Daniel Viglietti, la melodía de la conciencia

Daniel Viglietti, en concierto en Aguas Dulces. Uruguay, enero de 2007.

Hoy siento que se me ha muerto un amigo, un amigo muy cercano. Un amigo con el que nunca tomé un café, ni vi el fútbol, ni discutí de política o de cualquier cosa, con el que no di nunca un paseo, con el que no estuve nunca. Pero cuánto me acompañó. Se ha muerto Daniel Viglietti y yo siento algo parecido a lo que le sucedió a Julio Cortázar cuando supo de la muerte del Che, que perdió a un hermano al que no vio nunca.

Daniel Viglietti le cantó mucho, precisamente, al Che. Tanto que la última vez que se subió a un escenario fue solo cuatro días antes de morir, en Las Piedras —muy cerca de Montevideo—, en homenaje al Che Guevara, con motivo de los cincuenta años de la caída del guerrillero. El concierto llevaba el título “Canciones para el Hombre Nuevo”, el mismo que el de su tercer LP, grabado también hace cincuenta años, en Cuba. El disco clave de su carrera, el que la inició plenamente politizada, arraigadamente identitaria. Fue en ese disco en el que se grabó por vez primera el A desalambrar, un himno continental latinoamericano, que popularizaría él mismo y otros, como Víctor Jara —cuántos mártires en América Latina, ay…—. El disco de Viglietti estaba lleno de pena, de rabia y de poesía, con los versos abundantes de Alberti, de Lorca, de Nicolas Guillén, entre otros. Son canciones que he escuchado miles de veces a lo largo de mi vida. He dormido a mi hijo cantándole el Duerme negrito (que escuché por primera vez en voz de Viglietti); sentí la Milonga de andar lejos como solo se puede sentir, en la lejanía del exilio; lloré con la Canción del Hombre Nuevo cada vez que recordé la caída de aquel hombre nuevo nacido en Argentina y muerto en Bolivia siendo cubano. 



Echaré de menos ver tocar la guitarra a Viglietti, con su destreza de guitarrista clásico, sacándole un sonido limpio, de hermosa melodía. Echaré de menos recibir noticias de las andanzas de Daniel, el eco de su voz en directo, con su timbre dulce y poderoso. Una voz —en el más amplio sentido de la palabra— que me acompañó tanto que su pérdida me hace sentir solo, y triste de manera convulsa y callada.

Vayan estas palabras para Daniel Viglietti. De un tiempo a esta parte no he tenido apenas tiempo para escribir, pero al conocer la muerte en un quirófano —que tristeza final— de Daniel Viglietti, tuve que emborronar estas líneas. La palabra acudió a mí en exigencia de que la tomara, de que la pusiera por escrito, como fúnebre bálsamo que acaso me despistara la pena. Vino al rescate, como por envío de un ángel de la guarda. Ha sido la última dádiva que el cantor me ha regalado, la del recuerdo de que siempre, siempre, nos quedan las palabras. Siempre las palabras. Y siempre la música. Y que cuando ambas conviven como convivieron en Viglietti, su fuerza unitaria es expansiva, pone en movimiento cosas que resultan ya imposibles de detener. Qué más se puede decir de una música y de un músico que logró sonar de manera que no se escuchara con los oídos, sino con la conciencia.

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