Doris Lessing, sentir el tiempo en la piel

Doris Lessing. Foto: Eamonn Mccabe/The Guardian.

Cuando en 2007 se anunció la concesión del Premio Nobel a Doris Lessing, que a la sazón tenía 88 años, hubo dos tipos de reacciones. La más común, sin duda, fue de entusiasta aprobación (“¡Ya era hora!”), pero también se produjeron críticas de plumas bastante autorizadas. La más significativa, quizá, la de Harold Bloom que, con su falta de contención y sus prejuicios habituales, calificó con ironía la decisión de “políticamente correcta”, aludiendo sin duda al hecho de que se premiaba a una mujer feminista. Opinión bastante injusta, aunque seguramente compartida por otros que no se atrevieron a expresarla. Es cierto que se premiaba a una mujer feminista, pero también que no pocos Nobel han tenido menos méritos que ella.

Si comienzo esta nota con estas consideraciones es por recordar que Doris Lessing ha tenido un historial literario agitado y discutido, de forma que una misma persona a la que hubieran encantado, o incluso cambiado la vida, sus libros feministas y sobre el compromiso político de los años cincuenta y sesenta, podía sentirse menos cómoda con los de ciencia ficción de los setenta y ochenta. E incluso algunas feministas radicales podrían rechazar no pocas de sus opiniones sobre los excesos a que ha llevado una interpretación inmadura de los principios del feminismo por determinadas mujeres, en ocasiones líderes del movimiento. Fueron muchos años escribiendo y opinando, sobre lo que veía, cómo lo veía, y sin preocuparse de caer mejor o peor a las respetabilidades de referencia en cada momento. Su vida había sido suficientemente complicada y dura como para tener que tomar en consideración respetos humanos cuando ya era famosa y aceptada.

Nacida en Persia en 1919, hija de un militar inglés, vivió en Rodesia (hoy Zimbabwe) los primeros treinta y seis años de su vida. Ahí tuvo dos matrimonios, tres hijos, militancia en el partido comunista, toma de conciencia respecto al colonialismo y la segregación racial, y algunas otras experiencias de las que dejan huella. Con este bagaje y el más pequeño de sus hijos aterrizó en Londres en los años cincuenta dispuesta a abrirse camino. Lo ha contado ella misma, con un humor algo desgarrado.



Sus primeras obras conocidas son las cinco novelas que tienen como protagonista a Martha Quest, y como título genérico Hijos de la violencia (Martha Quest, Un casamiento convencional, Al final de la tormenta, Cerco de tierra, y La ciudad de las cuatro puertas), descaradamente autobiográficas, entretenidísimas, y con un buen estilo narrativo, aunque todavía son relatos lineales. Falta algo para dar el salto a las formas narrativas de El cuaderno dorado. Martha Quest es una chica anglo-rodesiana a la que le pasan cosas muy similares a las que le pasaron a su autora. Lo que ocurre es que el distanciamiento novelístico permite perspectivas que no son posibles en las autobiografías y memorias. Por otra parte, nadie escribe sus memorias a los treinta y tantos años.

En estos libros vemos por una parte la desgracia que suponen los casamientos prematuros y poco meditados, tantas veces forzados por los prejuicios, y, con bastante crudeza, lo que es la condición femenina en una sociedad cerrada y tremendamente conservadora, como además lo es la familia de la protagonista (y lo fue la de la autora). Todo ello en un pequeño mundo de blancos dentro de un gran mundo de negros. Unos blancos no necesariamente prósperos, pero que, precisamente por no serlo, se agarran a la prepotencia racial como su mejor privilegio. La Segunda Guerra Mundial y la llegada a Rodesia de contingentes de militares, sobre todo aviadores, jóvenes, inquietos y que traen, entre otras cosas, gérmenes de socialismo, rompe en alguna forma el modelo y es el detonador de la evolución de Martha. No he leído entera la serie, los cinco volúmenes, ya que me falta el último, escrito a finales de los sesenta y que, por lo que sé, es una distopía sobre la muerte de Martha, situada en unos futuros años noventa. Reconozco que me interesa mucho menos.

Creo que fue en esta época, a finales de los sesenta, cuando Doris Lessing, quizá como consecuencia de una crisis personal, empezó a interesarse por formas de esoterismo, lo que la llevó a escribir textos de fantasía cercanos a la ciencia ficción, hacia los que no me siento atraído. Sólo he leído una de las novelas en que se muestra esta tendencia, El quinto hijo, de 1988, y debo decir que me pareció una muy buena novela. Aparte de la componente mágica (en este caso terrible), el drama y las reacciones de esos padres, independientemente del origen del problema, están descritos con la profundización en los sentimientos y comportamientos humanos habituales en la autora.

Pero ya es hora de ocuparnos del título que a todo el mundo le viene a la memoria cuando se habla de ella: El cuaderno dorado. Publicada en 1962 es, pues, de su primera etapa como escritora, aunque ya de una época de madurez personal. Se suele catalogar a este libro como feminista, incluso como “la biblia del feminismo”, y sin duda es feminista, pero si nos quedamos en eso estamos perdiendo de vista otras muchas cosas. Sus protagonistas, esas mujeres que se reivindican como mujeres, se están reivindicando también como seres humanos en un momento de la historia, un momento especialmente significativo para quienes en alguna forma hubieran creído en el progreso. Además, es una novela clave del siglo XX, con una rompedora y muy bien conseguida estructura formal, una estructura de puzle por medio de los cuatro cuadernos en que se van plasmando los diversos aspectos de la vida de la protagonista y que obligan al lector a mantener una visión de conjunto mientras sigue episodios y vivencias que parecen tener poco que ver entre sí.

Leí El cuaderno dorado cuando circulaba profusamente por aquí, en los primeros años ochenta, y me causó una profunda impresión, además de engancharme con sus personajes y tramas. Ahora, que está un poco olvidado, lo estoy releyendo y me doy cuenta de que, por encima de todo, es una de las grandes novelas que uno ha leído en su vida. Su feminismo no es un feminismo victimista, alrededor de opresión y malos tratos, aunque esto no falte en algunos momentos, sino el feminismo de mujeres libres que en sus relaciones con los hombres y con el sistema muestran las raíces del problema, unas raíces culturalmente profundas, presentes en gentes muy evolucionadas, que difícilmente van a encontrar remedio en bienintencionadas soluciones legislativas. Todos los personajes son de carne y hueso y las situaciones bastante normales y verosímiles, aunque, como es lógico, el Londres de los años cincuenta era muy diferente de la España de esa época. Pero para cuando leímos el libro aquí las cosas habían cambiado bastante y podíamos comprenderlo ya que la primera edición española es de 1978.

Algo parecido puede decirse del otro gran tema de estas páginas, la pertenencia al partido comunista en la época de la muerte de Stalin, del XX Congreso, los procesos de Praga, la Hungría del 56, y las tremendas crisis personales involucradas en ello. Muy bien descrito, como por alguien que lo conocía desde dentro, era muy diferente ver esto en un partido legal, como era el británico, o en uno clandestino, perseguido ferozmente, y que era (guste o no guste ahora) el gran referente de la lucha contra la dictadura franquista.

Entre estas dos dimensiones transcurre la apasionante vida de Anna, la escritora protagonista, un personaje tan humano y cercano que no nos cuesta trabajo ponerle cara y ojos, o identificarle con figuras conocidas de nuestro entorno. A su alrededor se mueven otras personas y se producen otros dramas que van configurando la tela de araña en la que todos, o casi todos, sobreviven. Hay muchas cosas a destacar en el devenir de Anna por la vida que nos pueden sonar a conocidas. Por mencionar sólo alguna, su relación con su psicoanalista. En cuanto a sus historias con los hombres, parte esencial del meollo de la cuestión, prefiero como varón no opinar, ya que no salimos muy bien librados, pero dan mucho que pensar, y ojalá fuéramos, desde nuestra óptica masculina, capaces de pensar seriamente en ello. Mejor nos iría a todos.

Sus posturas frente al apartheid vigente en Rodesia y Sudáfrica le valieron a Doris Lessing la prohibición de entrar en dichos países (en los que estaba su familia o lo que quedaba de ella), lo que no pudo hacer hasta la caída de esos regímenes. Pero igual que se había opuesto a la Rodesia de Ian Smith, muchos años después se opuso al Zimbabwe de Robert Mugawe, en un libro, La risa africana, que es una despiadada crítica de la ruina a la que esta nueva dictadura ha llevado al país, y que, al mismo tiempo, estremece por lo que supone de ilusiones perdidas. No está de más advertir que este es un libro escrito al filo de los ochenta años de la autora.

Han sido unas cincuenta las novelas escritas por Doris Lessing, de las que lamento conocer sólo una pequeña parte. Pero de esta parte, antes de terminar, quiero recordar una de los años ochenta, La buena terrorista, y lo hago porque cuando la leí, bastante después de haber sido publicada, me produjo un malestar que pocos libros me han producido. No, por cierto, por su calidad literaria, que es excelente, sino por la forma de aproximarse al tema, tan crucial en nuestro tiempo, del terrorismo urbano. Esa pobre criatura de pequeña clase media, inculta, desorientada y fruto de una familia desestructurada, que empieza por incorporarse a una comuna de okupas, y que en un proceso que vemos de cerca y que en cada paso nos entristece, termina interviniendo en algo espantoso, siempre convencida de que hacía lo que debía hacer, es algo que llega al alma.

Hace muchos años creo recordar que dije, con una petulancia que todavía me da risa, que el honor de la narrativa europea descansaba en dos viejas damas anglosajonas, Iris Murdoch y Doris Lessing, dos autoras que poco, o nada, tienen en común. Risas aparte, tampoco estaba tan descaminado.

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