La sociedad del clic: entre la muerte del discurso y la derrota del tiempo

“Yo no escribo para matar al tiempo
ni para revivirlo
escribo para que me viva y reviva”

Octavio Paz

“Pero mientras hemos dicho esto ese presente, ese ahora instantáneo en que estábamos ha pasado ya, y se ha hecho definitivamente pasado, pretérito. Las cosas futuras que lograron ser un instante han dejado de ser. Nosotros mismos somos ya, en gran parte otros”

José Ortega y Gasset 

 

Algunas consideraciones iniciales

Ciertamente, no es necesario ser un observador especialmente atento de la realidad social para percatarse de algo: vivimos en una sociedad cada vez más ligera. Las televisiones se aplanan, los móviles reducen su peso mientras aumentan sus características técnicas, e incluso los incómodos volúmenes repletos de información pueden comprimirse en un dispositivo electrónico cómodamente transportable. 

Todo actúa pareciendo guiarse según criterios nanométricos, secundando la vieja premisa de que lo divino camina con pies delicados. No parece haber inconveniente en liberar peso y ceder a la conquista de lo minúsculo, como símbolo de un libertad que se amplía vertiginosamente con cada avance tecnológico. 

Ilustración de Oliver Munday.

Con todo, no son escasas las derivaciones adicionales que este fenómeno alberga, pues también el saber, el tiempo, los discursos políticos o los propios cuerpos se han miniaturizado. No sería desatinado advertir que la ligereza se ha instaurado como un hecho social total, que se expande a todas las esferas de la vida cotidiana como un agente colonizador imperceptible.  

Paradójicamente, la modernidad líquida ha pasado de ser un concepto crítico a convertirse en toda una aspiración vital. La permanencia o continuidad es vista como algo pesado, hay que ganar al tiempo la batalla, actuando antes que pensando —parece un clima propicio para la pulsión hiperconsumista, y lo es—. En el ínterin de la batalla, la seducción se impone a la convicción, que no puede competir con su inmediatez.

De manera acertada, Sloterdijk se plantea qué perderemos en la confrontación y por qué hemos de aceptar el duelo. No se trata, en caso alguno, de poner trabas al recorrido de las innovaciones que advienen, ni de perfilar un panorama catastrofista de lo que acontece; el objeto reside más bien en pretender dilucidar si esta huida temporal y espacial hacia adelante es inofensiva, o si por el contrario, esta nueva sociedad del clic se antoja una falsa panacea.

En la búsqueda de esta comprensión, se impone la necesidad de reasumir lo universal y lo singular en un único y constante proceso dialéctico, donde disciplinas como la sociología y la filosofía retornen de su aparente divorcio, para constituirse juntas en un único marco de análisis conjunto. Para ello, será necesario valerse de ejemplos fácilmente identificables por el lector, que contengan a la vez un alto índice de coetaneidad, aun a riesgo de padecer una pronta caducidad en el diagnóstico. Siguiendo dicho tenor, centraremos las líneas que siguen en perfilar las implicancias que en diversos campos tiene este fenómeno todavía en ebullición. 



A saber: los medios de comunicación y su evolución adaptativa en consonancia con la llamada la revolución 2.0, la variación del discurso político en tiempo de prime time televisivo, el advenimiento de una nueva literatura que navega por las redes sociales, y de manera más general, las modificación en el imaginario colectivo del sentir temporal y su aprovechamiento personal. 

En cualquier caso, es esta una radiografía más ensanchada que honda, con objeto de suscitar un debate sobre los cambios —estos sí, de abismal trascendencia—, que vienen a acontecer en los últimos tiempos como una inercia de ánimo totalizador.

Medios por la noticia o la primicia como éxtasis mediático

En los últimos años, el periodismo ha entrado en una crisis de múltiples vértices: pérdida de su credibilidad ante la ciudadanía, precarización de los profesionales de la información —especialmente de los más jóvenes—, una confusión generalizada acerca de cómo afrontar la revolución tecnológica y de la información, por mentar únicamente los más evidentes.

En pocas palabras, se han mimetizado a un tabloide clásico del siglo XIX, con unos contenidos pretendidamente banales (continuidad en los escándalos, encuadre central de las celebridades, morbosidad en el crimen…). Esta asimilación de los valores del entretenimiento, ha sido contraproducente al menos en el campo de su subsistencia económica, pues pese a este supuesto acercamiento al gusto del consumidor, las cifras de venta y recaudación no cesan de disminuir. 

A este respecto, se ha venido recalcando el antagonismo entre dichos contenidos tabloide y un periodismo de calidad. Se primaría así lo interesante sobre lo relevante, en una mutación de la naturaleza de la información, simplificándose los formatos mediante la inserción de un número más elevado de ilustraciones, mientras que el vocabulario y el número de palabras por noticia se reducía.  

Si los ciudadanos se ven reflejados en sus medios de manera simbólica, este minimalismo periodístico se vería representado en el establecimiento de lo que Mazzoleni llama una «ciudadanía frágil», aquella que prima la sencillez en la comprensión sobre el contenido de la propia noticia.

Las redes sociales son ya la vía predilecta de los españoles para informarse, en un entorno de ubicuidad y saturación informativa, en la que el lector-consumidor siente vértigo ante la infinidad de elecciones posibles. En las redacciones, siguiendo la lógica naciente, se ha instaurado una búsqueda perpetua por la primicia (inmediata, en régimen de competencia con las redes sociales…).

Se produce una urgencia constante por dar con un hecho noticiable, en un proceso que se asemeja más a una fábrica de nuevas que a un trabajo divulgativo. Impera la rapidez en su publicación, en perjuicio de la calidad, la necesaria revisión del texto o la espera por ver cómo se desarrolla el acto en narración. En definitiva, no solo se acortan los textos finales, también los procesos que llevan a su producción.

Esta carrera por la primicia impone una homogeneización de temas, tratamiento y los argumentos utilizados, empobreciendo el debate con enunciaciones vagas y semejantes. El dictado del última hora reducido sustancialmente el periodismo de investigación, ante la imposibilidad del periodista para invertir dos meses exclusivamente en un asunto.

Mientras la pregunta de la década para los comunicadores sociales tiene mucho que ver con la supervivencia de la industria, en otros campos es pertinente cuestionarse qué periodismo vendrá y cuál será su papel social. Dicho en otros términos, si los medios de comunicación continuarán siendo intelectuales colectivos, o si por el contrario, las redes sociales u otros canales más inmediatos ocuparán su posición de influencia en la esfera pública. 

No se equivocaba el profesor López Aranguren en su convencimiento de que las profecías no suelen cumplir sino a medias, y con toda probabilidad surgirán en los años que advienen actores que disputen a las redes sociales su hegemonía en el plano no solo comunicacional, también social y cultural. Aunque también cabe la posibilidad de que sea un engañoso espejismo sociológico, cuya omnipresencia sobredimensione sus capacidades reales.

Los retos no son menores: la consolidación de un periodismo abierto o microperiodismo —según la categorización de Pérez Colomé y Domínguez Martín—, obligará a los grandes medios nacionales a revisar sus estructuras y su forma de entender el oficio. La competencia con esta alternativa de comunicación amateur puede ser contraproducente, si se convierte en una carrera de velocidad por emitir primero la novedad —con toda evidencia desigual, si los sujetos en comparación son una noticia y un tweet.

El nacimiento de nuevas plataformas de periodismo ciudadano, que hacen de la celeridad su mayor virtud, deben acabar siendo complementarias y subsidiarias de un tipo de comunicación más parsimonioso, haciendo valer la importancia de la verificación, y huyendo de la ola de posverdad que irremediablemente inunda el universo virtual. El hecho de que en ciertos proyectos de dicho tipo se repartan carnets de prensa virtuales, no debe llevar a confusión alguna; pues la división entre un periodismo profesionalizado y otro aficionado existe, y no es tan grácil como en ocasiones existe la pretensión de hacer ver. Informar de manera rigurosa no debe convertirse en una posibilidad sujeta al tiempo libre, a la predisposición del consumidor en red que no desea ya únicamente recibir estáticamente la información, sino intervenir en ella. En definitiva: no es aconsejable una suerte de Wikipedia de la actualidad como única fuente de información.

El periodismo ciudadano quizá sea el primero en llegar a las noticias, pero no es deseable que acabe siendo el único en hacerlo.

Sin tiempo para acontecer, sin tiempo de futuro

Irónicamente, los ingentes desarrollos que durante los últimos siglos y en todos los campos han facilitado nuestra existencia, han supuesto la creación de un muro que impide ver más allá de lo extremadamente cercano, un límite imperceptible al campo cuyo linde viene de su misma longitud. No hay roca material, sino la convicción de que nunca podremos llegar al final.

El planeta virtual, pese a ser un paraje que aspira a la perfección con un creador imperfecto, adolece de vicios semejantes. Es sorprendentemente sencillo acceder a terabytes del más destacado pensamiento humano, millones de lecturas que en una vida difícilmente da tiempo de abordar y que, en cualquier país occidental, conforma un legado accesible en solo un par de clics. 

Son gratuitos e insultantemente accesibles, pero igualmente no se consumen. El conocimiento, hasta el momento que escribo, se ha mostrado indiferente a las lógicas de la inmediatez. Dicho de otra forma, no puede adquirirse de manera urgente por mucho que se anhele ni por mucho que por ella quisiera pagarse, como una suerte de resistencia a la única certeza que la hipermodernidad permite: la mercantilista.



Si San Agustín se preguntaba sin preguntarse por la esencia del tiempo, hoy sería más oportuno preguntar por su precio. La intensidad consumista es tal que se hace absurdo pensar que todo lo que concebimos no pueda comprarse, o en otros términos, adquirirse sin una inversión que no sea el propio tiempo.

Incluso el amor eterno, que no sigue la fugaz corriente de la edad, parece poco apropiado para una sola vida. Pero no solo se aspira a reducir al mínimo el tiempo de convivencia amorosa, sino también el del conocimiento primero de la otra persona. Cortejo, seducción, conquista: términos todos ellos anquilosados en su durabilidad innecesaria, como precio que no cubre el valor y viceversa.

En las cohortes más jóvenes, un simple examen en la pantalla del móvil comienza a ser más que suficiente para resolver si se entablará conversación con la persona en cuestión. La aplicación de contactos muestra fotos aleatorias, con un precario texto donde incluyen aficiones y gustos, una biografía que ha de sustituir a la primera impresión. 

Primando en la presentación los adjetivos de lo ligero —divertido, extravertido, con afición por la música y salir a bailar—, lo que Neil Postman describe como «divertirse hasta morir», una autoimposición social para no mostrarse latoso y torpe, aun a riesgo de ver desvirtuada la propia personalidad. Lo verdaderamente problemático es si ese aparente hueco de lo personal, esa proximidad y conocimiento imaginario, dan lugar a error. 

Cayendo en la inercia de que la cercanía a la realidad facilita su comprensión, lo que Manuel Cruz llama la «densidad de lo real». La filosofía puede ser únicamente liberadora si andamos su camino de salida, las indicaciones para abandonar el encierro que antes hemos percibido como propio. Pero para ello hay que decidirse por abandonar una existencia inauténtica, aquella que tomando la premisa heideggeriana, no se cuestiona los lugares comunes, aceptando sin demora las creencias que le arriban.

Un final dolorosamente previsible no debe llevar necesariamente a querer ganarle la batalla al tiempo, cuando realmente no existe contienda ni lucha. Indudablemente, nuestra naturaleza finita —el hombre es un ser para la muerte— marcará la experiencia temporal que nos alberga; pero no es preceptiva la ubicación propia entre los anemófilos del tiempo infinito y el cambio incesante, y los cronistas que observan el tiempo perdido como acto apocalíptico.

No es pertinente acelerar el proceso de muerte que es la vida, mediante entusiasmos y vigores puntuales, acumulación de microacontecimientos a la búsqueda del definitivo, del gran acontecimiento (que, terriblemente, es el mayor del que los menores huyen). Tras la sombra de una cotidianeidad que es alienación si nos vuelve anónimos frente a nosotros mismos, si impersonaliza nuestra existencia.

Para que nuestro tiempo no se convierta en un producto consumible, que debemos finalizar para volver a comenzar, agotarlo para volver a gastarlo una y otra vez, sin demora que le dé sentido, sin huir del silencio y del vacío; para sí hacerlo de la intensidad que no cesa.

Tomar una existencia de compositor, y no de arreglista ni de intérprete, es rebelarse contra la desindentificación de la sucesión de microacontecimientos que se encadenan sin relación alguna entre ellos, como dos cadenas acontecimientales dispersadas sin comienzo ni fin, sin relación ni causa.

Abarcar lo imposible: política para todos los públicos

El tempocidio, que se aligera con lo instantáneo —valga la redundancia— quiere acabar tanto con el tiempo, como quiere hacerlo con las actividades que le dan sentido o pretenden hacerlo.

En el caso de la política, ordenadora de las problemáticas sociales, representativa de  intereses plurales, se ha ido orientando hacia lo que podríamos denominar política por consignas: pasando a ser estas meros lemas o ideas-fuerza, para convertirse en el centro neurálgico del discurso político. No se pretende convencer, se intenta seducir acercándose al imaginario colectivo, en un ejercicio de electoralismo perpetuo donde apenas cabe el espacio para la reflexión.

El marketing político amenaza con convertirse en la única rama determinante de la Ciencia Política, pasar de ser una mera herramienta a convertirse en un fin en sí mismo; llevando a marginalidad la coherencia en el discurso, o la existencia de ideologías de cualquier índole.

También lo político es susceptible de su miniaturización, su dependencia de los altibajos y tendencias de la opinión pública, cuestionando su autonomía en pos de lo más comentado, los más visto, lo que más réditos puedan aportar en la campaña. El líder político que renuncie a la adopción será postergado, de la misma forma que lo fue el que no supo adaptarse a la televisión cuando la política se retransmitía radiofónicamente. 

Los programas de contenido político en prime time no son ajenos a la espectacularización del formato, y por ende, a los reducidos tiempos de intervención que limítrofes se brindan a los interlocutores. Los debates se juegan antes de la misma emisión: quién se sentará en la izquierda, qué turno tendrá cada candidato, cómo llegar a más gente —siguiendo la lógica del catch-all part o partidos atrapalotodo—. En definitiva, en una pugna entre publicistas, expertos en comunicación política en busca de la tecla ganadora, con las encuestas como mediadores de la opinión y la actividad política.

Ya advertía el filósofo José Luís Pardo en el año 2002, mucho antes de la irrupción de la llamada nueva política, de que los debates se habían convertido en una competición del no te quedes en el pasado; en la contingencia por obviar el pasado, únicamente mirar al futuro. Cuestión esta, al menos, en la que los nuevos actores políticos no han modificado sustancialmente el escenario del debate público.

Se niega lo trágico y la apariencia alegre es una obligación de la política pop, como en una sitcom donde las risas enlatadas te indican cuándo debes carcajear. Las movilizaciones sociales se amenizan con batucadas que las impregnan de un ambiente festivo, la confrontación política se realiza en las redes sociales en un ambiente humorístico: imágenes manipuladas, mensajes con mofas, críticas ácidas y ambivalentes.

Medir el tiempo, continuar el espectáculo

Es posible percibir esta  concepción lúdica permanente de la vida en otros muchos aspectos de la cultura que nos rodea. Este voltaje de las acción y la satisfacción instantánea, de la distracción incesante y la evasión alegre frente a la pesadez de la rutina, parece haber llegado a un campo aparentemente tan poco apto para ello como es el de la literatura y el de la espiritualidad, campos antaño concebidos como pesados.

En el campo literario, se suceden las propuestas minimalistas: micropoemas, microteatros, microrelatos. Caben fácilmente en un tweet, también en un envoltorio de azúcar; pero no es únicamente su extensión lo que los relaciona con este presentismo del instante, más bien es su contenido y su ánimo. Ello es especialmente perceptible en un ámbito tradicionalmente tan dado al ritmo de escritura y lectura lento como es la poesía.

Los jóvenes poetas utilizan una escritura directa y clara, para leer en un único vistazo por la redes sociales —sigue, efectivamente, su lógica de lectura—, y sus mecanismos de interacción han creado una suerte de fenómeno fan anteriormente ajeno a este género. Acompañan sus textos con fotos o música, espectacularizando por tanto su contenido y aumentando exponencialmente las ventas de sus libros y productos: contra todo pronóstico, incluso la poesía va camino de convertirse en un fenómeno de masas.

Es una literatura que se notifica en el smathphone, adultocéntrica y que busca una participación e interlocución menos espesa que la de la mera lectura. Merece, en cualquier caso, un detenimiento más profundo que el que aquí se esboza por las limitaciones de tiempo que esta ponencia presenta.

No es posible concluir este breve examen sin enunciar, al menos, temas que quedan para un análisis ulterior que supere al presente: ortorexia ideológica, desde el cuerpo al imaginario; evolución de un catolicismo nominalista a un ateísmo que mimetiza su escepticismo o, por mentar únicamente uno más, un turismo basado en el llamado provincialismo global o de mochila vacía.

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