Julio Cortázar, el gran cronopio

Julio Cortázar.

Me van a permitir una rareza: no voy a hablar de Rayuela. No porque no me gustara.  Lo cierto es que la he leído dos veces, una linealmente, y otra saltando de la primera a la segunda mitad alternativa siguiendo las instrucciones del manual, y lo he pasado divinamente en ambos casos. He amado a la “Maga”, he sollozado adecuadamente cuando tocaba, y he reído mucho y con ganas con tan tiernos personajes y tan disparatadas situaciones. Sin embargo, no es Rayuela lo que más me ha quedado de lo mucho que he leído de Julio Cortázar

Tampoco su literatura más militante. No, desde luego, el Libro de Manuel, que digerí cuando se debía, me impresionó lo que era oportuno, y duerme intocado desde entonces en las estanterías de mi biblioteca. Que nadie se equivoque: no se trata de un rechazo (a mi vez militante) de su contenido. Creo que ese libro es muy bueno y tenía mucho sentido cuando fue escrito, independientemente de lo que se piense del momento histórico y de las dictaduras, por una parte, y los movimientos guerrilleros, por otra, que definían tal momento. Pero no es eso lo que hace que Julio Cortázar sea un hermano mayor en el recuerdo.



Hay que ir a los cuentos, a los relatos breves, a los textos inclasificables, para entender por qué la relación con él es diferente de la que uno haya tenido con cualquier otro escritor. No mejor, ni peor: diferente. Nos damos cuenta cuando recalamos finalmente en las Historias de cronopios y de famas, vislumbramos con claridad todo lo que hemos leído antes, y deseamos, por encima de cualquier otra consideración, ser clasificados como cronopios y desprendernos de cuanto (somos conscientes que mucho) nos identifica como famas. No se trata de hacer una suerte de ejercicios espirituales literarios, sino de una forma de estar en el mundo y en la vida. Es entonces cuando sentimos que quien ha escrito eso está presente, respirando el mismo aire, en la habitación en que le leemos. Y damos un hondo suspiro de satisfacción.

Si hay que elegir entre los cuentos, difícil tarea, supongo que no es nada original mencionar El perseguidor, esa historia de Charlie Parker (apenas disimulado el nombre) en la que se une la grandeza del jazz y los trágicos destinos de tantos de sus protagonistas. Julio Cortázar amaba el jazz, la música de su tiempo y del mío, y el jazz está presente en toda su obra, siempre vivo, siempre expresando lo que se lleva dentro, nunca como una música de ambiente. El jazz no ha nacido para ser emitido en esos “hilos musicales” que acompañan el trabajo de los administrativos o de las amas de casa. Tampoco para excitar griteríos adolescentes. El jazz es para escuchar y sentir, y une a quienes lo escuchan, mejor compartiendo igualmente un poco de whisky. Y uno, que ha oído mucho jazz, encuentra en los escritos de Julio Cortázar una parte, y no la peor, de su vida. 

¿Por dónde empezar? Quizá por Los premios, no sé si porque fue lo primero (aunque tardíamente) que leí de él, hace posiblemente cuarenta años o algo más. Lo pasé muy bien con Los premios, que era un tipo de literatura muy distinta de la que uno estaba acostumbrado. Para entonces ya había alumbrado el boom latinoamericano, y habíamos leído Cien años de soledad, La casa verde y otras cosas que nos habían abierto los ojos a un mundo literario, y a un mundo a secas, que nunca hubiéramos sospechado. Pero esto era diferente. Aquellos personajes, en aquel barco, en ese más que surrealista viaje, sin embargo, estaban muy cercanos a cualquier cosa que fuera nuestra. No prescindía Cortázar de lo esotérico, pero al situarlo claramente en lo imaginario o mágico, los personajes seguían siendo nuestros, los conocíamos de cerca. Y al final se tomaban una copa en el Jockey Club. Reconozco que en uno de mis primeros viajes a Buenos Aires quise hacer lo mismo, recordándoles, y tomé un gin-tonic en ese local. Debía estar más o menos igual que en los años cincuenta en que está ambientada la novela, incluso por la edad del camarero que me atendió. Fue inolvidable.

Es necesario volver a los cuentos. Fueron, si no estoy mal informado, ocho los libros de cuentos que Cortázar publicó en vida, con un contenido que seguramente (como es natural no los he contado) se acerca al centenar de piezas. No los he leído ni los tengo todos, aunque ahora están editados en dos o tres sólidos volúmenes. Sin embargo, los que he leído son bastantes, aunque me hayan quedado ganas de más. Son relatos que a menudo se alejan del realismo, pero que siempre están repletos de sentimientos y reacciones muy reales. No falta lo mágico, aunque administrado con prudencia. También está presente un cierto e inteligente sentido del humor, aunque en general los relatos no son divertidos, sino más bien tristes. Es frecuente la presencia del sufrimiento humano, para lo que no hacen falta demasiados aspavientos y, en cualquier caso, nunca da lugar al grito. Son, en pocas palabras, unos cuentos perfectos, en un género difícil, que remiten a lo mejor que ha dado tal género en cualquier idioma. Ya mencioné El perseguidor. Por poner otro ejemplo, aparentemente mínimo, Las babas del diablo, aquel del fotógrafo que capta con su cámara, sin proponérselo, el horror que hay detrás de una escena banal, y que dio lugar a la película de Antonioni Blow-Up. O el del chico que le roba la novia a su hermano, o…

A Cortázar se le lee a trozos, espigando en sus libros, abriéndolos al azar, o por lo menos así lo hago yo. Estoy pensando en los volúmenes de sus cuentos, esos cuentos en los que alcanza la auténtica maestría, o, más todavía, en libros como La vuelta al día en ochenta mundos, el mencionado Historias de cronopios y de famas, o Un tal Lucas. Textos inclasificables, divertidos, tiernos, a veces patéticos, siempre hurgando en las cosas que llevamos dentro, esas cosas de las que casi nunca hablamos. Cosas que, sin embargo, nos dicen mucho de nosotros mismos, aunque sea tan a menudo a través de anécdotas descacharrantes. Más que contar historias, lo que hace es plantear situaciones, generalmente mínimas, y verlas desde dentro de quienes las viven, con una aparente ingenuidad que, naturalmente, no tiene nada de tal. O divertirse generando manuales de instrucciones: instrucciones para llorar, instrucciones para cantar, instrucciones para contemplar pinturas famosas, instrucciones para subir una escalera…

Con las andanzas de Lucas, prototipo de cronopio, reímos a carcajadas (¡qué lástima me da el que no lo haga!) sin que la ternura que rezuman nos lo impida. Estamos con el personaje en las calles de Buenos Aires o, sin previo aviso, en París. Un poco como la vida del autor. Y no olvidemos que Buenos Aires era el París de la América Latina. Julio Cortázar pertenece a estas dos ciudades en un fructífero mestizaje. Es el más europeo y cosmopolita de los escritores de aquel continente, y, al mismo tiempo, el que se complace en escribir en el hermoso lenguaje porteño, sin ningún complejo ni ninguna concesión al academicismo. Leyéndole se siente uno pasear por la Plaza de Mayo. O por los Campos Elíseos, siempre plagados de sudamericanos añorantes. 

Pero no nos confundamos. Julio Cortázar puede ser triste, mágico, divertido o tierno, pero está en el tiempo, y de qué manera.  Sus posturas políticas y sus escritos militantes son suficientemente conocidos como para no tener que insistir. Especialmente su compromiso con la Nicaragua sandinista; la de entonces, no la de ahora. Fue miembro del Tribunal Russell y no cejó en su denuncia de atrocidades e injusticias, siquiera a veces el humo le cegara los ojos. Se echan de menos voces como la suya con lo que ha caído sobre el mundo después que se fuera. Murió en 1984, justo a tiempo de ver el final de la dictadura en su país, pero antes del desmoronamiento de tantas ilusiones y del brutal deterioro de cuanto suena a colectivo. No era un político, sino un hombre sensible a la injusticia y al sufrimiento ajeno, lo que automáticamente le llevaba a intervenir con posicionamientos políticos. Para cuando se fue, su aspecto, siempre juvenil, ocultaba mucho dolor, tanto colectivo como personal. 

Un cuarto de siglo después de su muerte se ha publicado un volumen titulado Papeles inesperados, en el que se recoge una inmensa cantidad de material manuscrito o mecanografiado encontrado en los cajones de un mueble de su casa. Son cuatrocientas y pico páginas sobre los más diversos temas que constituyen un libro tan placentero como todos los suyos. Es más, el inevitable carácter muy heterogéneo de estos escritos los hermana con los “collages” que en realidad son algunos de los mencionados más arriba. Desde luego, La vuelta al día en ochenta mundos o Un tal Lucas. En estos papeles hay cuentos, poemas, artículos de opinión, capítulos no incorporados a otros libros, y de todo un poco. Aparte de lo interesante y agradable que es su lectura, sirven sobre todo para perfilar más todavía la personalidad de su autor, mejor que lo harían unas memorias o un diario. Por descontado, nadie puede imaginarse a Julio Cortázar escribiendo unas memorias. Tampoco ocupándose disciplinadamente de un diario, aunque buena parte de su obra puede leerse como un auténtico diario.

A Julio Cortázar hay que leerle, pero, sobre todo, a Julio Cortázar hay que quererle. Escribió acerca de los temas que preocupaban a las personas de su tiempo y acerca de esas personas. Y de otros muchos temas que le interesaban o le fascinaban. En sus libros aparecen desde Julio Verne hasta Louis Armstrong, pasando por Carlos Gardel, Lezama Lima, Jack el Destripador, Isadora Duncan o Thelonius Monk, y conviven con naturalidad. Estableció para ello sus propias reglas, tan lejanas del academicismo como del realismo, y lejanas también del movimiento literario (el llamado boom) al que cronológica y geográficamente se le adscribe. Se llevaría bien con sus colegas, supongo, pero desde luego su obra tiene poco que ver con la novelística cultivada por Vargas Llosa, García Márquez o Alejo Carpentier. Fue atípico en todo, y también en su manera de escribir. Un punto singular, como se dice en geometría analítica. 

Fue un cronopio, el más grande de los cronopios, lo que es una contradicción, puesto que la grandeza es algo radicalmente opuesto al concepto de cronopio. Y él lo era: cronopio y grande. Contradictorio. Al mismo tiempo, ha sido uno de los mejores escritores en español del siglo XX.  Sólo por sus cuentos, en su conjunto una de las cimas, quizá la cima, en nuestro idioma de este género, merece el cuadro de honor y la memoria agradecida de cuantos le hemos leído. Por todo lo demás, el cariño que inspira algo tan original y cercano, a pesar de la lejanía. ♦︎

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