La habitación de al lado

Fotografía de Guy le Querrec / Magnum Photos.

El deseo viscoso recorría la casa como una gran lengua. La noche era el momento ideal para deslizarse por el pasillo cual pantera y hacerle suyo.

Todos dormían. Ella abrió lentamente la puerta de la habitación al final del pasillo, esperando encontrarle expectante. Y así estaba él. Nervioso, anhelante, tapado sólo con la sábana, esperando su dosis de tormento antes de dormir.

Ella apartó lentamente la sábana. Le dedicó una sonrisa, se mordió los labios y agarró suavemente su pene bajo el pijama de rayas.

Él se abandonó.

Se besaron en silencio, sin articular palabra, mirándose directamente a los ojos, iluminados por la luna triste. Eran exploradores en el cuerpo del otro.

Ella le llevó hasta que él se retorció y ahogó los gemidos para que no le escucharan en la habitación de al lado.

Luego ella abrió las piernas, desafiante, deseosa, y él deslizó sus dedos dentro. Observó cómo se contraía, azuzada por el peligro.

     —Te quiero dentro de mí —suplicó ella.

Pero había algo en él que le impedía cruzar el último límite de todos los imaginables. Respondió aumentando el ritmo de sus dedos, cubriendo con su boca la suavidad de sus labios.

Se acurrucaron en la pequeña cama de cuando él era un niño y soñaba con ser astrofísico. Breve historia del tiempo les miraba desde el escritorio. De su época adolescente seguía conservando su flequillo rubio y su mirada ingenua ante el mundo.

La miraba de soslayo mientras ella ensoñaba en el techo, con su expresión relajada, un poco burlona, y sus rizos rubios desparramándose despreocupados por la almohada. ¿En qué pensaría?, se preguntaba él.

Siempre había sido una aventurera. Después de irse de casa a los 18 años con una amiga con la que compartía piso y cama, habían sido varios los novios con los que había asustado a la familia. Cuando asomaba la cabeza por la puerta, con su cuerpo rotundo, su alegría contagiosa y ese aura de tocada por la invencibilidad, siempre venía acompañada: aquel tatuado intelectual que había sacado de Malasaña; aquel otro al que había encontrado en el baño de una discoteca y que resultó ser el invitado inesperado de su fantasía de tres; el ejecutivo al que conoció como camarera en un catering y que la introdujo en el mundo de la industria farmacéutica…

     —Mañana te vas de viaje, ¿no? —rompió él el silencio de la noche con voz entrecortada, en la que se adivinaba reproche y principio de drama.
     —Sí, vamos al congreso sobre ese nuevo medicamente para la migraña. Un rollo… —respondió entre distraída y adormilada.
     —Y vas con Diego…
     —Sí, pero ya sabes que es un amigo…
     —Un amigo con el que te acuestas…

Un pesado silencio se apoderó de la habitación.

     —Quiero estar contigo, te quiero… —se atrevió a sollozar él, como tantas otras noches.
     —Yo también te quiero. No seas tonto. No nos vamos a separar nunca. Eres mi hermano pequeño, no te olvides —le dijo con aire condescendiente, pasándole la mano por el pelo, al igual que de niños ella le consolaba cuando se caía de la bici.

Sin embargo, a él no le llegaba con esa clase de amor. La experimentación, los viajes a la frontera, que ella había convertido en su forma de vida, le consumían en el infierno de la casa familiar. Hacía dos años que ella había vuelto al hogar, acuciada por las deudas y algo de un novio al que le puso una orden de alejamiento. En aquel momento ella comenzó las incursiones nocturnas al territorio de él, primero para hablar “lejos de papá y mamá” y luego para extraer su dosis de placer y atención.

     —Tranquilo —le dijo ella la primera vez que apoyó la mano en su corazón— sólo quiero acariciarte.

Y él, con 25 años y el recuerdo lacerante de aquella chica del instituto que se fue con su mejor amigo, se dejaba acariciar el corazón, sintiendo una mezcla de dolor y deseo.

Desde entonces, una noche más, allí estaban de nuevo. Él, deseando amar. Ella, navegando, sin más. Sin duda, había conocido patrones de barco más experimentados, pero el de su hermano tenía algo de reconfortante.

Al día siguiente, en el desayuno con los padres, se respiraba el olor del deseo amordazado que quema por dentro.

El padre veía en la tele las noticias del mundo, por no ver las de la mesa de su propia cocina.

La madre servía un poco más de zumo a sus hijos. La noche anterior, en el pesado sueño del Trankimazín, había creído escuchar algo en la habitación de al lado, pero no podía ser real. ♦︎

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