Hacia todos los mundos

Tratan de ponerme nervioso con los ruidos, saben que es lo único que percibo. En esta sala solo existen sus voces y, al abrirse la puerta, cucharillas, bolis, olor a café, pasos apresurados en direcciones opuestas, ruidos que se cuelan como si también ellos hubieran estado al acecho de mis palabras. Empiezo a pensar que lo único que les importa es eso: las palabras, ni siquiera ya los hechos. Las palabras. Alguien dice algo, confiesa haber hecho algo, y en ese preciso momento la realidad —sea cual sea o haya sido— se vuelve irrelevante porque alguien declara, se inculpa, revela, alguien habla y rompe los ruidos que los demás —los que le acechan con preguntas— llevan dentro.

Todos quieren saber, creen que el conocimiento les traerá paz, o que al menos les aliviará la angustia de la incertidumbre. Quieren llegar a casa por la noche y no oír cucharillas, bolis, pasos de desconocidos llenos de declaraciones que intuyen y que les atemorizan. Solo necesitan algo aproximado, verosímil. Ni siquiera es importante si es cierto o real, solo que sea verosímil. Algo que calme a la bestia interna que no deja de rugir, de generar sus propios ruidos, su propia incertidumbre. De hecho, puede que sea mejor así y que solo accedan a lo verosímil. Me preguntan de continuo, se relevan para no ceder al agotamiento y creen que yo lo haré. Lo creen porque piensan que sé algo, o que lo sé todo y me resisto aún a hablar, a liberar los ruidos. Necesitan creer que yo lo sé, que oculto algo, pero sobre todo necesitan creer. Ante la falta de certeza, la fe les da fuerza. Piensan que mi resistencia a hablar es ya un indicio, una señal clara de mi culpabilidad. Me preguntan y me llevan al principio de lo que conocen de los hechos, como si el comienzo de las cosas revelara la respuesta que ellos ansían. Los principios solo albergan preguntas, nunca respuestas. Me preguntan y me instan a esclarecer los hechos, los que conocen, que son pocos, a hablar, a ceder ante el ruido. Estoy muy cansado de las palabras.

Me miro en el espejo de la sala de interrogatorios. Mi piel es flácida, y mi carne —al igual que mis palabras— ha comenzado a descolgarse desde la última vez que estuve aquí. Sin duda soy yo, aunque no sé qué dudas había antes, ni dónde hayan ido ahora, si acaso se alojan en otra parte de mi cuerpo; quizás las dudas van perdiendo virulencia con los años y lo que queda de mí es un reflejo algo más viejo. Me muestran fotos de lugares, de personas de otros tiempos que insisten en que identifique. Hacía mucho que no veía estas fotos, algunas son nuevas. Afuera creo que llueve, casi oigo caer el agua. Me miro en el cristal de la sala, y me reconozco algo cansado de lluvias, de mudanzas. Algo parece haberse ido, mudado en mí o fuera de mí, haberme dejado: dudas, ruidos, palabras, una tirantez en el espíritu y en la carne, al tiempo que algo distinto va surgiendo en mí. O tal vez esto es lo que había y que los años dejan ir viendo a medida que pasa el tiempo. ¿Es esto el principio del espíritu: una mudanza de la carne? Se va la carne y queda el amor de los cuerpos que la amaron, que vivieron en ella.

Porque al final se trata de eso, de amar con toda la locura. A veces sucede que un día el amor cambia, o se acaba, y uno se queda con el escozor, sí, y también con la locura. Pero no merece la pena hacer otra cosa. La gente cree que la locura es un estado de la demencia, pero no es así. Es una elección, una decisión, un cruzar la raya, saltar el muro de la cordura e ir más allá, no siempre sabemos bien dónde, pero hay cosas que solo se pueden hacer más allá de lo sensato, de las palabras, de lo desconocido e incluso de la incertidumbre. Es allí donde amamos, donde nos reconocemos, en los lugares extremos de la vida, en el finis terrae. Yo no sé si hay otros finales más allá del fin del mundo, pero después lo que sí hay es otros principios, otras carnes, otros espíritus, otras mudanzas, otra piel que comienza a ser flácida, como la mía, y que quizás haya llegado a mí de otros finales del mundo, de otras locuras, que se haya visto en otros espejos, que haya saltado otros muros para encontrarse conmigo. Un sabor a sal en la piel.

Creo que he debido de hacer algo horrible en otra vida. Porque hay otras vidas, esto sí lo sé. A menudo partes de ellas vienen a visitarme desde más allá de los principios y los finales, y se manifiestan entremezclándose con esta vida presente de ahora, modificándola, redirigiendo mis pasos, poniéndome al corriente de circunstancias en las que se supone que hice esto o lo otro y que ahora debo solucionar. A veces, también vuelven personas. No tienen las mismas facciones, pero las reconozco por sus palabras, sus expresiones, sus ruidos. Quizás las cosas horribles se hacen en otras vidas, y venimos a esta a hacernos cargo de lo pendiente, aunque al fin y al cabo, las cosas horribles tampoco suceden exactamente como las recordamos. En esta vida todo parece salir mal, me acechan recuerdos imprecisos, fogonazos borrosos de las cosas horribles que hice antes, cuando fuimos otros. Ahora, cuando ya no somos los que fuimos, me acusan de delitos que sin duda ya han prescrito por haber tenido lugar anteriormente, por no hablar de mis múltiples coartadas. Nunca me acuerdo muy bien de cuál les digo porque las voy recogiendo de esta vida o de otras y a veces las mezclo, pero el caso es que me acusan de cosas que yo no he hecho, o que al menos no he hecho en esta vida, puede que en otra, pero claro, cómo van a juzgarme por lo que haya podido hacer y de lo cual no tienen pruebas ni testigos, a pesar de que estos imbéciles no dejen de decir que vienen precisamente de otra vida para incriminarme y hacer justicia de una vez por todas. Beben café, hablan, y hacen ruido para agotarme, pero no saben nada. Y aun así, eso dijeron: de una vez por todas. Como si ellos conocieran todas las veces, todas las vidas, todas las muertes. Porque de eso se trata. Hablan de hechos como si estos fueran algo indiscutible y la constante que da sentido al paso del tiempo y de las vidas.

Lo curioso de vivir varias vidas es que todas son distintas, pero todas las muertes son iguales, todas saben igual. Todos vivimos varias vidas y varias muertes, lo único que nos diferencia es que algunos lo recordamos, tenemos esa consciencia transtemporal. La memoria de lo que fuimos, de lo que dejamos de ser, la consciencia de lo que hemos llegado a ser ahora, al cabo de tantas vidas y tantas muertes, de tantas palabras y tantos ruidos, de tantas mudanzas, de tanta piel. Tal vez todos hemos hecho cosas horribles en otras vidas y solo yo las recuerde.

Es posible que esto no sucediera exactamente así, de acuerdo, pero me parece irrelevante ser preciso en los detalles sin haberse esclarecido la verdad de los hechos. Mi compañero de celda, el casi muerto, me tantea para sonsacarme flecos, le han adjudicado el papel de sombra con la promesa de reducir su condena a cambio de información relevante. ¿Qué sabrá él de la sombra? ¿Qué palabras creen que guardo, y por qué presuponen que necesito contarlas? ¿Acaso hablar adquiere de repente más valor que los hechos que conocen? Porque se trata de eso, de los hechos, al menos de los que tratan y por los que me imputan, porque hay muchos otros —exactamente 14— que ignoran y cuya gravedad les haría dudar de sus creencias más básicas, y desear que hubiera permanecido en silencio examinando mi piel en el espejo de la sala. Desean poder probar lo que imaginan, pero temen acercarse demasiado a la verdad, tal vez la intuyen y prefieren filtrarla por medio de mi compañero, mi sombra. Tal vez accedamos a la verdad a través de la sombra, un tanteo a ciegas, palos de ciego, palabras aproximadas que buscan sintaxis lejos del horror. Uno nunca sabe dónde está hasta que conoce en qué lugares ha dejado de estar, vivir aproximadamente es la medida de nuestros días, la exactitud les da miedo, y sin embargo esta precisión es central en mi quehacer. Pero a ellos no les interesan los hechos, solo quieren un proceso de esclarecimiento creíble que puedan asimilar; a veces los hechos son tan horribles o tan sencillos que resultan demasiado dolorosos de digerir, siempre es mucho más fácil vivir con una explicación, algo que se ajuste al contorno de nuestra sombra, algo lo suficientemente inexacto, aproximado, un másomenos que nos permita mantener una cierta sensación de vida. ‘La hora de la muerte fue entre las 20:00 y las 05:00 horas’, y sentimos la transición de la vida que hay en ese espacio en el que no sabemos qué hay, si vida, muerte, o tránsito, en qué piensa la víctima, si está sola. En lo definitivo, lo pulcro, lo que no admite dudas, solo cabe la muerte, el momento exacto de la muerte. Aquí tampoco hay sombras. Ellos son conscientes de esto, y beben café, me observan, desean no saber la verdad y volver a su casa, a sus ruidos conocidos.

Ellos no saben, les inquieta no saber, pero les angustia intuir lo que sus miedos les indican. No saben que mi trabajo consiste en deshacerme de ellos, aquí y allá, espaciando tiempo y lugares, disimulando causas y variando las circunstancias, así parece que no hay hilo conductor, como cuando uno deposita palabras, secretos en esta o aquella persona, nadie es capaz de encontrar ese hilo conductor que anuda y enlaza y explica el continuo de la vida, o de las muertes que nadie conoce y de las que ellos son parte, sin duda parte, aunque aún no lo sepan, sino que solo lo intuyan. Tal vez quisieran saberlo para prepararse, encontrar palabras con las que aprender a despedirse de sus vidas. Ellos me interrogan como si pensaran descubrir ese hilo conductor y, lo que es más, que de descubrirlo eso significaría el final de la secuencia. Las palabras no tienen final, se digan en voz alta o no, es el pensamiento el que salva o hiere.

Yo, lo sé, no debería hablar con los muertos. Mi compañero de celda intenta sonsacarme, insiste en saber lo que pasó en otras vidas, en conocerlo de primera mano. Me lo pregunta él, que recuerda haber muerto tantas veces. Quizás por eso se lo cuento mientras él se va vaciando de ruido, le he ido contando a medida que he comprendido que iba muriendo nuevamente. Tal vez hay distintos tiempos de vivir y de morir, de acceder a las vidas que fuimos o que recordamos que fuimos. Puede que ahora él se lleve consigo lo que yo le he ido contando, quizás a otra vida que aún no conozco. Él está muerto ya, lo sé, y le pido que sea él ahora el que me muestre su historia, por qué ha venido a parar aquí, a esta cárcel de la cual me fugaré en breve llevándomelo conmigo a hombros, para que pueda descansar dignamente en el bosque, por qué hemos coincidido en esta vida.

El olor a café llena el corredor, los bolis están más agitados que de costumbre, pero nosotros solo prestamos atención ya a las puertas. Él me va hablando de ella, mi compañera, la que llevo buscando varias vidas, me dice que estoy cerca, que ella me siente llegar, que no importan las vidas ni las muertes por las que hemos pasado. Tantas vidas encarándome a la muerte por tratar de vencerla… Por eso me dedico a esto, porque el acceso a otras vidas solo se da por medio del amor o de las sombras. Dejo atrás los ruidos, las palabras. Los polis han empezado a hacerse preguntas unos a otros, se han convertido en sus propios prisioneros. Han comenzado a morir. Mi compañero pesa mucho, pero sé bien cómo se hace esto, ya lo he hecho otras veces. Él me pide un lugar tranquilo donde poder descansar. Yo corro; corro rápido hacia el centro del mundo, hacia todos los mundos que conozco y que ahora sé que me esperan. Me siento ligero como no he estado antes. Me quito de encima todas las muertes, salto todos los muros, abandono locuras previas. Ya no hay incertidumbre. ♦︎

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