Léanle a sus hijos ‘La Odisea’

Ulises y las sirenas, 1891. Obra de John William Waterhouse.

Ha pasado mucho tiempo desde que Ulises, u Odiseo, surcara los mares. Se le atribuye al poeta Homero y la fecha de composición se cree que corresponde con el siglo VIII a.C.

La Odisea ha sido estudiada por muchos y leída por otros tantos. Considerado uno de los primeros escritos de la épica grecolatina, fue transmitida oralmente durante siglos. Analicemos la obra desde la perspectiva de un cuento tradicional, con el que deleitar a muchos posibles futuros lectores y atraerles al terreno de la literatura, tan vilipendiado y olvidado en la actualidad. 

Esta obra cumbre de la literatura universal recoge muchos de los rasgos que atraen al lector contemporáneo: el regreso de Ulises a Ítaca y la derrota de los infames pretendientes de su esposa Penélope son acompañados de componentes como sexo, violencia, monstruos y una visita a los Infiernos. Y este combinado de características es, precisamente, lo que define el día a día de los superhéroes más populares del momento. No solo ellos, sino también la más que divulgada Juego de Tronos bebe de los mismos atributos, en lugar de Caribdis, hallamos a los tres dragones, en lugar de Odiseo, a Daenerys. 



La aproximación a la voz de uno de los escritores más inmortales de la historia de la literatura desempolva un aluvión de escenas que quedarán en la retina de los oyentes o lectores. Muchas de ellas ya atrajeron a pintores como el prerrafaelita John William Waterhouse

Las diosas

Todas los personajes femeninos de la Odisea tienen níveos brazos, o pies de plata, o rubios cabellos, o bien son las más hermosas mujeres con las que puede un hombre buenamente toparse. Pero más que “mujeres” son diosas. 

Una de las razones por las que Odiseo no puede volver a su anhelada Ítaca tiene nombre de mujer: Calipso. La diosa le retiene en su isla, Ogigia, con el afán de convertirle en su esposo y darle vida inmortal. El héroe de Ítaca se niega a aceptar el trato y solo desea regresar a su hogar, aunque ello no le impide gozar de la belleza de Calipso.

Uno de los episodios más mágicos de la aventura de Odiseo viene de la mano de Circe, realiza su estelar aparición cuando convida a la tripulación del héroe a disfrutar de un sabroso ágape en su palacio de la isla de Eea, en el canto X de la obra. Sin embargo, Odiseo, más precavido, no acepta presentarse en el palacio de la diosa. Durante el banquete, la poderosa maga toca con una varita, cual Merlín, a los invitados. Bajo su hechizo, estos se convierten en cerdos. Para evitar el daño, Odiseo ingiere una planta de raíz negra y flor blanca (el moly) por consejo del dios Hermes. Tras triunfar sobre los hechizos de la diosa, Odiseo vive un año de placeres con ella.

Otra de las diosas, cuyo rol es primordial en esta historia, es Atenea. Similar a Arya Stark cuando experimenta su formación en el templo del Many-faced God, la diosa griega es capaz de metamorfosearse bajo diversas pieles, como por ejemplo el momento en que se transforma en Méntor, viejo amigo de Odiseo. Con esta apariencia antropomórfica ayuda a Odiseo a librarse de los pretendientes. La diosa es bien conocida por su afán guerrero y es la única de “ojos de lechuza” a la que no se le atribuyen los característicos rasgos de belleza femenina que surgen en la obra. 

Violencia

La violencia más descarnada puede detectarse en dos cantos de La Odisea: los cantos IX y XXII. En el primero de ellos Odiseo relata su llegada a la isla de los cíclopes, los sin ley, donde habitaba «un hombre monstruoso […] no se parecía a un hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas montañas». 

Odiseo seleccionó a doce de sus mejores compañeros para introducirse en la cueva del cíclope, repleta de quesos y de corderos. El héroe decide esperar al monstruo para ver si de su mano recibe los consabidos dones de la hospitalidad que tanto aparecen en la obra: era tradición recibir al viajero con unos regalos de bienvenida. No obstante, en lugar de ello, el cíclope opta por devorar a los compañeros de Odiseo. Con este acto ofrece al lector una antropofágica carnicería: «agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos se esparcieron por el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus miembros y se los comió […] sin dejar ni sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos llenos de meollo».

Si hacemos un salto en el tiempo y llegamos al canto XXII, el lector recorre por estas últimas páginas de la obra la venganza de Odiseo sobre los pretendientes que devoran sus bienes y se pelean por el corazón de su esposa Penélope. El primero que prueba la ira del héroe es Antínoo. Cuando Odiseo dispara sus flechas, el lector presencia esta poderosa escena: «le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en línea recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la mano al ser alcanzado y al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su nariz».  

A Leodes le clava la espada y le atraviesa el cuello, «y mientras todavía hablaba Leodes, su cabeza se mezcló con el polvo».

Monstruos

Además de la aparición del cíclope, Homero reúne a varios de los monstruos más característicos de la obra en el canto XII: las sirenas, Caribdis y Escila. 

Al contrario de la dulce y sumisa imagen de la Ariel de Disney, las sirenas de La Odisea son seres monstruosos, mitad ave mitad mujer, que provocan en los hombres unas irrefrenables ansias de lanzarse al mar cuando escuchan sus cánticos.

Prevenido por Atenea de las letales consecuencias del canto de las sirenas, el héroe de Ítaca ordena que amarren su cuerpo al mástil de la navegación para poder escucharlas, mientras la tripulación rema con paños y cera cubriendo los oídos. 

El mar en la obra se presenta como un elemento sujeto al capricho de los dioses (Poseidón intenta matar a Odiseo, pero Calipso y Circe mandan suave brisa a la embarcación) y plagado de horribles deidades submarinas.

Caribdis, por otro lado, es el mortífero remolino que traga todo barco que ose atravesarlo. A su lado aguarda Escila: «doce son sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres filas de dientes apilados y espesos, llenos de negra muerte». Este monstruo marino, antaño una dulce ninfa, devora a parte de la tripulación de Odiseo. 

Descenso a los Infiernos

Mucho antes que Dante, Homero ya había empujado a sus personajes a visitar a Hades. En el imaginario griego, solo los dioses tenían acceso a los Campos Elíseos y a una vida inmortal llena de placeres. Las almas mortales yacían en el reino de Hades, donde moraba el dios de la muerte junto a su mujer, Perséfone.

En el canto XI, Odiseo desciende a los Infiernos para consultar las predicciones del adivino Tiresias. En ese lugar falto de luz y alejado de los hombres se congregan a su alrededor las almas de los difuntos: doncellas, guerreros, ancianos e incluso algún compañero del héroe cuya alma descendió al Hades una vez muerto, así como el alma de su difunta madre, Anticlea.

¿Por qué deben leer a sus hijos La Odisea? Todo lo que se halla en Juego de Tronos, en las aventuras de Batman, de Superman, etc., fue una vez compilado y escrito por alguien que vivió hace siglos: el poeta Homero. Y está bien que con nuestras voces, a la orilla de la cama de un niño, hagamos resurgir las voces de los muertos, retornemos a los orígenes.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies