‘Blade Runner’, cuando el futuro casi nos ha cogido

Blade Runner, 1982. Imagen: Warner Bros/Ladd Company/Shaw Brothers.

Antes de sacar el reclinatorio para, por enésima vez y con motivo del inminente estreno de su secuela Blade Runner 2049, deleitarme con las incontables y hoy —hoy— unánimemente reconocidas virtudes de esta joya, conviene recordar que, en su día, constituyó un estrepitoso fracaso de taquilla. La redención de Blade Runner y su casi inmediato encumbramiento al Olimpo de las obras de culto, igual que los de tantos otros títulos originalmente ninguneados por crítica —a sueldo— y público —aborregado—, se produjeron en esos santuarios del cinéfago que fueran los extintos videoclubs. Instituciones que la marea digital se llevó por delante y sin cuya callada labor rehabilitadora muchas maravillas similares se hubieran perdido como lágrimas en la lluvia, valga la manida referencia. Sólo por eso ya se hacen acreedores de reconocimiento, o incluso monumento conmemorativo, por ejemplo, por qué no, en cualquiera de las faraónicas rotondas con que nuestras ciudades dan la bienvenida (¿?) al visitante.

La película de Ridley Scott constituye un referente no sólo cinematográfico, sino estético y moral. Recuerdo, de hecho, que la primera vez que la vi, en VHS y su versión primera, con la tautológica voz en off y el happy ending impuesto por la productora —para el que se utilizó metraje descartado de The Shining (El resplandor, 1980)—, fue con motivo de un trabajo para la asignatura de filosofía de tercero de B.U.P.. Porque Blade Runner plantea una sugestiva reflexión acerca de las difusas lindes entre realidad y ensoñación. No deja tampoco indiferente la hipótesis de la singularidad y el consiguiente desarrollo de emociones por parte del androide, abordadas de manera algo más tosca —no por ello menos inquietante— en la asimismo icónica The Terminator (Terminator, 1984) y toda la saga inaugurada por ésta.



En cuanto a sus imágenes, casi cada encuadre de Blade Runner ha entrado a formar parte de la memoria colectiva. La malsana combinación de noir y cyberpunk es un hallazgo sencillamente glorioso. Además, ambas corrientes, que comparten, a priori, una voluntad rabiosamente underground, alcanzan aquí su cenit artístico, rayando a tal altura que ninguna de las incontables imitaciones posteriores ha logrado unos resultados siquiera equiparables. La decadente atmósfera generada por esa macedonia de neones titilantes, bruma séptica, pantallas gigantes y lluvia eterna impregna de melancolía a unos personajes, poliédricos y contradictorios, más humanos, en fin —y perdón de nuevo por la cita fácil—, que los propios humanos.

Ridley Scott hacía gala por entonces de una clara vocación artesanal. No en vano, con todo y ser una película de época, tanto las premisas como la ejecución de su opera prima, The Duelists (Los duelistas, 1977), estaban presididas por una bien entendida modestia. Lo mismo le sucedía a Alien (Alien, el octavo pasajero, 1979), space horror de serie B, conspicua y sin complejos, con la que empezó a sentar cátedra en el género. La paquidérmica Los Ángeles que sirve de marco a Blade Runner y cuyas hechuras entroncan de manera inconfundible con la Metropolis (idem, 1927) de Fritz Lang es un prodigio escenográfico a base de maquetas y trabajo de cámara. Cine puro y duro, anterior a las acomodaticias facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, una gozada analógica como buena parte del instrumental que vemos emplear a lo largo de la película. De hecho, los decorados, de igual modo que algunos de los planos con que se fabricó el edulcorado final del primer montaje, son retales procedentes de otras producciones, sumados a un puñado de evocadoras localizaciones reales, lo cual explicaría, en parte, la delirante superposición de estilos arquitectónicos.

No quisiera poner punto final a este remedo de artículo sin dedicar unas líneas al score compuesto por el otrora ubicuo Vangelis. La inolvidable orgía de sintetizadores en que nos sumerge tiene la particularidad de ser, a la vez, expresión de los gustos de su tiempo y  anticipación de los del mundo que la película imaginaba —los hechos narrados en Blade Runner tienen lugar en 2019, pasado mañana apenas—. Por suerte, o eso me gustaría creer, el parecido entre ambos, ahora que el futuro está a punto de cogernos, no va mucho más allá del rescate de sonidos como los que dieron fama al músico griego. Aunque las imágenes de humanoides japoneses vistas cíclicamente en televisión dan bastante que pensar. Si bien no parece que, de momento, sueñen con ovejas eléctricas. En efecto, casi me despido sin mencionar la novela de Philip K. Dick en que la película se basa. Habría sido una negligencia imperdonable. Subsanada queda.

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