Rufus

La vida es un proceso biológico que nos condena irremediablemente a la muerte. Eso pensaba Rufus mientras se precipitaba al vacío hasta que, en plena caída, con el viento moviendo sus cabellos y la piel de su rostro temblando como un flan por el efecto de la velocidad, se dio cuenta de que su muerte no iba a ser provocada de manera inexorable por el deterioro de sus células sino porque él mismo había tomado la fatal decisión de lanzarse desde esa ventana en una quinta planta en hora punta. Unas milésimas de segundo más y todo habría acabado; ya era demasiado tarde para arrepentirse. Las revelaciones suelen ser inoportunas. Así que cerró los ojos, levantó la barbilla en la medida de lo posible y simplemente se dejó atraer por la gravedad. 

La acera estaba repleta de gente que circulaba de un lado a otro a un ritmo frenético, como glóbulos en el torrente sanguíneo; todo el mundo parecía tener prisa por llegar a alguna parte. Nadie se percató de que Rufus descendía de los cielos en caída libre excepto una joven turista que apuntaba con su cámara a las alturas. Queriendo capturar una imagen de aquel edificio, capturó sin quererlo a un hombre que agitaba los brazos sin parar como si intentara mantener el equilibrio. Un instante después, el cuerpo de Rufus impactó contra el suelo a 100 kilómetros por hora, dejando un charco de sangre que se extendía calle abajo y un círculo de curiosos a su alrededor, algunos haciendo fotos, otros gritando, otros llamando a los servicios de emergencia. Rufus quedó tendido en la acera en una posición imposible. A tres metros del cadáver, una chica temblorosa revisaba la imagen en su cámara; lo había pillado, sí, había cazado al animal en plena huída. 

Esa misma noche, al regresar al hotel, descargó las fotos en el portátil y cuando llegó a la imagen de Rufus se detuvo a contemplarla. El encuadre era el adecuado, la luz perfecta, la composición excelente. Amplió la imagen creyendo atisbar una expresión en el rostro de Rufus y, en efecto, pudo comprobar que éste sonreía mirando al objetivo. No bastaba con haber asistido sin quererlo a un suicidio y con haber fotografiado al suicida accidentalmente, sino que además el hombre se había percatado de que alguien lo estaba apuntando con una cámara y hasta tuvo tiempo y humor de sonreír para la foto. ¿Qué clase de persona hace eso?, se preguntó. Y ahí estaba, también, ese sonido desagradable, inaudito, un saco lleno de huesos y órganos impactando contra el suelo a gran velocidad, un golpe seco, un crujido extenso, un grito amortiguado en una almohada.

Rufus fue recogido del suelo con mucho cuidado y depositado en una bolsa negra, sobre una camilla. Después, varias personas equipadas con cepillos, líquidos y mangueras a presión limpiaron la acera dejando en lugar de las manchas de sangre un mapa dibujado que indicaba el lugar en el que había ocurrido la desgracia. Los curiosos que aún permanecían en el lugar se preguntaban asombrados cómo era posible que el cuerpo del suicida impactará directamente contra el suelo sin antes golpear a nadie; otros barajaban la posibilidad de un ajuste de cuentas entre mafias o incluso un ataque terrorista frustrado a última hora por motivos desconocidos; hubo quien hasta pensó, sin atreverse a decirlo, que se trataba de un ángel caído.

La policía determinó sin esfuerzo la causa de la muerte. No encontraron nada en sus bolsillos, ni dinero, ni ningún tipo de identificación salvo una tarjeta blanca en la que se leía, en letra muy pequeña, Rufus Schmith. Preguntaron a los vecinos del barrio si le conocían, pero nadie le había visto nunca. Su nombre no constaba en ninguna base de datos, no había cuentas bancarias ni propiedades a su nombre. No se puede identificar a alguien que no existe. 

La ventana del apartamento de la quinta planta de aquel edificio histórico continuaba abierta unas horas después de lo ocurrido. El inmueble estaba vacío y se ofrecía en alquiler. Los propietarios, un matrimonio danés de mediana edad, no se explicaban por qué alguien había entrado con la única intención de echarse a volar. La cerradura estaba intacta, solo un profesional pudo haber accedido a la vivienda sin hacer uso de la fuerza. 

Después de un sueño interrumpido en innumerables ocasiones por ese sonido que percutía en su cerebro y por la sonrisa diabólica de Rufus congelada para siempre en esa imagen, Anna saltó de la cama decidida a recoger sus cosas y marcharse de la ciudad. Se preparó un café largo sin azúcar, se lo bebió casi de un solo trago y se metió en la ducha con la esperanza de exorcizar sus demonios. No dio resultado, pues unos minutos más tarde se sorprendió a sí misma sentada delante del portátil, su cuerpo envuelto en una toalla y su cabello chorreando, mirando la fotografía. Se obligó a vestirse. Guardó sus cosas en la mochila y salió corriendo del hotel. Había cambiado de opinión: no se marcharía sin saber quién era el individuo que acabó estampado en la acera. 

Volvió al lugar de los hechos. Se sentó en un banco ubicado en frente del edificio y miró hacia arriba. El cielo estaba completamente despejado y soplaba una suave y agradable brisa primaveral. No había nada extraño en la fachada, nada que llamara la atención excepto una paloma posada en la baranda de uno de los balcones que miraba inquieta a todas partes moviendo su cuello con decisión. Sabía que él había saltado desde la quinta planta porque lo había leído en los periódicos y allí dirigió su mirada, buscando un indicio que arrojara algo de luz al asunto. Nada. Todo parecía normal. Entonces sacó la cámara, destapó el objetivo y apuntó hacia arriba con la vaga esperanza de que ocurriera cualquier cosa. Nada. Bajó la mirada y la detuvo en el lugar en que impactó el cuerpo de Rufus. ¿Por qué había sonreído en el momento exacto mientras caía a toda velocidad? ¿Cómo pudo darse de cuenta de que alguien en medio de la multitud lo estaba apuntando con una cámara fotográfica? ¿Qué motivos lo habrían empujado a abrir esa ventana y dejarse caer para acabar con su vida? Demasiadas preguntas por un desconocido.

Dos días después, cuando salía del hotel, una chica de la recepción le hizo un gesto para que se detuviera. Había llegado una carta para ella. Por un momento le pareció imposible que alguien le escribiera una carta porque nadie sabía que se había tomado unos días libres y que había viajado a esa ciudad; pero ahí estaba el sobre con su nombre y apellido. Cogió el sobre y salió del hotel; caminó hasta un café situado a pocos metros calle arriba, se sentó en la terraza y con el corazón a mil por hora giró el sobre para ver el remitente. Rufus Schmith, leyó. Cuando llegó el camarero a tomarle nota, éste vio a una mujer con el rostro desencajado y pálido que temblaba sin control en la silla con un sobre en la mano. Tras unos segundos, Anna pidió un té y en cuanto el camarero se fue abrió el sobre de manera brusca, con un gesto de desesperación. Había una hoja escrita a mano con tinta azul. “Querida Anna”, comenzaba. Se detuvo hasta que el camarero dejó sobre la mesa el té y una pequeña bandeja con el tíquet. “Sabía que estarías ahí a la hora oportuna y en el momento preciso, tú siempre tan diligente”, seguía la carta. Debía tratarse de una broma de mal gusto. Despegó la espalda de la silla y miró en todas las direcciones; la gente seguía con su vida, como siempre. Retomó la lectura. “Quería regalarte una sonrisa antes de desaparecer para siempre”. Definitivamente, alguien le estaba gastando una broma, aunque pensándolo bien ¿cómo era posible si nadie había visto la fotografía? “Tú no lo sabías, pero te amé con locura durante toda mi vida. Soy la persona a la que siempre buscaste y a la que, sin embargo, nunca esperaste encontrar. En cualquier caso, gracias por la fotografía. Lamento el espectáculo que tuviste que presenciar, era la única manera de que supieras que estaba vivo. Ya no volveré a ser invisible nunca más. Ahora soy libre, al fin. Con cariño, Rufus”. ♦︎

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