Halloween: el Samaín y la visión de la muerte

Halloween, cerca de 1950. Foto: autor anónimo.

A estas alturas de este otoño, muchos estarán ya sacando brillo a las medias rotas y al maquillaje dracúleo para Halloween, esta fiesta en la que “you can dress like a complete slut and no one say anything about it” (confróntese Mean Girls). 

En el origen debemos referirnos a la arraigada tradición del Samaín (ritual de origen celta muy similar al Día de los Muertos mexicano). Por un lado, debido a la inmigración de irlandeses que penetraron en Estados Unidos, la fiesta de Samaín se asentó en la tierra norteamericana y dio lugar a la versión moderna más conocida como Halloween. 

Por otro lado, gracias a la cristianización de todas las fiestas paganas, el 1 de noviembre se modificó y en el año 601 acabó tildándose como el Día de Todos los Santos, de la mano del Papa Gregorio I. No hace demasiado y mucho antes de la estampida internacional de Halloween, en algunas zonas como en Galicia se abrazaba la tradición cristiana con la pagana y la gente se acercaba al cementerio llevando una calabaza con una vela dentro, que depositaban sobre la lápida. 

Actualmente, y si uno se aleja de los disfraces y de los “gatos” vestidos de cuero que pululan esa negra noche, todavía se observan familiares que se acercan el 1 de noviembre a depositar flores sobre las tumbas de sus seres queridos.



En México se celebra el Día de los Muertos con el colorido y la tradición que ahora ha llegado, paulatinamente, a los escaparates europeos de mano de las catrinas. En el siglo XVI, cuando los españoles arribaron México, se alarmaron al contemplar a los indígenas en pleno ritual en el que, aparentemente, se burlaban de la muerte alzando las calaveras como trofeos. Esta celebración es tanto social como gastronómica: se prepara, por ejemplo, un tipo de pan dulce con forma de huesos cruzados sobre una calavera (pan de muertos), así como se consumen caramelos con forma de esqueleto. 

Eso, para los vivos. 

Los muertos son obsequiados no solamente con las tradicionales flores, sino también con cigarrillos y dulces, o bien bebidas que disfrutaron en vida. 

En Europa ha llegado una mínima porción de esta tradicional fiesta en forma de las espectaculares catrinas (calaveras bellamente decoradas). La primera aparición de una catrina fue en 1913 en un grabado de diario donde se leía: “Las que hoy son empolvadas garbanceras, pararán en deformes calaveras”. La cita recuerda al tópico memento mori o a la vanitas vanitatis barroca que representaba la fugacidad de la vida y la futilidad de las joyas, méritos académicos y demás trivialidades terrenales. 

Sin salir de México, en el pueblo de Pomuch, el 2 de noviembre se dedica a la limpieza de los huesos de los muertos. Se exhuman los cadáveres, se celebra una misa y se saca brillo a las costillas, fémures y demás restos mortales de los familiares. Para ellos, este gesto implica que los vivos no se han olvidado de sus muertos y, de este modo, al difunto no le cabe duda alguna de que le quieren. 

En Bolivia se celebran en noviembre las ñatitas, una festividad en la que se extraen las calaveras de los sepulcros y se veneran como guardianas de los vivos. Las calaveras se bautizan, se adornan, se decoran y se les ofrece hojas de coca y cigarrillos. 

Mucho más espectacular quizá, para ojos de un foráneo, es la fiesta de la famadihana que celebra el retorno de los muertos en el pueblo malgache de Madagascar. El ritual consiste en exhumar el cadáver de un antepasado, envolverlo con un nuevo sudario y bailar con él al son de la música. O, incluso, celebrar una comida con el invitado especial muerto delante. Al muerto se le viste y acicala y regresa, brevemente, a la tierra de los vivos. Hoy en día puede que resulte, a la mayoría de lectores, muy difícil desvincular estas prácticas de lo rayano en la perversidad y lo macabro.  

Todas estas tradiciones se distancian mucho de la concepción cristiana de la muerte. Los cementerios se alejan cada vez más de las grandes urbes para que la idea del inevitable fin de la vida no perturbe los sueños y deseos cotidianos del ciudadano. En vez de cementerios y calaveras, pan y circo gracias a los anuncios de El Corte Inglés. Únicamente el 1 de noviembre resucita, temporalmente, a los muertos. 

Pero esto no fue siempre así y hay iglesias que recuerdan la fascinación que muchos sintieron hacia la muerte, especialmente en la Edad Media o en la época de la Contrarreforma religiosa de los siglos XVI-XVII. Tópicos como los anteriormente mencionados (memento mori, vanitas vanitatis) o el ubi sunt? (que se pregunta sobre aquellos reyes y señores que ya han muerto) se emplearon con destreza para recordar al creyente que el camino correcto por la senda cristiana era el único que podía garantizar la vida eterna tras este mundo ilusorio y lleno de engaños que conduce a la muerte. 

Ejemplo de este ars moriendi son las catacumbas de los capuchinos de Roma, miles de huesos decoran las seis capillas de un modo bastante espectral. Los fallecidos monjes se descomponen ante la mirada de los visitantes que visitan el recinto y lámparas de araña fabricadas con fémures penden de los techos. Una frase en italiano, de larga tradición, hace que el espectador se detenga y reflexione y, por un segundo, se sienta próximo a esos ojos sin cuencas que le observan: “Lo que tú eres, nosotros fuimos; lo que nosotros somos, tú serás”. O, si se quiere, en latín: Hodie mihi, cras tibi (“hoy yo, mañana tú”).

Más impresionante aún son las catacumbas de Palermo, donde descansa la momia de Rosalía Lombardo. El visitante se siente observado ante la sonrisa eterna de los cuerpos que cuelgan a lo largo de las paredes. Asimismo, una zona está dedicada a las vírgenes: calaveras con vestidos de la época, lazos azules y delicados tocados abrigan a las muchachas que murieron con su virginidad intacta. 

En literatura, si continuamos en la época del Barroco, destaca la tétrica voz de Miguel de Mañara y su Discurso de la verdad, que comienza afirmando: Memento homo, quia pulvis es, in pulverem reverteris (Recuerda, hombre, que polvo eres y en poco te convertirás). A partir de esta máxima, desarrolla su obra sin piedad alguna, extrayendo imágenes de su inventario que provocarían más de un escalofrío: 

«si tuviéramos delante de los ojos la verdad, esta es, no hay otra, la mortaja, que hemos de llevar, había de ser vista todos los días por lo menos, con la consideración que si te acordarás que has de ser cubierto de tierra, y pisado de todos, con facilidad olvidarías las honras y estados de este siglo y, si consideras los viles gusanos que han de comer ese cuerpo, y quan feo, y abominable ha de estar en la sepultura, y como esos ojos, que están leyendo estas letras, han de ser comidos de la tierra, y esas manos han de ser comidas, y secas, y las sedas y galas que hoy tuviste, se convertirán en una mortaja podrida». 

Dando un breve salto a un temprano Romanticismo español, en concreto entre los años 1789 y 1790, se publican las Noches lúgubres, relato gótico de José Cadalso que bebe del tradicional poema La difunta pleiteada.  El argumento de este poema, versionado por muchos y de cultura esencialmente oral, se basa en la exhumación del cadáver de una joven fallecida y, posteriormente, “pleiteada” por su amante y su marido, que se disputan el cuerpo.

La muerte está presente en todo tipo de culturas y en España únicamente despierta y aguarda un poco de atención en forma de golosinas y disfraces. 

Elijan celebrarlo portando una vela a un difunto, o bien con una plegaria, con un disfraz de enfermera o apuñalando una calabaza, pero en todo caso tengan un feliz… Samaín.

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