Armas cargadas de futuro: el Che Guevara y la poesía

Che Guevara, convaleciente, en 1957. Foto: OAH.

El día que el Che Guevara partió de Cuba por última vez, dejó tres cartas: una para Fidel, otra para sus padres y otra para sus hijos. Fidel leería la carta de despedida que el Che le escribió seis meses después de recibirla, en octubre de 1965, ante los asistentes a la constitución inaugural del Comité Central del recién nominado Partido Comunista de Cuba. El máximo dirigente de la Revolución Cubana leyó las palabras del Che para acallar los rumores sobre su misteriosa desaparición pública. En la carta a sus hijos, el Che dejó escrito que debería leerse en caso de que él les faltara en el futuro. Sus padres leyeron en aquel momento la última partida de su hijo «pródigo y recalcitrante». Sin embargo, el Che no le dejó carta a su esposa, Aleida. A ella le dejó algo más íntimo, unas grabaciones en las que le recitaba sus poemas favoritos.

Posiblemente si Ernesto Guevara no se hubiera convertido en revolucionario profesional, hubiera sido médico, pero un médico con vocación de escritor que hubiera terminado por hacer carrera literaria. La relación del Che con la literatura fue pasional. Leía de manera cercana a lo compulsivo desde niño. Su obra literaria es, como cabe comprender, eminentemente política, pero son bastantes las muestras de su pluma que nos muestran al escritor, al poeta. Sus cuadernos de viaje, sus diarios, dan fe de un estilo lírico y excepcionalmente dotado. Era capaz de una prosa emotiva, elegante, divertida, sencilla, directa. Una prosa, a fin de cuentas, como el prosista, que suele ser lo común entre los grandes escritores.

Quizás es por esta relación tan íntima del Che y la creación literaria que su figura ha sido ampliamente glosada por tantos y tantos escritores, que lo sentían no solo un icono de un mundo nuevo largamente anhelado, sino como uno de los suyos. Entre la infinidad de creaciones poéticas que el Che inspiró destacan por mérito propio —al humilde juicio de quien escribe estas palabras— las de Nicolas Guillén, Mario Benedetti, Pablo Neruda, José Agustín Goytisolo y Julio Cortázar. Con la sola mención de estos cinco nombres sirve para entender que el Che podría considerarse casi un subgénero propio de la mejor poesía contemporánea. Son muchos los poetas que le han dedicado sus versos, además de los citados, de la talla de Juan Gelman, Roque Dalton, Vicente Aleixandre, León Felipe, Gabriel Celaya

Pero quedémonos con los cinco primeros, para hacer una selección mínima, un salvavidas para mañanas, tardes o noches de desesperanza, en recuerdo del Che. Porque la poesía, ya se sabe, «es un arma cargada de futuro»…

***

Che Comandante
Nicolás Guillén

No porque hayas caído 
tu luz es menos alta. 
Un caballo de fuego 
sostiene tu escultura guerrillera 
entre el viento y las nubes de la Sierra. 

No por callado eres silencio. 
Y no porque te quemen, 
porque te disimulen bajo tierra, 
porque te escondan 
en cementerios, bosques, páramos, 
van a impedir que te encontremos, 
Che Comandante, 
amigo. 

Con sus dientes de júbilo 
Norteamérica ríe. Mas de pronto 
revuélvese en su lecho 
de dólares. Se le cuaja 
la risa en una máscara, 
y tu gran cuerpo de metal 
sube, se disemina 
en las guerrillas como tábanos, 
y tu ancho nombre herido por soldados 
ilumina la lucha americana 
con una estrella súbita, caída 
en medio de una orgía. 
Tú lo sabías, Guevara, 
pero no lo dijiste por modestia, 
por no hablar de ti mismo, 
Che Comandante, 
amigo. 

Estás en todas partes. En el indio 
hecho de sueño y cobre. Y en el negro 
revuelto en espumosa muchedumbre, 
y en el ser petrolero y salitrero, 
y en el terrible desamparo 
de la banana, y en la gran pampa de las pieles y 
en el azúcar y en la sal y en los cafetos, 
tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron, 
vivo, como no te querían, 
Che Comandante, 
amigo. 

Cuba te sabe de memoria. Rostro 
de barbas que clarean. Y marfil 
y aceituna en la piel de santo joven. 
Firme la voz que ordena sin mandar, 
tierna y dura de jefe camarada. 
Te vemos cada día ministro, 
cada día soldado, cada día 
gente llana y difícil 
cada día. 
Y puro como un niño 
o como un hombre puro, 
Che Comandante, 
amigo. 

Pasas en tu descolorido, roto, 
agujereado traje de campaña. 
El de la selva, como antes 
fue el de la Sierra. Semidesnudo 
el poderoso pecho de fusil y palabra, 
de ardiente vendaval y lenta rosa. 
No hay descanso. 
¡Salud, Guevara! 
O mejor todavía desde el hondón americano: 
Espéranos. Partiremos contigo. Queremos 
morir para vivir como tú has muerto, 
para vivir como tú vives, 
Che Comandante, 
amigo.

***

Consternados, rabiosos
Mario Benedetti

Vámonos, 
derrotando afrentas.
ERNESTO “CHE” GUEVARA

Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da vergüenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nunca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.

***

Tristeza en la muerte de un héroe
Pablo Neruda

Los que vivimos esta historia, esta muerte y resurrección de nuestra esperanza
enlutada,
los que escogimos el combate y vimos crecer las banderas, supimos que los más
callados
fueron nuestros únicos héroes y que después de las victorias llegaron los
vociferantes
llena la boca de jactancia y de proezas salivares.
El pueblo movió la cabeza:
y volvió el héroe a su silencio.
Pero el silencio se enlutó hasta ahogarnos en el luto cuando moría en las
montañas
el fuego ilustre de Guevara.
El comandante terminó asesinado en un barranco.
Nadie dijo esta boca es mía.
Nadie lloró en los pueblos indios.
Nadie subió a los campanarios.
Nadie levantó los fusiles, y cobraron la recompensa aquellos que vino a salvar
el comandante asesinado.
¿Qué pasó, medita el contrito, con estos acontecimientos?
Y no se dice la verdad pero se cubre con papel esta desdicha de metal.
Recién se abría el derrotero y cuando llegó la derrota fue como un hacha que
cayó
en la cisterna del silencio.
Bolivia volvió a su rencor, a sus oxidados gorilas, a su miseria intransigente,
y como brujos asustados los sargentos de la deshonra, los generalitos del
crimen,
escondieron con eficiencia el cadáver del guerrillero como si el muerto los
quemara.
La selva amarga se tragó los movimientos, los caminos, y donde pasaron los pies
de la milicia exterminada hoy las lianas aconsejaron una voz verde de raíces
y el ciervo salvaje volvió al follaje sin estampidos.

***

La noticia
José Agustín Goytisolo

Aunque los teletipos y la radio
y miles de carteles y periódicos
y miles de carteles y periódicos
sigan con la noticia hasta cansarse,
alguien, y no los hombres humillados
de América y del mundo, ni los poetas,
ni el perseguido que cobija aún
a la esperanza como a un niño enfermo,
alguien siente un rumor, de noche, a solas,
que le impide dormir, que va royendo
su pecho en inquietud entre las sábanas,
un rumor apagado que persiste
en el sueño después, cuando ya otorgan
reposo mas no paz los barbitúricos,
y que no cesa y crece, tal el ritmo 
desbocado de un tren que se avecina,
y entonces es cuando aparece el miedo
vistiendo su camisa guerrillera,
entonces es cuando lo que fue duda
retumba entre disparos, y es certeza,
y llega el sobresalto, el despertar,
entonces, cuando vuelve el Che Guevara.

***

Che
Julio Cortázar

Yo tuve un hermano. No nos vimos nunca
Pero no importaba. Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.



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