y libreros a ambos lados del océano. Por aquellos años empezaron a llegar también desde Francia, impresos allí o en la URSS, en tren a través de las fronteras francesa y andorrana. Al parecer, era relativamente fácil sobornar a los aduaneros, que hacían la vista gorda con envíos puntuales de centenares de libros y, también, con los más comunes envíos postales sin remitente que llegaban a las librerías con hasta cincuenta ejemplares por paquete.

Antonio Soriano, en la Librería Española de París. Foto: Daniel Mordzinski.

Otros libros entraban de memoria, aprendidos y recitados como solo creeríamos posible en Farenheit 451, o copiados a mano en libretas y cuadernos personales. También se imprimieron algunos en España, con sellos de imprenta falsos. De París, los peregrinos se traían los libros de la editorial Ruedo Ibérico y del recentísimo Club del Libro Español que, bajo el mando de Antonio Soriano, librero de la Librería Española en el 72 de la Rue de Seine, publicara en 1958 la primera novela de Juan Goytisolo. La trastienda de la Española, según recuerda el propio Goytisolo, acogió sin distinciones a los españoles desterrados en ambas orillas del Atlántico y dentro y fuera de España. Por ella pasaron Roberto Mesa, Blas de Otero, Ana María Matute, Albert Camus, Max Aub, Picasso, Buñuel, Alberti, Guillén, Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa, Gabo… El propio Soriano participó activamente en el contrabando de libros y auspició, desde París, la presentación y la organización de tertulias clandestinas en Madrid y Barcelona.

Hablemos de las librerías. A principios de los setenta, mi padre volvía de la universidad subiendo la Avenida del Arco de la Victoria hasta Moncloa para luego doblar Chamberí adentro y, de camino, solía parar en la Librería Argentina de Andrés Mellado, cuya inscripción de piedra sigue adornando hoy la fachada sobre un escaparate de frutos secos. Se hizo allí con los poemas de Lorca, Alberti y Miguel Hernández, en aquellas ediciones perdidas de Losada y Aguilar (estas mutiladas) que hoy todavía circulan, otoñales, por los bajos fondos librescos de la Cuesta Moyano y del Rastro, y que tan importantes fueron para la educación de su generación. La Argentina y su editorial perduran compartiendo local a unos pasos de su antigua sede, especializada ya, más que nunca, en psicología práctica y autoayuda. La Cuesta Moyano sigue donde siempre, resistiendo como siempre. Importantes fueron también las librerías Aguilar, en Serrano 22, Goya 18, y el actual Paseo de la Castellana 44, durante algún tiempo suministraron en su trastienda novelas y poemarios procedentes de América y Francia (Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Pablo Neruda, César Vallejo, “Juan Pablo” Sartre, “Alberto” Camus, Kafka, Malraux…). A finales de los años noventa había ya diecisiete tiendas abiertas entre España, Lima y Buenos Aires; las tres últimas de Madrid cerraron simultáneamente en 2009.

Para conseguir libros de ensayo eran concurridas la librería Tarántula de Sagasta (en la que, según Rafael Chirbes, había un armario en el que nunca faltaban los Trópicos de Henry Miller y la Justine del Marqués de Sade, entre otros) y la Fuentetaja de San Bernardo; también llegaban de Latinoamérica, pero destacaban por su contenido político (Wilhelm ReichGramsci, De Beauvoir, publicaciones chilenas del tiempo de Allende, clásicos del marxismo…). Fuentetaja ha cerrado y reabierto, se ha trasladado y ha tenido que reinventarse en varias ocasiones en los últimos años. La legendaria Rubiños de Alcalá 98 ofrecía, entre otras, las obras completas de Freud, Marx, Engels, Lenin y Stalin, publicadas en Moscú por las editoriales Progreso y Pueblos Unidos. A cambio, Antonio Rubiños también procuró llevar libros españoles a las librerías de la URSS. Fue engullida en 2003 por El Corte Inglés. La extinta Turner, en Génova 3, actualmente la librería Pasajes, prestó igualmente este servicio aprovechando su fondo en inglés y se convirtió en editorial para satisfacer los vacíos del mercado español.

A última hora llegaron la librería Antonio Machado de Chueca y la Rafael Alberti de Argüelles, cuyos nombres eran ya una declaración de intenciones. Fundadas respectivamente en 1971 y 1975, su aparición marcaba el inicio de una nueva era para la literatura peninsular, aunque aún debieron pasar unos años para que los libros que vendían dejaran de estar oficialmente prohibidos, y aunque antes de que empezara la década de los 80 tuvieran que soportar (como Fuentetaja y Tarántula) los atentados al grito de “Viva Franco” y “Viva Cristo Rey”. Lo mismo podría decirse de la librería Rumores de Chamartín, nacida con la democracia, cerrada definitivamente en otoño de 2012.

Puntos de venta similares abundaron en Barcelona (Áncora y Delfín, la Francesa, Bosch…), y en sus trabajos Jordi Cornellá ha confirmado y enumerado exhaustivamente locales de tráfico en Palma de Mallorca, Valencia, Castellón, Girona, La Coruña (cómo no recordar a Manuel Rivas y sus libreros), Orense, Vigo, Oviedo, Gijón, Santander, Zarautz, San Sebastián, Pamplona, Zaragoza, Albacete, Córdoba, Granada, Sevilla y Santa Cruz de Tenerife. Además, sabemos que eran comunes las entregas a domicilio. El librero llegaba a la casa del lector y allí —imagino el cigarro apagado en los posos del café, la bombilla amarilla sobre la mesa— abría el maletín y ofrecía su material, como un verdadero señor de la guerra que se estaba librando, silenciosamente, en la conciencia de los españoles.

Actual Librería Fuentejaja, en San Bernardo 35, Madrid.

A veces, pienso con cierta tristeza en aquel tiempo mítico en el que las librerías eran templo y barricada de la lucha por el mañana. Entonces, en España había menos lectores y se podía leer menos, pero quien lo hacía sabía que cada vez que abría un libro prohibido estaba ejerciendo su libertad y revolviéndose contra la «puta dictadura» (citando a mi padre), contra todas las putas dictaduras del mundo. Aquello pasó en un tiempo y en una ciudad que se han acabado; un tiempo y una ciudad que yo, para ser honestos, no he conocido. En diez años no quedará nadie que pueda hablarnos de estas heroicidades cotidianas, y qué triste es también pensarlo.

Suele decirse que ahora creamos las nostalgias del futuro. Tal vez alguien, un día lejano, piense también con nostalgia en estos días en los que no parece ser necesario un generalísimo para que las librerías cierren y los hombres y mujeres de Madrid olvidemos lo valiosas que fueron y son todavía, que hay algo valioso en la literatura y en la labor de todos los que lucharon por ella durante nuestra larga posguerra; que nadie se juega la vida y la libertad por nada, que «nadie permanece en una casa en llamas por nada». Esos libros eran una forma de resistencia: contenían un pensamiento y unos valores políticos, éticos y estéticos diferentes, opuestos a los promovidos por la dictadura. Ahora los dejamos encima de la mesa, pero entonces se escondían en maleteros, sótanos, desvanes, trastiendas, armarios y anaqueles de doble fondo. Debemos recordarlo y debemos recordar también que no faltará nunca quien quiera prohibirlos: ya sabemos que, como a Borges, Dios nos dio a la vez, con magnífica ironía, los libros y la noche.

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