La odisea artística y personal de Rob Halford

Rol Halford, solidarizándose con los jóvenes LGBT sin hogar.

La carrera de Rob Halford fuera de Judas Priest siempre ha estado muy estereotipada. El tópico más recurrente es: “Estuvo perdido hasta que en el 2000 sacó el Resurrection, que era heavy de verdad y después volvió a los Judas”. Lo que hizo durante 1992 y 1998 suele menospreciarse sin miramientos. A nivel comercial, es indudable que este tópico se cumple, pero a nivel artístico fue algo 100% distinto. 

Pongámonos en antecedentes: corría 1990 y Judas Priest lanzaba Painkiller, su disco más agresivo hasta la fecha, dejando el heavy traidicional y abrazando el speed metal por completo. Un endurecimiento que venía desde antes, desde el Ram it Down de 1988, que a su vez fue una reivindicación ante los fans defraudados por el incomprendido Turbo. Ya saben, aquella obra hereje por basar buena parte de su sonido en sintetizadores, tan de moda en la década de 1980. Disco que, como podrán imaginar, fue vilipendiado a más no poder para que sólo el tiempo lo pusiese en el pedestal que se merecía. 

Precisamente durante la gira de Turbo, en 1986, Rob tocó fondo. Los años de abuso de drogas y alcohol, la presión por ser homosexual en secreto en un mundo tan cerrado como en el del heavy metal y el suicidio de uno de sus amantes delante de él (se pegó un tiro en la cara delante de sus narices, literalmente) provocaron que intentase suicidarse con tranquilizantes, de ahí el título del disco de 1990 y la letra de la canción homónima, que podríamos interpretar como una epopeya sobre su proceso de rehabilitación: su caída, salvación y resurgir.

Uno de las piezas que propiciaron el endurecimiento del sonido clásico de los Judas de una manera mucho más notable fue su nuevo batería Scott Travis, procedente de Racer X. Un supergrupo donde militaban Paul Gilbert y John Alderete, para que se hagan una idea del nivel técnico de la banda…

No soy un gran entendido de la batería (porque no soy ni batería, ni músico profesional), pero a la vista salta que el salto cualitativo en la batería fue asombroso. 



Pero un par de meses antes del lanzamiento de Painkiller, saldría otra obra que marcaría el devenir de Halford y por ende, de Judas Priest. En julio de ese mismo año Pantera mostraron al mundo su seminal Cowboys from Hell. Un disco sin el cual no se podría entender la mayor parte del metal moderno. Hay álbumes, como el Slaughter of the soul de At The Gates que reciben el clásico tratamiento hipócrita del mundo artístico. Basura hoy, pero obra maestra consensuada mañana. Lo meritorio es que Cowboys from hell, por norma general, fue recibido de manera positiva (salvo ciertos reductos puristas, pero como todo en esta vida), desde fans hasta músicos del gremio. Gustasen más o menos nadie podía dudar del cambio que había generado Pantera, ni de su calidad como músicos. 

Uno de los primeros fans famosos de Pantera fue Kerry King, guitarrista de Slayer, que ya por 1989, mucho antes del boom de los texanos, ya subía al escenario a tocar con ellos. Otro de sus seguidores fue, lógicamente, Rob Halford. El británico no sólo hizo lo mismo que King, su impresión fue tal que decidió llevárselos de teloneros durante la gira de 1991 junto con Annihilator, que presentaban un thrash más tradicional (aunque tremendamente personalista), pero sus dos obras hasta el momento, Alice in Hell y Never, Neverland también habían impresionado al rubio cantante y quién sabe hasta qué punto influenciado la creación del Painkiller

Para entonces, a Rob el cuerpo le pedía hacer algo similar a lo que hacían sus teloneros o Prong, Skid Row… algo que no encajaba con unos Judas Priest que ya de por sí habían endurecido su sonido. 

Así, el primer material de Halford en solitario fue con Pantera como grupo de apoyo instrumental para el tema Lights come out of the black para la banda sonora de la película Buffy the Vampire Slayer (que a la postre sería el germen para la serie que todos conocemos). 

Finalmente en mayo de 1992 Halford dejaría el grupo y de no muy buenas maneras, con declaraciones cruzadas entre los dos bandos. Sobre su salida se ha especulado mucho, “culpando” principalmente a los nuevos gustos de Rob como motivo principal, aunque quien escribe estas líneas cree que eso es tan sólo la punta del iceberg. ¿Por qué? Muchos años de convivencia y sin descanso alguno, con un ritmo infernal de disco/gira/disco/gira durante década y media, desgastan a cualquiera. Si no, no se entiende el agrio ambiente durante los últimos meses de gira del grupo. Que Halford anunciase en julio del 91 sus deseos de salir sólo empeoró las cosas, como el matrimonio obligado a seguir conviviendo tan sólo por motivos contractuales. 

De aquella solitaria canción realizada con Pantera nacería Fight, una banda con músicos desconocidos pero muy solventes técnicamente, entre los cuales se encontraba Russ Parrish. Alguien que no sonará de nada, a no ser que lo llamemos por su apodo: Satchel. En efecto, el ahora reconocido guitarrista de Steel Panther tuvo su primer momento de exposición masiva aquí. Otro de los músicos que formaban parte de Fight era Scott Travis. Sí, el mismo batería que debutó en Painkiller. No fue visto como una traición por dos motivos: los propios Priest estaban en modo hibernación, pensando en qué iban a hacer sin su icónico cantante, y hablamos de un miembro que era nuevo por entonces, no tenía tradición, no era del núcleo duro de los Priest. Vamos, que poco importaba lo que hiciese el batería. 

Fight esencialmente era un grupo con un sonido del momento, del estilo de Pantera, Prong, Machine Head… groove metal puro y duro. El material de Fight quizás no fuese una obra maestra a la altura de Pantera, pero sus dos trabajos: War of words y A Small Deadly Silence eran trabajos muy dignos y de alto nivel, en los que la voz de Halford no desentonaba en absoluto con la dureza del sonido. Aunque eso no quitase que hubiese momentos más melancólicos a lo Judas, como Immortal Sin o For All Eternity. Metal agresivo bajo el filtro de Halford. Sin más. 

Podría decirse que Fight aún conservaba puentes entre lo tradicional y lo (entonces) moderno, lo que se manifestaba en los directos del grupo, pues no era inusual que Fight tocasen algunos temas de Priest, así como de Black Sabbath durante sus repertorios. De la misma manera tampoco temía salir de invitado con cualquier grupo que lo invitase a cantar canciones de su antigua banda, como hizo Metallica para finalizar su gira de 1994 en Miami. 

No obstante, a pesar del gancho comercial y musical que suponía Fight, tres años después de su concepción Halford decidió ponerle fin. Lo extraño fue que durante esos cuatro años no pararon quietos entre los dos opus y sus respectivas giras. La causa más probable fue simplemente que necesitaba un descanso en todos los sentidos. Rob siempre fue un músico hiperactivo, algo que si lo sumamos al excesivo (y obvio) foco mediático que le rodeó en los últimos años, le agotaría el doble. No obstante y mirado con perspectiva, lo que hizo Halford es algo muy meritorio. Salió del confort de una banda de arenas para entrar en un proyecto completamente nuevo, teniendo que gestionar muchas cosas, inclusive a un grupo de prometedores aunque jóvenes músicos, yendo de sala en sala, sin que tu reputación te ayude demasiado a vender entradas, porque haces algo muy distinto a lo que a tus fans de toda la vida les gusta. Muchos de los cuales te llamarán traidor y no volverán al redil, perdonándote tus pecados hasta que hagas algo similar a lo que te hizo famoso. Posiblemente el único caso similar fue el de Bruce Dickinson, aunque la música que exploró en solitario fue completamente distinta al caso que nos compete. 

Pero lo que sucedería en 1998 pillaría a todo el mundo por sorpresa. El descanso de Halford tan sólo duró un año, pues en 1996 empezaría, junto con John 5, que más tarde se convertiría en guitarrista de Marilyn Manson, a componer material para su nueva banda: 2wo, pero aquí se metería en otro género boyante en los 90 y casi tan despreciado como el nu metal: el metal industrial.

Rol Halford. Foto: Rol Halford Facebook Oficial.

El metal industrial sigue siendo a día de hoy muy mal visto por las hordas más conservadoras del mundillo del heavy metal (relativamente pocos grupos de metal industrial son admitidos en la Enciclopaedia Metallum, para que nos hagamos una idea). No es difícil buscar en la Wikipedia que Nine Inch Nails, Rammstein, Ministry, Fear Factory y similares pegaron un pelotazo a mediados de esa década y que muchos de los trabajos seminales del género nacieron aquí. 

La música industrial lógicamente venía de mucho antes, pero era un extraño, era electrónica, el mestizaje era un crimen, no se trataba de coger una fórmula anterior, pillar influencias exteriores similares y embrutecerla, como hicieron el death y el black metal. Hablamos de juntar el heavy metal con algo completamente ajeno. Como fue lógico, esto levantó las mismas ampollas que la fusión del rap y el metal. Y como en todo, había grupos de mierda, cosas pasables y otras de gran calidad. 

La mezcla de metal con electrónica se expandió de mil maneras posible, como era de esperar. Y al igual que el rap metal (se que no es lo mismo que el nu metal, pero me van a permitir agrupar por abreviar) también tuvo su banda sonora llena de herejías, su Judgement Night. Donde Metallica fue remezclado por DJ Spooky, Filter aunó fuerzas con The Crystal Method, o Slayer colaboró con el grupo que habría podido ser si a los angelinos les hubiese tirado más la electrónica que los Iron Maiden: Atari Teenage Riot. El germen de todas estas profanaciones fue la BSO de Spawn, de 1997, de cuando leer comics y jugar a videojuegos implicaba drogarte y matar a tu familia con una katana. 

A Halford también le gustaban todas estas cosas que tanta bilis hacía esputar a su tradicional base de fans. Pero no era tonto y no se pasó 20 años currando como un mulo en los Priest como para no aprovechar su influencia, así que contactó con el mismo Trent Reznor para que le produjese el nuevo disco de su grupo. Si vas a hacer algo, que sea con el mejor, debió pensar. 

El shock de 2wo no se limitó a la música, también a la estética. Hablaba antes que el metal industrial no era muy bien visto por las facciones más conservadoras. Sucedía que el industrial solía asociarse con el mundo gótico, una asociación que no es falsa, aunque no quiere decir que todo lo industrial sea gótico, ni mucho menos. Pero bandas como Marilyn Manson o Deathstars han tenido la “culpa” de esta asociación. No es raro tampoco que en discotecas del mundo gótico suelan escucharse temas de Rammstein o Ministry. Pero toda esa imagen (maquillaje facial, botas negras, ropa de rejilla…) chocaba con la clásica chupa de cuero y vaqueros. En otras palabras, el metal industrial era para maricones góticos cocainómanos. 

Si Halford para Fight adoptó una vestimenta más acorde para la naturaleza del proyecto, con ropa extra ancha, gorra y deportivas, en 2wo llevaba abrigo de piel, sombra de ojos y uñas pintadas de negro. La estética de machote quedaba atrás en favor de una inspirada en el mundo BDSM. 

Pero el mayor impacto de todos sucedió el seis de febrero de 1998, cuando en una entrevista declaró lo siguiente: “Creo que la mayoría de gente sabe que he sido gay durante toda mi vida, y es un asunto que en los últimos años he podido abordar con comodidad”, para más tarde hablar sobre la enorme homofobia que existe en el heavy metal, motivo por el cual no salió del armario durante sus años de esplendor en Judas Priest. Quizás su periodo de ausencia de los focos mediáticos entre el final de Fight y el inicio de 2wo tuvo como una de sus razones el reflexionar sobre cómo dar ese importante paso, sin la presión enorme que supone estar en un grupo de éxito o en el grupo que ha sustituido en ese grupo de éxito. Quizás por eso la enorme naturalidad con la que lo soltó, pues sin tanta presión se sentía cómodo para hacerlo, finalmente. 

Hay un punto bastante interesante en sus declaraciones. Y es cuando apunta que muchísima gente sabía de sus preferencias sexuales sin que él lo dijese abiertamente. Como se dice popularmente, era un secreto a voces en el mundillo metálico, tal y como lo fue Mercury en su día, aunque este poseía una posición mediática muchísimo más grande aún. 

Pero esto no quitaba que otras tantas personas no supiesen de esto, y que algunas de ellas, como suele suceder, les causase una enorme incomodidad. Su ídolo de toda la vida era gay, no era un macho alfa que seducía a las mujeres de cuatro en cuatro. No faltaron pues los comentarios típicos “hubiese preferido que se quedase en el armario” o que dijeron que daba asco porque lo hacía para darle publicidad al disco de su nuevo grupo, que estaba a punto de salir. Y a pesar de que hubo muchísimas voces a favor, Voyeurs de 2wo quedó con el estigma de ser “el disco maricón de Halford”. Además, cuando salió el videoclip de I am a pig, con un contenido sexual elevado (que no explícito) y dirigido por el director de cine porno gay Chi Chi LaRue, muchos tuvieron el argumento perfecto para quemar el disco en la hoguera. 

Pero sucedía algo bastante curioso con respecto a estos tópicos. Si obviamos el videoclip y leemos las letras de todo el disco, realmente hay que estrujarse mucho la cabeza para encontrar dobles sentidos sexuales, y todos son bastante discutibles. El propio Halford afirmaba que en Voyeurs no trataba el tema de la sexualidad, cosa que no sucedía con las viejas canciones de Priest, algo que Halford animaba a indagar, con sonrisa pícara, porque tal vez más de uno “se sorprendería”. Turbo Lover, Jawbreaker, Eat me alive, Let us prey/Call for the priest, o Raw deal son algunos ejemplos de temas que no son tan inocentes como parecen. El mismo fan que renegaba de 2wo por el “aura” y el sonido que emanaba el grupo, tal vez nunca pilló aquello de “No me oirás, pero me sentirás” o “Envuelto a mi alrededor, como una segunda y caliente piel”. Sin embargo, otros seguidores, más perspicaces, sí que sabían de qué iba todo esto. De ahí que a ellos la noticia de su ídolo no les pillase en fuera de juego. Y es que, en el opresivo mundo en el que se encontraba, aquellas letras eran uno de los pocos métodos de escape que tenía. 

Quizás por todos estos prejuicios, quizás por la mala distribución del álbum, que salió por el sello de Reznor, Nothing Records, una subsidiaria de Interscope, que no vio muy claro el experimento del Metal God, el disco no vendió lo suficiente. La mayor parte de la gira planeada se canceló y Halford dos años más tarde volvería al redil con Resurrection

Con respecto a Voyeurs, no fue un mal disco, ni mucho menos. Bastante por encima de la media de mucho metal industrial que salió por la época. Aunque a veces resulte un poco pesado y repetitivo, puede que con más rodaje 2wo hubiesen tenido discos mucho mejores. Pero a nivel estrictamente musical lo más interesante es que no hay vínculo alguno con Judas Priest, ni en el apartado instrumental ni vocal. Si Fight tendía puentes en algunos momentos, 2wo los quemaba todos hasta reducirlos a cenizas. E incluso tan lejos de casa Halford salía muy bien parado. ¿Es una obra maestra? No, pero tampoco el desastre apocalíptico que muchos pintan. Como músico debió ser un gran motivo de orgullo indagar aún más fuera de tu zona de confort. No obstante, siempre se ha mostrado satisfecho de su colaboración con Trent Reznor. 

Pero Voyeurs sigue siendo un álbum bastante incomprendido, pues ni era el disco para salir del armario, ni Halford estuvo perdido, tan es una obra que simboliza el deseo de un músico por experimentar con otros sonidos distintos. Lo más importante de este periodo es que a muchos de sus seguidores más cerrados les obligó a abrir los ojos, quisiesen ellos o no, y a aprender a tolerar y respetar otras opciones vitales. Cuando Resurrection salió en el año 2000, a muchos se les olvidó todo esto, su ídolo había vuelto a hacer lo que mejor sabía. ¿Qué importaba lo que hiciese en su dormitorio, si después te reventaba los oídos con Locked and Loaded o Made in hell? Les daba lo que quería y en condiciones.

Y para los que siempre respetaron a Halford, Resurrection también suponía una vuelta a lo conocido muy satisfactoria. Porque por mucho que alabemos a Fight o a 2wo, la especialidad de nuestro protagonista siempre será el heavy metal, sin más. 

De nuevo volvió a hacer lo que le pidió el cuerpo, aunque si de paso se embolsaba una buena cantidad de dinero, mejor que mejor. La gira de Resurrection fue enorme, con un regreso a las arenas y un buen puñado de clásicos de los Priest en todos los setlist que ayudaba a llenar un vacío que los propios Priest habían dejado con su giro hacia terrenos más agresivos con Jugulator (otro disco incomprendido) y Demolition (aquí ya sí que pincharon), con el que contaron con posiblemente el mejor clon de Halford que existe: Ripper Owens

La reunión de 2003 con Priest era algo más previsible aún que su condición sexual. Podemos ponernos cínicos y afirmar que dicha reunión se debió a motivos puramente económicos y no nos faltaría razón, pero al final del día lo que importa es que el grupo volvió bajo un envidiable estado de salud y lo que es mejor, Halford no tenía que esconderse de nada y nadie, finalmente era aceptado ante las hordas, sus viejos demonios habían muerto. 

A pesar del valiente paso de Halford, el mundo del heavy metal dista aún de ser un paraíso de tolerancia. Sigue habiendo bochornosos de ejemplos de homofobia. Pero probablemente sin una voz de autoridad como el cantante de Judas Priest, el panorama sería aún más oscuro.

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