Preacher

A las siete de la noche salía de la agencia de publicidad y conectaba los audífonos para escuchar Virus de Björk en el camino, la versión en concierto del Roseland Ballroom de Nueva York, repitiéndola veinte veces al menos, si era necesario, tan solo para llegar a casa y sentarme sin camisa frente al monitor a ver vídeos budistas sobre relaciones saludables y emociones delirantes mientras fumaba veinticuatro cigarros en dos horas, estudiando la posibilidad de abandonar no solamente la agencia y sus perpetuos simulacros de felicidad, sino el sitio donde vivía, la ciudad donde vivía y donde me estaba pudriendo de asco, y el colchón en el que mi novia, cuando dormíamos juntos, se imaginaba a su anterior pareja, con quien, según me había dicho, sostuvo una relación sadomasoquista. El psicólogo me había diagnosticado una neurosis benigna y, a cambio, yo le describía cómo mi relación se iba deteriorando desde el momento que se inició, se había degradado casi desde el momento en que la conocí, le dije, irremediablemente, y un par de semanas después ella me llamó borracha para contarme a gritos que había roto el cristal de un automóvil a media esquina de la casa donde vivía temporalmente, y la encontré en el suelo, histérica, e hicimos el amor entre ropa sucia. No había mucho de lo cual pudiera sentirme orgulloso en esa relación, le dije al psicólogo, ni lo habría después, sin embargo por momentos me parecía que ella era la única fuente de cariño que podía tener a mi alcance, y eso, en el fondo, era patético, le dije, planeaba incluso casarme dos semanas después de haberla visto, y llegué a la conclusión, por supuesto errada, de que podría hacerme cargo de su vida. Pese a que deseaba irme de aquella ciudad y desarrollar mi escritura en otras latitudes, en la agencia de publicidad no me pagaban lo suficiente, era explotado pero no me pagaban lo suficiente, extraña forma de demostrar que podíamos ser felices, y cada lunes fingíamos que los problemas no existían, delante de los dueños, en esa gran fábrica de apariencias que es la publicidad me había enrolado, y no había modo de huir, me había afantasmado, sin opciones. El amigo con quien rentaba una casa era un compañero de trabajo al que habían despedido, y si yo desobedecía las reglas impuestas por los dueños hacia un ejército de diseñadores y redactores jóvenes que reemplazaban su escaso nivel de creatividad, toda vez que la agencia era el fenómeno asombroso de la región, también me despedirían. Yo fumaba en el patio, a veces, o me encerraba en la habitación de las ideas, así designaban el sitio en el que desarrollábamos las campañas, a leer Masa y poder de Canetti, o iba a la tienda a comprar un té helado y me acostaba en el parque a mirar los árboles, debido a que el dinero no era suficiente para un almuerzo completo, y en esos instantes la versión de Virus de Björk en el Roseland Ballroom de Nueva York lograba evadirme del extraño momento que estaba atravesando. Mi equilibrio interior, en esa época, se había roto, en mi intento de hacer las cosas bien, las había hecho mal, pensaba, y admitirlo me deprimía muchísimo, le dije al psicólogo, de ahí que por las noches no lograse conciliar el sueño, me quedara observando el cabello de mi novia y sus piernas, y me acercara de pronto a besarla, y al día siguiente le dejase un sándwich en la cocina. Irme de aquella ciudad, abandonar a esa chica, saber que no regresaría pronto delineaba un panorama turbio, y no hacerlo, anclarme a una empresa miope, a una relación que se desmoronaba apenas dar un paso, a un círculo social de poetas en el lodo y escritores vulgares, me perseguiría durante años, qué me esperaba allí sino engendrar tres hijos en una casa de clase media, en el agujero de la vida provinciana, seguir jugando a ser un escritor menor en una huerta diminuta, en un establo, y recibir algún premio local intrascendente, me esperaba allí lo intrascendente, le dije al psicólogo, y ella, en tanto sus sueños de sadomasoquismo estaban en España, cuya crisis era cada día mayor, necesitaba irse, ponerse la soga al cuello, le esperaba, se dirigía hacia su propia catástrofe sin darse cuenta. Pero yo también estaba en crisis, refugiado en su vagina desde la muerte de mi abuela y la enfermedad de un amigo, a quien operaron de un tumor en el cerebro, le abrieron el cráneo a ese amigo mío catalán de quien dejé de tener noticias, precisamente en Barcelona, en tanto ella soñaba con su brillante futuro sadomasoquista, le decía al psicólogo, a él le abrieron el cráneo, y cuando volví a encontrármelo, porque no había ninguna posibilidad de salir adelante, me entregó una carta de recomendación, gracias a la cual encontraría empleo una semana después, ya lejos. Salía de la agencia de publicidad a las siete de la noche, conectaba los audífonos y caminaba cinco kilómetros, y así me despedía imaginariamente de mi abuela muerta, de mis animales muertos, de mis enemigos muertos en la imaginación, de mis amores muertos en la imaginación, y de mis desdichas muertas, con la versión de Virus de Björk en el Roseland Ballroom de Nueva York, a salvo de la podredumbre que dominaba el ambiente, última acción que podría recuperar a la distancia, le dije al psicólogo antes de cerrar la puerta, rumbo al aeropuerto y, desde arriba, despedirme. ♦︎

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