La mirada del Che

Ernesto Che Guevara, fotografiado el 5 de marzo de 1960, por Alberto Korda, en La Habana.

Todo el mundo ha visto esa mirada. Alta, al infinito, cargada de una turbulenta intensidad. Es la mirada más famosa de nuestra época. La imagen más reproducida. Ernesto Guevara a los 31 años de edad, ya convertido en el Che, con su boina y su melena, con su misterio de “hombre nuevo”, ya leyenda. Pero, ¿qué estaba mirando el Che Guevara? Detrás de la fotografía más famosa de la Historia está, paradójicamente, lo que había delante de ella. Aquello que su protagonista estaba viendo, el contraplano oculto, la causa de aquella mirada arrebatada. ¿Qué era?

El día 4 de marzo de 1960, poco después de las tres de la tarde, una tremenda explosión se produce en el puerto de La Habana. Un carguero francés que acababa de atracar y estaba siendo descargado salta por los aires. Hay decenas de muertos y centenares de heridos. Pero la masacre adquiere tintes dantescos media hora después, cuando una multitud de voluntarios y de miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias se encuentran asistiendo a las víctimas. Entonces se produce una nueva explosión, que elevará la cifra de fallecidos por encima del centenar de personas. La masacre es de unas proporciones nunca vistas hasta la fecha por la nueva Cuba revolucionaria. El barco, llamado La Coubre, transportaba una carga de armamento y municiones que el gobierno había comprado en Bélgica. Las investigaciones, hasta el punto donde pudieron llegar —porque más de cincuenta años después los archivos de la CIA sobre el caso La Coubre siguen sin desclasificar—, indican que la explosión fue un atentado terrorista amparado por la agencia de información estadounidense. El sabotaje del abastecimiento militar de Cuba era uno de los objetivos estratégicos del gobierno de Eisenhower, que tenía ya en mente el intento de invasión de la isla, un intento que terminaría por llevarse a cabo —y por fracasar— un año después, en Bahía de Cochinos.

Cuando se produjo la primera explosión en el La Coubre, el Che se encontraba en una reunión en el Instituto Nacional de Reforma Agraria, el mismo edificio en el que también se encontraba Fidel, que estaba con Jorge Enrique Mendoza, jefe del INRA en Camagüey. Inmediatamente, todos salieron hacia la zona del atentado. Cuando estaban llegando al puerto se produjo la segunda explosión. Raúl Castro ordenó la inmediata evacuación de Fidel, que se resistió entre improperios y empujones. Mendoza y otros trataron de poner a salvo al Che, que iba unos cien metros por delante de ellos. El historiador y periodista Jon Lee Anderson, en su biografía del Che, recoge el recuerdo de Mendoza al intentar abordar al argentino-cubano: «Me acerqué rápidamente hacia él. Alguien, no recuerdo quién, trataba de impedirle abordar el buque, y le oí decir: “¡No jodan conmigo, carajo! Ya hubo dos explosiones; todo lo que iba a explotar ya explotó. ¡Déjenme subir al barco!” Y ahí fue». El Che pasaría las siguientes horas, hasta la noche, prestando atención médica a los heridos. 

Al día siguiente del atentado tuvo lugar un multitudinario funeral por las víctimas. Una enorme manifestación a cuyo término Fidel le habló al pueblo de Cuba, acompañado en el escenario por gran parte de la plana mayor de la Revolución y por figuras intelectuales de relevancia internacional, como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. A poca distancia del púlpito de intervenciones se encontraba un joven fotógrafo cubano, de solo 32 años, que se había pasado de los reportajes para revistas de moda al testimonio de la Revolución, desde la Sierra hasta su llegada triunfal en La Habana. Su nombre era Alberto Díaz Gutiérrez, pero firmaba sus instantáneas como Alberto Korda, o simplemente Korda —un sobrenombre aún más artístico y no por casualidad de evidentes ecos fotográficos—. Ese día, aquel joven talento haría la foto más famosa de la Historia.

Rollos fotográficos de Alberto Korda, del 5 de marzo de 1960, con las dos capturas del Che. La primera de ellas, valdría el recorte que titularía El Guerrillero Heroico.

Korda había registrado a Fidel, a Sarte y Beauvoir, a las grandes figuras que estaban en el estrado. Pero entre todas aquellas personalidades le faltaba el Che, que no se había dejado ver por allí arriba. Eran las once y veinte de aquella mañana tristísima de marzo en La Habana cuando el joven fotógrafo, siempre en primera fila, dio al fin con el también joven revolucionario. El Che apareció fugazmente por detrás del escenario. Korda se encontraba a unos ocho metros de él. Le vio asomarse y echar una mirada a la multitud, infinita y doliente. Esa mirada. Armó rápido su Leica de 35mm y apretó el botón de obturación, primero con un encuadre horizontal, luego una vez más en vertical. Después el Che desapareció. Pero allí lo tenía, para siempre. Aún no sabía que aquella imagen que había inmortalizado se convertiría en el mayor icono del siglo.

La mirada del Che era hacia los trabajadores de un pueblo que era el suyo, aunque no hubiera nacido allí. Una mirada hacia el ayer, literalmente, hacia los muertos y los heridos del atentado terrorista. Una mirada de rabia y de conjura contra esa rabia. Una mirada que expresaba el dolor de un pueblo, pero también la determinación de luchar por su libertad costase lo que costase. El Che había subido al escenario aquel 5 de marzo de 1960 apenas unos segundos, furtivamente, a comprobar que no estaba solo, cómo de fuerte era la compañía de aquel funeral público. Y era imponente. Una vista imposible de olvidar, de las que se quedan grabadas en la retina, en la conciencia. Qué estaría pensando en ese preciso momento es imposible saberlo. Pero puede intuirse que el sentimiento fue de determinación furibunda, de llevar la lucha emprendida hasta la victoria.

Cinco años después, exactamente el 15 de marzo de 1965, el Che aterrizaba en Cuba después de un largo periplo diplomático de varios meses por todo el mundo. Sería la última vez que los cubanos le vieran con la naturalidad de reconocer a uno de sus dirigentes. Dos semanas después, el 1 de abril, partía de la isla bajo la secreta identidad de Ramón Benítez, hombre de negocios sin barba, calvo y con gafas. Dejó tres cartas, a sus hijos, a sus padres y otra para Fidel, en la que se despedía con un «Hasta la victoria siempre». Tal vez una despedida que comenzó a enunciar, silenciosamente, cinco años atrás, el día del funeral por los muertos del La Coubre, con una mirada hacia el ayer que iba hacia el futuro. 



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