‘Curb Your Enthusiasm’, la exploración cómica de la nada

Larry David ( Curb Your Enthusiasm). Imagen: HBO.

A Larry David se le conoce especialmente por ser el co-creador de uno de los mayores fenómenos televisivos en la historia de Estados Unidos, Seinfeld. Junto al cómico de monólogos (stand-up) Jerry Seinfeld, tuvo la habilidad, allá por finales de los 80, de colocar a la NBC una sitcom “acerca de nada”, como la propia serie recrea cuando Seinfeld y George Costanza, el álter ego de David en la pequeña pantalla, acuden a vender su propia comedia. Antes de eso, el actor, productor, director y guionista de Brooklyn había formado parte del Saturday Night Live. Después, realizó, entre otros muchos proyectos, incursiones en el cine, situándose tanto detrás como delante de las cámaras. De la mano de Woody Allen, protagonizó en 2009 Si la cosa funciona (Whatever Works), donde interpreta a Boris Yellnikoff, un físico gruñón que llegó a aspirar al Nobel y al que una joven e ingenua Evan Rachel Wood le rompe los esquemas antes de convertirse en la críptica Dolores de Westworld. Pero si David ha dado que hablar en los últimos tiempos ha sido ante todo por Curb Your Enthusiasm, la serie de HBO en la que da vida a una versión ácida de sí mismo y en la que hace básicamente lo que le viene en gana. En la línea de ese Yellnikoff maniático, incapaz de lavarse las manos sin canturrear el Cumpleaños feliz, el otro Larry David, que ahora retorna con la novena temporada, se empeña en pelear a la contra, en emprender disparatadas cruzadas que sacan la sonrisa a un espectador que, en el fondo, termina por reconocer que a veces hasta tiene algo de razón. A diferencia de lo que le ocurre a Sheldon Cooper, para él los convencionalismos sociales no son un enigma, sino la causa de su rebeldía. O de sus dudas. ¿Cuál es la hora tope para llamar por teléfono a casa de un amigo o conocido? ¿Tienen sentido las propinas o implica pagar dos veces por lo mismo? ¿Por qué no se debe censurar a quien perjudica al prójimo aparcando entre dos plazas? A Larry David le sacan de quicio las injusticias, hasta el punto de denunciar en un conocido establecimiento, que, por raro o exótico que sea el nombre que empleen, aquello no deja de ser café con leche, simple café con leche. La diplomacia no va con él. No. Ni mucho menos. Larry David no puede concebir que alguien abandone una sala de cine cinco minutos antes de que termine la película. Ni que se respete a un kamikaze japonés que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Y se indigna cuando Michael J. Fox le entrega un refresco agitado que le pone perdida la camisa, dudando de que únicamente sea obra del Parkinson que padece el eterno Marty McFly.



Para mayor mérito de los actores, el guion pasa a un segundo plano en favor de la improvisación en los diálogos, una arriesgada apuesta que brinda momentos irrepetibles. Y el reparto lo integran desde los solventes Jeff Garlin (ahora en Los Goldberg) y Cheryl Hines a descubrimientos como J. B. Smoove, en el rol de malhablado con incontinencia verbal, o Bob Einstein, en el papel de Marty Funkhouser. Sin olvidar la infinidad de cameos: Ben Stiller, David Schwimmer, Shaquille O’Neal, Ted Danson, Rosie O’Donnell, Richard Lewis, el propio Michael J. Fox o los miembros de Seinfeld.

En Curb Your Enthusiasm prima la ironía, la irreverencia, lo políticamente incorrecto. Lo absurdo de lo cotidiano y aceptado socialmente. ¿Su secreto? La brutal honestidad del Dr. House en versión cómica y neurótica. Como un Woody Allen elevado al cuadrado y sin miramientos. Y es que la serie enfoca la vida en California de un tipo acomodado y egocéntrico al que le importa poco más que jugar al golf, y que no duda en llevar en su coche a una prostituta sólo para poder circular por un carril especial de alta ocupación. Un sujeto de peculiar sensibilidad que regresa tras más de un lustro de pausa y con nuevos invitados como Bryan Cranston o Lauren Graham. De los extraños casos en que la crítica y el público logran ponerse de acuerdo. Porque Larry David posee la insólita virtud de hacer reír explorando la nada. “Pretty, pretty good”.

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