Lento y grave

El escenario recordaba al paisaje nocturno de una autopista sin tráfico, los focos rompían en duro contraste sobre el piano, como sobre un charco destinado a secarse. Un Queppier de gama alta, color negro con brillo. Era el piano más caro ante el que Julia se había sentado. 

La tarde anterior, durante los ensayos, Julia estuvo distante del grupo. Casi la totalidad de los implicados se mantuvieron atentos a las prácticas del resto. La luz era tenue en la sala, con las butacas iluminadas, el escenario iluminado y hasta el techo iluminado. Los plafones verdes de emergencia en perfecto estado. A la entrada del auditorio nadie esperaba a nadie. El sitio era un lugar de paso. La gente regresaba a casa con la ropa del trabajo, los autobuses pasaban y por allí no bajaba ni un alma. Julia sacó varios cafés de máquina antes de su turno, no estaban mal, pensó tras el primero.

Llegó su tiempo de ensayo. Se dirigió hacia el Queppier, antes de alcanzarlo se cruzó con un inglés, que la saludó, amable. Julia asintió con cara de pocos amigos, era su gesto habitual. No trataba de ser descortés, aunque sabía que aparentaba serlo. Tampoco le importaba demasiado. Se sentó, probó las manivelas del sillón. Colocó la partitura y comenzó a tocar, su obra era el Preludio nº 1 de Debussy. Interpretó la pieza una vez, con brío. Supo que era suficiente, un piano igual que cualquier otro. Recogió la partitura y salió del escenario. Entre bastidores se cruzó de nuevo con el chico inglés. Esta vez se estrecharon la mano, por iniciativa de Julia. El chico pareció ilusionado tras el gesto. Julia siguió hacia la salida, se palpó el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un paquete de cigarrillos. Estaba vacío, lo arrugó y lo tiró a una papelera. Compraría un par de cajetillas por ahí, ya vería. Estaba en una ciudad extranjera, sin padres ni tutores de ningún tipo, absolutamente sola. Tenía dieciocho años. Ojalá la vida fuera siempre así, pensó, y tomó la primera avenida a la derecha, sin tener la más remota idea de a dónde iba. 

***

De la misma forma que el escenario, un lugar entre tantos en el paisaje de carretera, los camerinos recordaban al servicio de una estación de paso. Un universo circunstancial. Julia sentía la garganta seca, un ligero temblor en las manos, que trataba de contener guardándolas en los bolsillos. Sus sentidos enloquecían antes de entrar a escena, era algo que le ocurría desde cría. Todos los sonidos se tornaron difícilmente audibles. La vista, sobre párpados cansados. 

El silencio se quebró. Un nutrido aplauso despidió al chico que acababa de interpretar el Preludio en Do sostenido menor de Rachmaninoff. Julia pensó hasta qué punto sentarse delante del teclado de un piano y sacarle una melodía era algo necesario para su propio ser. Había imaginado varias veces que abandonaba la música, y siempre habían resultado estas fantasías hipótesis esperanzadoras. Lugares más allá de la cotidiana tristeza. Julia sabía que en lo más profundo de sí misma, entre las causas de su identidad, se encontraba el lenguaje a través del piano. Era algo que no podía negar, de la misma manera que no podía negar su nombre, o un recuerdo lejano e imborrable, del mismo modo que no se puede olvidar una cicatriz que cambia el tono de la piel. Sin embargo, no es necesario mirarse la cara cada día en el espejo para saber quién se es, pensó. Toda la vida entera podría pasar sin ver mi cara, las décadas cambiarían mi rostro y no dejaría de ser quien conozco, concluyó para sí misma. 

El aplauso de despedida para el inglés se sincopó con la presentación megafónica de la interpretación de Julia. Los focos resultaban hipnotizantes. La partitura de Debussy regresó a su cabeza, sin existir más pensamientos que la visualización mental del pentagrama. Caminó hacia el piano, ante la inmensa oscuridad que componen mil personas mirando todas al mismo punto. 

El aplauso de entrada fue largo y compacto, Julia se violentó positivamente ante tal recibimiento. Se sentó sobre el banco rectangular, con calma lo ajustó a su altura, estiró los dedos y los apoyó con levedad sobre el teclado. Sin abandonar la caricia sobre las teclas sus manos tomaron la posición inicial. La espalda perpendicular al taburete, los brazos en ángulo recto, las manos en postura de cuenco semicircular, y abajo las muñecas.

Visualizó mentalmente la partitura, la oscuridad se plagó de silencio.

Dedos cinco y tres de la mano derecha, cinco, dos y uno de la izquierda. Piano. Lento y grave. Julia avanzó sobre el pentagrama. Rondaba alrededor de un año el tiempo que llevaba preparando la partitura. La media de estudio había sido de seis horas al día, con un día de descanso a la semana, descanso activo. Acababa de superar el cuarto cambio de compás en apenas tres pentagramas, el resto de obras que había abordado a lo largo de su aprendizaje no significaban nada, no eran más que montones de tinta que nadie escucharía nunca. 

El momento presente se apoderó de todo tiempo. Los minutos constaban de cuarenta y cuatro negras divididas variablemente en ritmos terciarios alternados con binarios. La interpretación musical es el arte del presente. Las manos de Julia recorrían el teclado. Tres por cuatro nuevamente, pianissimo, acorde de fa y do. ¡No! ¡Fa y do, no!, chilló Julia mentalmente. 

El error no pasó desapercibido, la melodía se quebró indudablemente. 

Se detuvo, el silencio había crecido, llegaba a las afueras del auditorio, a la niebla de las calles. Quién sabía por qué había ocurrido. Julia no se atrevió a levantar la cabeza del teclado. No sabía qué hacer, si comenzar desde el inicio o retomar desde el punto donde estaba. Decidió respirar profundamente y continuar desde el último cambio de compás.

Pianissimo pero sin perder el ritmo. Julia superó el acorde errado y continuó. Los nervios se expresaron como aceleración rítmica. No era algo que convenía, se acercaba la parte más complicada del Preludio. Y volvió a ocurrir. La memoria de las manos que todo pianista posee le jugó una mala pasada, sus dedos volvieron a equivocarse. Esta vez cambió un la bemol por la natural y entró tarde la semicorchea tras el puntillo.

El auditorio contenía la respiración, los asistentes se miraban entre sí y alzaban las cejas. Julia tomó aire, e intentó retomar desde el mismo punto. Volvió a fallar. Trató de secar el sudor de las manos en el pantalón, pero no servía de nada, era una reacción provocada por la alteración nerviosa, y por lo tanto, incontrolable. Julia temió ante la posibilidad de no ser capaz de finalizar la obra. Tras el tercer intento superó el cuádruple acorde, colocando los dedos como si afrontase por vez primera la partitura. Habían ocurrido demasiadas cosas para interpretar libremente  los doce compases que restaban hasta el silencio de negra final. 

Julia avanzó temerosa hasta el último pianissimo. Dobles acordes picados en ambas manos, la clave de sol cambia a clave de fa. Acorde fuerte de blancas con puntillo, nuevamente pero pianissimo. Y si bemol para acabar. Grave.

Julia esperaba una cerrada ovación. Recibiría el aplauso más fuerte del recital, fue algo que supo desde el primer error. A la burguesía le encanta la caridad. Retiró la banqueta y se incorporó para saludar. Su gesto era serio, pero no avergonzado. La niebla de las calles entró en el teatro, ocupó las butacas vacías. 

Nadie aplaudió. Una veintena de manos quebró tímidamente el silencio durante cinco o seis segundos, y algún carraspeo cómodamente invisible. Julia salió por el fondo del escenario, como el resto de intérpretes. Cuando desapareció a ojos del público, un murmullo generalizado hizo acto de presencia. Entonces Julia irrumpió en escena nuevamente, el rumor se interrumpió de forma seca, inmediata.

Se detuvo delante del piano, con la mirada firme sobre las oscuras butacas. Colocó una mano a su espalda y otra bajo su pecho. Se inclinó, saludando por segunda vez. 

Retrocedió dos pasos, y con gesto de agradecimiento, avanzó para saludar una vez más ante el sepulcral silencio. 

Definitivamente, Julia abandonó el escenario. Lento y grave. ♦︎

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