Paul Auster y la soberbia

Paul Auster. Foto: Getty Images.

A pesar de que no sé mucho acerca de Paul Auster y he leído apenas tres libros, me veo en la necesidad imperiosa de comentar y abrir un debate sobre uno de sus títulos más significados: La Trilogía de Nueva York (2008). 

La Trilogía de Nueva York es una novela que se divide en tres partes, tres historias. Al principio pensé que serían relatos diferenciados, aunque con puntos en común en la temática. Pero no. A medida que se comienza a tener uso de razón y se va comprendiendo la narración el lector se da cuenta de lo mucho que se parecen los tres relatos, casi tanto como si el protagonista estuviese contando la misma historia una y otra vez. Ocurre esto sobre todo con los dos primeros relatos, Fantasmas y Ciudad de Cristal, por su recorrido y desenlace. En la tercera historia se siente que se es ya partícipe de ella, piensas que ya vas entendiendo a Auster y que sabes por dónde va a ir. Te marca el camino, como esos juegos para niños de unir puntos para lograr un dibujo final.

Pero, cuando al fin estás uniendo los últimos puntos, ¡bum!, a la basura. No te sirve de nada. Sin quererlo te ves en un círculo de preguntas acerca del carácter de los personajes, parecen todos desechos desperdiciados de la sociedad. O bien sobre la propia historia, ya que al final “eso que no leíste cuidadosamente”, de repente es vital. Las acciones no se corresponden con los personajes creados por Auster, y muchas veces acabas pensando: ¿por qué cojones ha hecho eso?



Entonces te centras e intentas, de una vez por todas, comprender la historia desde el principio hasta el final. La Habitación Cerrada, que así se llama el último relato del libro, surge de entre los muertos, con sus amores y aventuras, se crean fuertes lazos entre los personajes pero siempre en torno a la muerte o desaparición de una de las personas, a quien se idealiza al máximo, como hacemos todos con nuestros recuerdos. Resumiendo, una oda al hombre que lo deja todo por su afán de encontrarse.

Ahí se comprende a Auster, enamorado de sus letras, de su actitud y de sí mismo. Soberbio. A la vez hipócrita con la sociedad y poco justo con la humanidad ya que, en general los relatos de La trilogía son historias vagas y desoladas, donde el cuerpo humano queda expuesto al límite en situaciones de pobreza y desigualdad. Plantea preguntas interesantes en los momentos más lúcidos, como quiénes somos, qué hacemos y qué nos diferencia del resto de los demás. Pero si se plantean, más vale andarse con ojo. Todas las dudas e interrogantes que abre Auster en esta novela nunca serán resueltos. Recuerdo una frase en la parte final del libro, que dice: «No tenía sentido, y, por eso, tenía todo el sentido del mundo». Así, tan pancho se queda. ¿Cómo esperas que el lector entienda lo que ni tú mismo has podido responder? El lector debe ser activo en la lectura pero hay veces en las que ciertas adivinanzas no ayudan.

Al principio de La Trilogía de Nueva York te adaptas como una plastilina a sus ideas y conceptos, a su metanovela en la que él mismo se disfraza de protagonista, a sus metáforas mezcladas con sus historias policiacas, a su ciudad y a su retórica. Se comprende lo importante que es el paisaje urbano, sin Nueva York nuestro querido Paul estaría perdido, sus calles le orientan y le guían hacia el siguiente paso.

A pesar de su soberbia, este escritor remueve, su sensibilidad vital está latente durante cualquier episodio. Pero es cierto que no es una lectura veraniega. Fallo mío. La última cosa que me gustaría hacer es preguntarle a Paul Auster: ¿debería leerte en invierno? Quizás a esta pregunta sí sepa responderme. ♦︎

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