Good morning, Lenin!

Lenin. Mitin en Moscú. Foto: Getty/Keystone.

De todos los artículos que he escrito para Drugstore Magazine, sin duda, es este con el que más he disfrutado haciéndolo. Como imaginarán, este primer párrafo lo escribo una vez terminada la pieza. Sé que podría objetarse que es una reflexión vana, por personal y poco significativa —a fin de cuentas qué le importa a nadie lo que yo sufro o disfruto escribiendo, si aquí de lo que hablamos es de otra cosa—, y que en todo caso debería haberla dejado para el último párrafo —de conclusiones y consideraciones generales—, pero he querido traerlo a este inicio para poner todo el énfasis en la rareza que supone lo que van a leer —y no por originalidad de la autora—, la importancia de la rareza periodística que tienen delante, por el mero hecho de tenerla, de verla publicada —gracias a la valentía de un medio que se empeña en “romper el hielo”, cueste lo que cueste—. Porque si hay un tema que se ha tergiversado, sobre el que se ha mentido, sobre el que se ha construido la más grande de las falacias históricas, ese ha sido sin duda la Revolución bolchevique de 1917 y la posterior historia de construcción del socialismo en lo que fue la Unión Soviética, el primer estado proletario de la Historia.

Hay quien dice que el siglo XX terminó en septiembre de 2001. Pero no es así. Si acaso, ese día comenzó el siglo XXI —al menos para una parte del mundo, aunque ese es otro tema—. La verdad es que el siglo XX terminó en diciembre de 1991, con la disolución de la Unión Soviética, el que había sido primer estado socialista en la historia de la Humanidad. El siglo XX fue el siglo del comunismo, ese “siglo corto” del que hablara Hobsbawm, que transcurrió entre 1917 y 1991. Lo cierto es que la máxima de que el “corto siglo XX” fue el del comunismo no es del todo adecuada, porque ofrece una lectura fácil, la de que el comunismo fue algo exclusivo del siglo pasado. Cuando el comunismo, con bastante seguridad, será algo del futuro, porque el capitalismo, está claro, ofrece síntomas científicamente incuestionables de senilidad. Y a un modo de producción le sigue el otro. Eso fue lo que dejaron claro aquellos «diez días que estremecieron al mundo» entre octubre y noviembre de 1917 en Rusia.

Con la toma del Palacio de Invierno no se produjo un hecho nuevo en la Historia, sí insólito, pero no nuevo, porque la revolución de los bolcheviques no fue la primera revolución proletaria que conocía el mundo. En 1871, París tuvo su Comuna, como primer intento real de toma del poder por parte de la clase obrera. Y el ejemplo de La Comuna fue, precisamente, una de las obsesiones que habían fraguado a los bolcheviques en su proyecto revolucionario. Se trataba de hacer triunfar la revolución, de no repetir los errores de los communards. Y lo hicieron. La bolchevique fue la primera revolución proletaria que saldría victoriosa, que conseguiría usurpar del poder a las viejas clases dirigentes en Rusia y mantener un nuevo poder de clase. Fue posible no por una carambola histórica o por un golpe de suerte, como se ha venido refiriendo desde hace tiempo desde ciertas tribunas con atávico miedo a los vientos del Este —o más bien, de abajo—, sino por un descomunal estudio social, por una larga lucha política y un denodado trabajo organizativo por parte de los viejos socialdemócratas rusos, aquellos que en 1917 eran ya conocidos como bolcheviques. Al frente de ellos, una mente privilegiada, la de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Negar hoy su fundamental protagonismo para entender la historia reciente del mundo resultaría tan vergonzoso que ni sus críticos lo hacen. Es, probablemente, junto a Karl Marx, la figura más destacada de nuestra época, dos nombres dialécticamente unidos, indisociables. Dos protagonistas determinantes de la Historia.



Que sin Lenin no hubiera habido revolución en Rusia en octubre de 1917 es muy posible, que de haberla habido no habría triunfado, tanto o más probable aún. Pero seguro es que jamás hubiera habido siquiera revolución sin el Partido. El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia se fundó en 1898, en veinte años vivió una de las experiencias políticas más vertiginosas y apasionantes jamás habidas, hasta que en su séptimo congreso —en marzo de 1918, ya con la Revolución triunfante— se convirtió formalmente en Partido Comunista de Rusia (bolchevique). La palabra bolchevique, que viene de bolʼshevik, significa en ruso ‘mayoritario’ o ‘miembro de la mayoría’, el ala revolucionaria y más numerosa —en ocasiones, como cuando se quedaron el apelativo— del POSDR. Hoy decir bolchevique no es precisamente sinónimo de mayoría, pero resulta curioso y paradigmático comprobar en esta asimilación lingüistica la importancia histórica de lo que ocurrió en la organización interna de los socialdemócratas rusos de principios de siglo.

El éxito de la revolución bolchevique se debió al acierto teórico de su líder, Lenin, que planteó claramente en las conocidas Tesis de Abril que aquel era el momento de llevar la crisis revolucionaria a insurrección y tomar el poder, desplazando rápidamente al Gobierno Provisional de Kerensky, que había sucedido al depuesto Zar Nicolás II. La decisión del nuevo gobierno de seguir manteniendo a las tropas rusas en la guerra —la Primera Guerra Mundial—, les dio a los bolcheviques las razones y la consigna que serviría para avanzar con paso de gigante en la historia: “Pan, paz y tierra”. Tal fue el lema revolucionario. Tres objetivos a alcanzar a través de una sola vía, concentrada en la otra gran consigna de la revolución: “Todo el poder para los soviets”. La palabra soviet en ruso significa ‘consejo’ o ‘junta’. En términos políticos hacía referencia a las asambleas de obreros que comenzaron a formarse en la Revolución de 1905,en las huelgas, constituyentes del poder obrero y popular desde la base y que configurarían la representatividad del futuro estado socialista.

Con el poder de los soviets y con la dirección de un partido que llevaba años preparándose para aquel momento histórico, cuando el crucero Aurora disparó su cañón a las nueve y veinticinco de la noche del 7 de noviembre —según el antiguo calendario ruso el 25 de octubre—, señal de inicio del asalto al Palacio de Invierno, en Petrogrado, sede del Gobierno, Rusia se adentraba —aun sin saberlo con toda certeza más que unos pocos— en una época de avances sociales nunca experimentados por ningún país, pero también de enormes dificultades. 

En apenas cincuenta años se pasó del carro de bueyes a los viajes espaciales. El atraso de la sociedad zarista, de importante lastre feudal aún, se sustituyó por una de las sociedades industrializadas más avanzadas del mundo. El cambio en las condiciones de vida y trabajo que ello supuso fue vertiginoso, casi imposible de concebir. Los datos económicos, aún a pesar de los gastos que supuso la Guerra Civil nada más empezar a andar y después la Segunda Guerra Mundial, no dejan lugar a dudas sobre la eficiencia de la economía planificada de la Unión Soviética en sus primeras décadas. En menos de medio siglo su producto interior bruto se multiplicó por nueve —cabe insistir, esto a pesar de la enorme destrucción que supuso la Segunda Guerra Mundial—. A finales de los años setenta la URSS era el mayor productor de petróleo, acero y cemento del mundo. El pleno empleo era un hecho. Después de medio siglo de existencia, uno de cada cuatro científicos en el mundo era soviético. Las mujeres adquirieron igualdad de derechos y de salarios con respecto al hombre desde el minuto uno de la revolución, y pudieron votar, por supuesto. El aborto se legalizó en 1920, se facilitaron los trámites para el divorcio y se constituyó el registro civil del matrimonio. Las mujeres podían jubilarse a los 55 años. Los hombres lo hacían a los 60. Salvo unos y otros si desempeñaban trabajos especialmente penosos, como la minería, entonces se jubilaban a los 50 años. El Estado liberó a las mujeres de la servidumbre del hogar, socializando el trabajo reproductivo. En 1922 el nuevo Código Penal soviético despenalizó la homosexualidad. Se implantó un sistema sanitario gratuito y universal, que propició que la esperanza de vida casi se duplicara, pasando de apenas 40 años a más de 70. El sistema público de enseñanza, igualmente gratuito, hizo posible que se erradicara completamente el analfabetismo en un país en el que tres cuartas partes de la población en 1917 no sabían leer ni escribir. En ningún país del mundo se leía y se editaban tantos libros y periódicos como en la URSS. El relicario de conquistas sociales que trajo la revolución de Octubre y la construcción del socialismo soviético es interminable. Están ahí, en la Historia. Son datos perfectamente objetivos. Se pueden ocultar, se pueden negar, pero que no por ello desaparecen. Y son el mejor argumento para comenzar a sostener un debate serio sobre lo que significó la experiencia soviética durante las siete décadas que duró, para analizar tanto los aciertos como los errores.

En cualquier caso, lo que cien años después de Octubre más importa no son solo los datos, sino ciertas reflexiones políticas, en un tiempo en el que el comunismo permanece como un temible espectro. Cuestiones que conectan con la respuesta a cómo pudo permanecer en el poder durante casi un siglo una experiencia tan avanzada en términos sociales. En este punto es preciso hablar claro, precisamente para alejar cualquier atisbo de ambigüedad, para alejarnos lo más posible del cenagoso terreno de “lo interpretable”, para huir de los dominios ambivalentes en los que eso que ahora llaman la “posverdad” campa a sus anchas. ¿Qué hizo posible el triunfo de la revolución y la construcción del socialismo? La respuesta es clara: el ejercicio dictatorial del poder, como no podía ser de otra manera. En un mundo dividido en clases, todo poder se mantiene por una suerte de talento dictatorial que ejerce la clase dominante sobre la dominada. En el caso del capitalismo es una minoría la que ejerce un control dictatorial sobre la mayoría, ya se revista estructuralmente con las formas más democráticas. En el socialismo, fase primera de la sociedad comunista, sucede al contrario, es la mayoría social la que mantiene el poder teniendo que dominar dictatorialmente a la antigua minoría dominante. Y para llevar a cabo ese poder, solo hay una herramienta: el Estado. La dictadura del proletariado hizo posibles todos los avances sociales de la Unión Soviética. Tuvo que ser así, y solo así puede volver a ser. No fue la revolución, entendida como el momento mágico y pasional de la insurrección, sino la dictadura del proletariado la que elevó el nivel de vida de los trabajadores soviéticos, y también la que lo hizo en el resto del mundo, especialmente en Europa, donde el capitalismo tuvo que adoptar las políticas del Estado de Bienestar para contener el contagio bolchevique entre sus propias clases trabajadoras.

Lengiz. Libros de todas las ramas del conocimiento. Cartel para la Imprenta Estatal de Leningrado, por A. Rodchenko, 1924. Actualmente en el Museo Pushkin, Moscú.

La victoria sobre el nazismo en el campo de batalla supuso que la Unión Soviética se significará ante la clase obrera mundial como gran ejemplo a seguir, el de un país heroico que había librado al planeta entero de la barbarie nazifascista, y que había proveído a su pueblo de unas condiciones de vida y trabajo envidiables. El recurso al Estado del Bienestar no fue la única apuesta estratégica del capitalismo ante tal situación de prestigio soviético. Una vez vencida la bestia fascista, una calculada, intensa y profunda campaña de batalla ideológica y cultural comenzó a librarse contra la URSS. La revisión histórica alrededor del papel de unas potencias aliadas y otras en la Segunda Guerra Mundial es paradigmático de lo sucedido. El sacrificio en vidas humanas de cada país lo dice todo: la Unión Soviética puso el número mayor de muertos, con más de 20 millones; 5 millones de muertos fueron alemanes; las cifras de muertos en China —los grandes olvidados— se mueven en un amplio margen entre 3 y 8 millones, imposible de concretar por ausencia de registro civil; los Estados Unidos perdieron 300.000 soldados. Sin embargo cualquiera diría que el desembarco de Normandía o Pearl Harbour fueron las batallas decisivas de la guerra, y no Stalingrado, Berlín o Kursk. La campaña anticomunista iniciada en la revisión histórica se fue desarrollando hasta alcanzar el punto de poder desatar una abierta condena política, que tuvo sus más sonrojantes cantos de sirena inmediatamemte después de 1991, con las teorías de Fukuyama y Huntington, sobre el Fin de la Historia y el Choque de Civilizaciones. Actualmente, se despliega mediante un ignominioso igualamiento de comunismo y nazismo, como dos extremos que acaban uniéndose. En esta falacia de los extremos que se tocan está lo más perverso y lo más triste de la actual batalla de ideas. Fue Thomas Mann quien mejor definió lo que significaba proceder de esta manera, cuando dijo: «Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad ya un fascista, y desde luego sólo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo». La Guerra Fría supuso un ataque sostenido, de alta intensidad y multifacético: cultural, de sabotaje y de apoyo a fuerzas contrarrevolucionarias activas en el interior del país. Y es por todo esto que la campaña anticomunista actual resulta de lo más significativo, porque el fantasma que se pretendía enterrado y olvidado parece recorrer aún las peores pesadillas de quienes ostentan el poder en los países capitalistas, es decir, en la práctica totalidad de los países del mundo.

Pero lo cierto es que las causas de la caída de la Unión Soviética fueron fundamentalmente internas: soluciones económicas de tipo capitalista cuando lo que el sistema requería era una profundización de las propias relaciones de producción socialista fueron la clave del proceso de reversión del socialismo. Después del XX Congreso del PCUS se asumió que relaciones mercantiles de producción, distribución y cambio eran posibles con el desarrollo del socialismo. Craso error, de serlo tal. Se dio una traición en toda regla, consciente por parte de determinados dirigentes, a los principios marxistas-leninistas que habían erigido todo el edificio social posterior a 1917. Progresivamente la contrarrevolución fue tomando los ejes de poder de la URSS, socavando desde dentro el edificio construido, hasta destruirlo. La nueva vía revisionista se extendió por numerosos partidos comunistas, siendo especialmente relevante el caso de los tres grandes partidos del Occidente Europeo, el PCE, el PCF y el PCI, España, Francia e Italia.

Hace cien años la clase obrera rusa tomó «el cielo por asalto». Y aunque setenta años después ese cielo se desmoronó en una torrencial lluvia, la caída de la URSS no es prueba de la imposibilidad de construcción del socialismo. El fin de la Unión Soviética no devolvió al comunismo al campo de las utopías, siempre inalcanzables. Lo que vino a demostrar fue que el socialismo no se hace con capitalismo. Así de simple. Y que la historia no avanza al ritmo de un metrónomo invariable, sino conforme a procesos dialécticos de acumulación cuantitativa y cambios cualitativos. El socialismo, en este caso, no es una excepción, no sucederá de manera drástica al capitalismo, a un mismo tiempo y en todo el mundo. Al igual que el capitalismo tardó cuatro siglos en terminar de imponerse al feudalismo como modo de producción en todo el planeta. Por eso, aunque suene extravagante, que no nos extrañe cuando volvamos a ver una revolución proletaria, y que triunfe. Más tarde o más temprano —es imposible saber cuándo con exactitud— va a ocurrir, porque la Historia no avanza lineal, pero lo que es seguro es que no da marcha atrás, a lo sumo, da un paso en retroceso, pero termina por volver a coger impulso y dar un salto hacia delante. Lo que parece detenido, imposible durante décadas, se desencadena febrilmente en unos días. El mundo se estremece entonces, pero pega un estirón, como los niños después de una enfermedad superada. El mundo madura. Un día se acuesta sin sospechar que ha de despedirse de nada. Y al siguiente, mañana mismo, nos levantamos diciendo: Good morning, Lenin!

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