‘Campanadas a medianoche’: cuando Orson Welles se transformó en Falstaff

Rodaje de Campanadas a medianoche. España, 1964. Foto: Nicolas Tikhomiroff.

La relación entre Orson Welles y Shakespeare es profunda y viene de antiguo. En 1937 su compañía Mercury Theatre estrenó en Broadway Caesar, la transformación del texto clásico de Julio César en un alegato antifascista. Un decenio después rueda en cine Macbeth, probablemente la mejor adaptación de la obra a la pantalla, y en 1951 acomete el proyecto de Othello, que por falta de financiación queda mal acabada, hasta su recuperación, restauración y reestreno en 1992 por obra de Beatrice, la hija del realizador. Y a pesar de esta larga relación con el dramaturgo inglés, es en 1965 con Campanadas a medianoche cuando experimenta su inmersión más profunda con el universo shakesperiano, interpretando a Sir John Falstaff, uno de los personajes más completos y humanos nacidos de la pluma del bardo de Stratford.

Entrevistado por Mark W. Estrin, Orson Welles llegó a reconocer que, entre toda su obra, Campanadas a medianoche era su creación favorita, añadiendo “si tuviese que entrar en el Cielo solamente por una película, ésta es la que presentaría”. Rodada íntegramente en España, esta tierra que tanto amó, recrea con bastante fidelidad el texto de las dos partes de la obra Enrique IV, o más bien deberíamos decir de las dos obras, puesto que fueron publicadas por separado entre 1596 y 1599. Para el rodaje contó con producción hispano suiza —y en concreto con la figura del productor español Emiliano Piedra—, además de con un elenco de actores europeo, con nombres como Fernando Rey, Jeanne Moreau o los británicos John Gielgud, Margaret Rutherford y Keith Baxter. El propio Welles se reservó para sí el papel más brillante de la obra, el del caballero rufián Sir John Falstaff.

Las dos partes de Enrique IV se encuadran en la serie de obras que escribió William Shakespeare inspiradas en la historia del siglo XV inglés, que cronológicamente son precedidas por Ricardo II y a las que suceden Enrique V, las tres partes de Enrique VI y Ricardo III. Todas ellas narran episodios de la Guerra de las Dos Rosas —las luchas por el trono de dos ramas distintas de los Plantagenet, la casa de York y la de Lancaster—, y/o de las guerras contra el reino vecino de Francia. Enrique IV narra la disoluta juventud del príncipe Hal (interpretado en el film por Keith Baxter) y su transformación en el monarca Enrique V, puesto que tanto la obra como la película acaban con su coronación.



Enrique IV y Campanadas a medianoche se articulan en torno a varias tramas dramáticas que convergen y se entrecruzan a lo largo de la historia. Por un lado, encontramos al viejo rey (John Gielgud) asaltado por los remordimientos de haberle arrebatado el trono a su primo Ricardo II y profundamente preocupado por la falta de responsabilidad con la corona de su hijo Hal. Por otro lado, tenemos a éste que pasa sus días en tabernas y prostíbulos rodeado de rufianes —Pistol, Bardolf y Ned Poins—, junto a su mentor en el vicio, Falstaff, un viejo caballero truhán gordo y borrachín. Finalmente, se nos presenta una tercera trama basada en el intento de hacerse con la corona de los nobles Northumberland (interpretado por el actor José Nieto) y Worcester (Fernando Rey). En el clímax bélico de la película se encuentran las tres tramas, de forma que Enrique IV derrota a los rebeldes en batalla y su hijo Hal mata en singular combate a Hotspur (Norman Rodway), el vástago de Northumberland, asumiendo, si se quiere implícitamente, sus obligaciones ante la historia como futuro rey.

En cualquier caso, el eje vertebrador de toda la historia es la relación entre el joven príncipe y el viejo Falstaff, un vehículo cargado de simbolismo que transporta el grueso de la acción hasta el trágico desenlace final. Enrique V tendrá que sacrificar al despreocupado Hal para poder transformarse en monarca y al la vez tendrá que sacrificar igualmente su vida anterior y a los que le acompañaban en ella, a sus compañeros de juergas y, especialmente, a Sir John Falstaff. Cuando al final del film, una vez coronado, el nuevo rey despide violentamente al viejo caballero que se acerca a rendirle pleitesía y a recordarle la amistad que les unió, estamos asistiendo a la muerte de la vieja Inglaterra medieval que se precipita hacia el Renacimiento. No en vano el crítico literario Harold Bloom considera que “Enrique V es un monarca ideal, el primer rey inglés auténtico, el modelo exacto del ideal político de Shakespeare”.

Orson Welles coincide con Bloom al juzgar la obra Enrique IV como el retrato de un cambio de era, en el que el personaje de Falstaff representa la alegre Inglaterra (Merrie England)  medieval que se muere: “la alegre Inglaterra —explica— es una concepción, un mito, que ha sido muy real para el mundo de habla inglesa”. Se trata de la era de la caballería y de la simplicidad. Y concluye el realizador que es “la vieja Inglaterra, que está moribunda y traicionada”, que en la obra lo encarna la traición de Hal y la consecuente muerte de tristeza de Falstaff. Hotspur, el hijo del rebelde Northumberland, es también el icono de la caballería de la Edad Media y de los valores asociados de valentía y honor, que se confunden y pierden en el cambiante siglo XV. Hasta el viejo rey Enrique IV alaba las virtudes caballerescas de Henry Percy Hotspur deseando que hubiera sido hijo suyo en lugar del juerguista Hal (“Entonces yo hubiera tenido a su Harry y él al mío”).

Welles rodó Campanadas a medianoche íntegramente en España entre septiembre de 1964 y abril de 1965. Solamente construyó un decorado completo, para recrear la taberna Boar’s Head donde se solazan Hal y Falstaff, y el resto son escenarios naturales de Colmenar, Pedraza, Soria, Cardona, que albergan la corte londinense de Enrique IV, el País Vasco y la Casa de Campo de Madrid, donde, entre otras, están filmadas las escenas de la batalla.

El director se reservó para sí el personaje más carismático de la obra, aunque posteriormente reconoció que había sido el papel más difícil que interpretó nunca y que no estaba convencido de haberlo hecho del todo bien. De hecho, entrevistado por Juan Cobos y Miguel Rubio para la revista Griffith, comenta que hay tres escenas del film que como actor le hubiera gustado rodar de nuevo, aunque su otro papel de director le obligó a no salirse de los plazos de producción.

El origen de este personaje de Shakespeare no es claro; existen crónicas sobre la existencia de un tal John Falstofe, un comandante cobarde en las guerras con Francia, aunque todo apunta a que el modelo original fuese Sir John Oldcastle y que el escritor le cambió el nombre en la obra por respeto a sus descendientes. En cualquier caso, para el crítico Harold Bloom, Falstaff y Hamlet son los personajes más inteligentes y libres de toda la obra shakesperiana y, en consecuencia, son superiores a cualquiera de sus otras creaciones. A su juicio el viejo caballero incluso supera al príncipe de Dinamarca la destreza del uso del lenguaje. Para Bloom, las dos partes de Enrique IV no pertenecen al príncipe Hal, sino a Falstaff, y a la vez, Hal sería la obra maestra de Falstaff.

Quizá la dificultad en la interpretación de este papel a la que aludía Orson Welles tenga que ver con la tesis de Bloom basada en que con Falstaff —y un puñado de sus personajes como Hamlet o Rosalind de As you like it—, Shakespeare inventa al hombre moderno, con su complejidad psicológica ajena a los personajes más planos del teatro anterior. Personajes que se convierten en universales precisamente por reflejar una personalidad con la que todos nos podemos identificar.

El problema es que, como afirma Welles, Falstaff no es un payaso, sino un hombre muy inteligente y, volviendo al tema anterior, una fuerza defensiva de la vieja Inglaterra que agoniza. De esta forma, una trama que aparenta ser una comedia es realmente una tragedia. Para Orson Welles Sir John Falstaff es un hombre muy bueno, cuyas faltas son muy leves, pero que hace tremendos chistes sobre ellas. Relata cómo, según se iba metiendo en el papel, las escenas supuestamente cómicas iban perdiendo la gracia, porque preparaban la terrible escena final en la que Hal, ya coronado rey, despide bruscamente a su viejo mentor de juergas y correrías. Las escenas durante la obra entre ambos personajes, que pretenden ser jocosas, no hacen más que preparar el final, anticipar la despedida y el trágico final. Un final que se extiende hacia atrás por el metraje de la película ensombreciéndola: la muerte de Hotspur y el final de la era de la caballería, la muerte del viejo rey, la muerte simbólica del joven Hal al ascender al trono y la pobreza y enfermedad de un Falstaff repudiado.

Campanadas a medianoche fue el tipo de cine que siempre quiso rodar Orson Welles, como él mismo reconoció: “la gente piensa que mis películas son frías y a veces violentas, pero creo que El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons) y Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight) representan más que nada lo que me gustaría hacer en cine. Si he tenido éxito o no, no lo sé, pero es lo más cercano a lo que siempre he querido expresar”.

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