La cima de la ficción televisiva: sobre ‘Al Salir de Clase’

Los protagonistas de Al salir de clase (1997 – 2002). Imagen: BocaABoca/Telecinco.

Recientemente se ha celebrado (licencia poética) el vigésimo aniversario de la serie Al salir de clase. Tal efeméride, claro, me ha hecho reflexionar, pensar, inciensar con las meninges que decía un amigo (bueno, él usaba los testículos en lugar de las meninges… y cojones en lugar de testículos, pero no quiero ser grosero). De todo ello han surgido dos reflexiones, hijas de la experiencia y la sabiduría. La primera, que servidor empieza a ser un madurito interesante. La segunda, derivada de la anterior, es que eso, lo de la edad, me pone de una mala hostia considerable. Y como mi psicólogo está de vacaciones (pagadas por todo mi grupo de amigos, sospecho) pues me he venido aquí a desahogarme a gusto. Con ustedes. Qué majos son.

Una advertencia. Como en Drugstore Magazine lo mismo te lee un hipster que un milleniall voy a trufar mi nostálgica intervención de algunas aclaraciones terminológicas que, aunque hacen más pesada y lenta la lectura, resultan del todo indispensables si usted, bendito lector, no tiene ni puta idea de lo que es COU. Que yo tampoco mucha aún a estas alturas, pero vaya…

Perfecto, al meollo. Telecinco da asco, ¿verdad? Pues no se pueden imaginar lo que era aquello a principios de los noventa. Les pongo en antecedentes, por si la edad no les permitió disfrutar de esa Florencia renacentista que fue nuestra más italiana televisión privada. Pululaban por allí sujetos como el ínclito Bertín Osborne (que presentaba un programa de citas, con ese tono picante-fachorro que tan bien domina… solo que además salía perpetuamente ebrio, o al menos eso parecía), Jesús Gil y Gil (un tipejo vinculado al franquismo que, como era un faltón de manual, hizo carrera en la España post-transición, ya ven… en su programa respondía a las preguntas de la ciudadanía metido en un jacuzzi con abundancia de lorzas, pelos y cadenas de oro al pecho… evidentemente lo rodeaban unas señoras cuya única labor era estar allí, en bikini) o, joder, mito de mitos, las Mamachicho, amén de otros programas menos mainstream pero pensados para paladares bien educados, como Ay, qué calor, un concurso emitido de madrugada que presentaba un señor con pinta de funcionario setentero y que consistía… bueno, no tengo ni puta idea de en qué consistía, más allá de, sorpresa, quitarle el sostén a las mismas muchachas del jacuzzi antes citado. Ya ven, calidad de la buena. ¿Qué la BBC tiene a los Monty Phyton? Pues allí estaban Cruz y Raya. Y del estilo…



Bien, en la segunda mitad de aquella década tan olvidable (Fukuyama, Nirvana y esas mierdas) la cosa se había templado un poco, pero tampoco era una maravilla. Y es entonces, en mitad de la nueva Atenas de las Artes y las Letras, cuando una sobremesa se cuela en nuestras humildes chabolas cierta sintonía maléfica. Y un título presentado con muchos colorines y aire de nostalgia pop. Al salir de clase. Guau. Y tal.

El ¿argumento? iba de que una paisana muy maja se mudaba a vivir con su madrastra (los hermanos Grimm retorciéndose en la tumba), y empezaba el “insti”, y formaba un grupo musical de éxito, y se enamoraba de un guaperas con el que no tenía nada en común pero que al final era el amor de su vida, y había malas y malos, y malos que se vuelven buenos, y salía Carlos Sobera, y la música parecía hecha con un teclado de los que te regalaban en la primera comunión, y los rebeldes no leían la Superpop y seguro que alguno hasta votaba a Izquierda Unida. Que era la Izquierda Unida de Anguita, ojo, la que olía todavía a comunista y rojo de toda la vida. Eso.

Vale, ustedes, amigos millenials que han dejado de seguir a su youtuber preferido para leer estas mierdas, dirán (acertadamente): oiga, Marcos Pereda (igual me cuelgan el tratamiento fino por la edad), ese argumento que cuentas parece, así a bote pronto una puta mierda, por lo que, oh, ídolo de nuestros desvelos ¿qué hacías viendo tal engendro? Atinada cuestión, sin duda. Que se responde muy fácil. Porque antes no había internet, membrillos, y solo existían cinco cadenas en la tele (estaréis flipándolo, ¿no?), y uno se conformaba con lo que ponían. Sobre todo a esa hora después de comer en que siempre, siempre, se acaba poniendo la caja tonta. Aunque sea para dormir.

Seguimos. Lo de la pareja protagonista era casi mera excusa para componer una serie coral en el peor sentido de la palabra, con tantos personajes que ninguno acababa de estar suficientemente dibujado y cambios de rol tan frecuentes que solamente podían estar amparados en una brutal suspensión de la incredulidad o en una redacción realizada en las sucias catacumbas de un frenopático victoriano. Fueron ellos dos, también, los primeros en sufrir en carne propia el olvido de la Superpop, arrastrando sendos futuros que se cuentan entre los peores suplicios imaginados jamás por un Dante. Lucía Jiménez va a aparecer en un reality de famosos. Lo de Íñigo, el guaperas, es aun más grave: ahora lleva una academia de terapias naturales (lo que está bien) y se ha quedado calvo (lo que está mal). Calvo. Lo repito, es calvo aquel idolazo de quinceañeras con pelo posándose, sedoso, a ambos lados de su aniñado rostro. Pues eso. Calvo. Os jodéis.

Bien, me permito aquí un inciso, porque releo lo de más arriba y hay algo que a lo mejor no ha quedado claro. Me refiero a lo de que los protagonistas están en el insti (que es como se llamaba antes al instituto… si eras de un barrio malo se aceptaba ensti). Eso me imagino que los millenials lo entiendan (los no ni-nis) pero igual lo del COU no. Así que, hala, explicación.

El COU, o Curso de Orientación Universitaria, era el último año que se pasaba en el instituto antes de ir a la universidad. El nombre era equívoco, porque orientar no se orientaba nada, sino que se preparaba un examen de cierto estrés, denominado selectividad, que dictaminaba, así, en plan poder absoluto, si ibas a ser un brillante médico el día de mañana o te quedabas en mediocre abogado. En aquella España del postfelipismo todos los hijos de obreros (hijos de emprendedores no había tantos, porque antes al emprendedor con una tienda de mierda se le llamaba también clase obrera, no como ahora, que hay que usar palabrejas en inglés) iban a la universidad, porque nos habían inculcado que era lo que debía hacerse, y porque íbamos a ser, esta frase se repetía mucho, los primeros de nuestra familia en haber estudiado. Fue otra burbuja, vaya, bastante estúpida. Así por recordar en plan personal (cuidado, historión), me viene a la cabeza una vez que fui con los amigotes a ver una película infumable que se llamaba Secuestrando a la Señorita Tingle. Ojo al título y a nuestro ocio, que no es poca cosa. En realidad fuimos a verla a un cine diminuto de Torrelavega, el Arlequin II, que tenía una pantalla de, no sé, 26 pulgadas, y un total de 14 o 15 butacas. Sin exagerar. Vamos, que esas cosas se hacían para pasar la tarde tan ricamente (ayudaba que el cine era, queridos, mucho más barato… y que no nos descargábamos las pelis en casa). El caso es que allí estábamos y en la pantalla la adorable Katie Holmes (en su época anterior a comer placentas y creer en chorradas marcianoides) plantea en un descacharrante diálogo que al año siguiente “iría a la Universidad”. Y un alarido rasgó el silencio de la sala. “Haz un módulo”, gritó un amigo mío, que también iba a la Facultad. Todos los asistentes estallaron en carcajadas. Lo que no era complicado, porque nadie más que nosotros estaba en aquel cine. Acabo de comprobar la fecha de estreno de la película. Era 1999, yo nací en 1981. Lo más seguro, por tanto, es que la cosa no fuese tran graciosa pero nosotros estuviéramos borrachos. En el cine, que también era costumbre muy de aquí. Pero vaya, que eso era el COU. Fin de la cita.

Volvamos a nuestro tema. En Al salir de clase había un montón de intérpretes que, básicamente, iban rotando en sus relaciones sentimentales entre ellos, hasta que habían baboseado todos los labios de su edad y volvían a la casilla de salida (o se les largaba). Gran escuela de actorazos, por allí pasó gente tan conocida como Elsa Pataki (hoy afamada actriz de anuncios de lencería), el hijo de Curro Jiménez (mira, éste me caía simpático), Hugo Silva (que ahora sale en la muy querida El Ministerio del Tiempo, serie que tiene el ingrediente principal para merecer todo el cariño del mundo: respetarse sin tomarse demasiado en serio), o Pilar López de Ayala (que luego hizo de Juana la Loca, y tal). También estaba uno con pelo largo que ahora está calvo y hace las mismas terapias naturales que el Íñigo ese. Gracias Google, gracias magnífica genética capilar.

Bien, decía que al principio se veía por desidia, casi por no apagar la tele. Pero luego todo cambió. Porque la serie poco a poco se fue convirtiendo en una experiencia cada vez más psicodélica, cada vez más sublime en su ridículo fondo, en su abominable forma. Yo tenía otro amigo, compañero del instituto, con el que comentábamos al día siguiente los avatares de nuestros ficcionales compañeros, deletiándonos con el bouquet maravilloso de sus peripecias. Ríete de Melville, o Mann, aquello sí era arte. Por cierto, ese amigo mío es, hoy, guionista de televisión. Y también se ha quedado calvo. Ja, ja, ja. ¿Ven el patrón?

Pero decía que la cosa se fue poniendo mejor. Y lo hizo gracias a la unión de dos elementos maravillosos, dos milagros que con su sola presencia elevaban Al salir de clase a la categoría de icono cultural. Incluso, siendo osados, contracultural. Alternativo, cool, algo gafapastoide. Me refiero, claro, a los argumentos absurdos y los actores talluditos.

Empecemos por los problemas de edad, que es algo que me gusta. Al principio los actores de la serie aparentaban, más o menos, los años de su personaje (incluyendo los adultos, con un Carlos Sobera pre-ceja al frente). Algunos más que otros, vaya, pero colaban. Salvo, quizá, el tipo aquel que hacía de pijo y que tenía pelo engominado, y que era malo, pero luego bueno, pero más tarde malo. Daba mucho asco, seguro que le recuerdan. Mi amigo, el guionista calvo, decía que aquel rol era sin duda el mejor interpretado de todos. Tienes que odiarlo y le odias, ¿verdad? Y era cierto. Daba así como repelús, como esa sensación de haber tocado mucho rato a un perro que es bonito pero está empapado por la lluvia… esa misma. Y protagonizaba escenas de “sexo” (con más ropa que Esteso y Pajares, claro) bastante bochornosas. A mí el bochorno siempre me suma en una serie, que conste. Ídolo.



Pero después algo cambió, y a los productores se les debió encender una bombilla. ¿Y si ponemos gente de, no sé, treintaitantos años haciendo de adolescentes? Fijo que nadie se da cuenta. Dicho y hecho, joder, qué grandes sois. Por allí aparecía peña que, seguramente, se habían licenciado en la Universidad hacía años y estaban ya terminando su Tesis Doctoral. Pero puestos en el instituto. Viva la ficción española. Raquel Meroño, por ejemplo, con su pizpireto cutis de quinceañera. El propio Hugo Silva. Chavales hoy olvidados que tenían brazos de Hércules y más barba que un leñador del Baztán. O, mi preferida, Carmen Morales.

Carmen Morales es mi debilidad porque entronca los dos elementos que hicieron de Al salir de clase un puto mito posmoderno. De primeras tenía, no sé, setenta u ochenta años, y aparentaba ir al instituto. Y la gente se lo creía. Que, quiero decir, en mi instituto aparece una chica con esa edad, así de la nada, y lo primero que pensamos es que es de la secreta. Una infiltrada. Todos tirando la maría por los retretes. Esas cosas. Pero allí no, allí la acogían con absoluta normalidad. ¿Todos? Pues mira, todos no, porque la pobre Carmen Morales fue violada. Qué coño, fue violada varias veces en el transcurso de, no sé… ¿tres semanas? Quiero decir, solo Al salir de clase, con su tratamiento chabacano de la ficción, podía convertir una tragedia como esa en algo ridículo a la larga. En fin. Pero no era lo único. Había una banda de “malos” que se llamaba La Banda del Bate y, sí, pegaban hostias con un bate. Los guionistas con poco tiempo libre es lo que tienen, que sucumben a la presión. Solo que las hostias eran más falsas que la edad de Carmen Morales, y la banda no daba una mierda de miedo porque eran unos tirillas con cara de lagartijas. Pero en ese deleite de capítulos todos, todos, hablaban con temor de La Banda del Bate. Grandes. Que, también te digo, les hacía pasar yo por la zona de las vías y la estación que había en mi pueblo allá por los ochenta y ya verías tú si temblaban. Ni bate ni hostias. Pero esa es otra historia.

Contra La Banda del Bate se enfrentó Flipe, un tipo que pasaba pastis y se llamaba Felipe (ojo al sutil juego de palabras, joróbate Shesk… Shiks… bueno, el de Hamlet, vaya). Luego dejó las drogas psicodélicas (proceso que, tiembla Baudelaire, era simbolizado con el cambio de una chaqueta cochambrosa de aviador por otra más nueva de marca) y entró en la rueda sentimental entre personajes que señalábamos más arriba. También estaba uno a quien llamaban Turbo (tenía, a ojo, cuarenta o cincuenta años), y otros dos montaban un bar, un local claramente ilegal que se mantenía a base de vender farlopa a toneladas. Solo así se puede explicar que grupos como Bon Jovi (esos heavys irredentos) tocasen allí ante una concurrela de quince o veinte personas, que además apenas hacían consumición. Lo que yo les diga. Perico.

A estas alturas ustedes tienen el cerebro pelín congestionado con tanta purpurina. Pero aun queda la traca final. La que protagoniza algunos de los momentos más bochornosos de la historia de la ficción patria. Esos que nos hacen salir a la calle mamados hasta las patas al grito de yo soy español, español, españoool. Y tal. Me refiero, claro, a los veranos de Al salir de clase.

Y es que el éxito de la serie fue tan grande que Telecinco decidió exprimirla al máximo (ya ven, está todo inventado) y decidió que seguiría emitiéndose a diario en verano. Ocurría que, claro, algunos actores desaparecían esos meses. Y que, sobre todo, quienes estaban tomándose unas vacaciones eran, seguramente, los guionistas. O los escritores. O los padres de los guionistas. Alguien, vaya, porque de lo contrario es imposible explicar lo abyecto, ridículo, bizarro y, sí, SUBLIME, de aquellos argumentos de estío. Con nuevas y sorprendentes localizaciones como, no sé, una piscina municipal (donde los socorristas no se mojaban el pelo jamás… vaya, como en la de mi pueblo). O, sí, sí, sí, un campamento a lo Viernes 13. Uno donde, claro, violaron a Carmen Morales (¿originalidad? concepto sobrevalorado). Y donde, loor de loores, intervino como ¿actriz? Helen Lindes, una chica que fue Miss España cuando las misses salían por la tele, y que ahora está casada con un tipo de rizos que se llama Rodolfo pero al que llaman Rudy. Ojo, seguramente la peor actriz que jamás ha grabado nada en este país. Qué coño, sin duda. ¿Recuerdan a El Torete y su amigo en Perros Callejeros? (si no los recuerdan vayan a Youtube, millenials amigos, y vean qué delicia). Pues eran ambrosía pura, Al Pacino y Marlon Brando, comparados con una Helen Lindes a la que le dio tiempo de ser buena, mala, buena, mala y mala otra vez. Y a poner morritos. Y mohines. Obra maestra. Acojonante dirección actoral. Aplausos y lágrimas.

Si es que son demasiadas cosas, demasiada grandeza, demasiados recuerdos. La chica que iba siempre patinando (pero en plan serio, ¿eh?, no irónico… esto te lo pilla el creador de Me llamo Earl y te hace un capitulazo). Los conciertos de los diferentes grupos que formaban los propios “actores” metidos a “músicos” (aun tengo bastoncillos para los oidos con restos de sangre de aquella época). La cara de pasmo de Alejo Sauras. La mandíbula salvaje de Sergio Peris Mencheta (luego hizo de César Borgia con los resultados que todos nos podemos imaginar). Las luces. El neón. La publicidad de marcas apenas encubierta en mitad de un capítulo. La Superpop. Joder, las portadas de la Superpop. Qué época. Qué puta época.

Luego nos extrañamos de ciertas cosas que pasan en la actualidad. Y qué quieren. Rebusquen en los orígenes. Allí se encuentran siempre las respuestas. Y descarguen videos de Al salir de clase. Ustedes se lo merecen.

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