Gritos y desgracias desde el reverso del océano

Portada de disco de la cantante chilena Mon Laferte.

Es especialmente reconfortante reconocer el equívoco de uno mismo, sobre todo, en lo que a música, cine o a las diversas artes existentes se refiere.

Cuando vi por primera vez la imagen de Mon Laferte no me vino otra cosa a la mente que la de Amy Winehouse. Una mujer de pelo azabache y largo, lagrimando tímidamente versos de desgracia y desamor con una big band a su alrededor. Los ojos marcados con una larga línea negra, los brazos haciendo lo mismo con tatuajes. No hace falta distinguir otros muchos aspectos que me hicieron recordar de manera directa e inminente a la gran reina de Camden.

Todos estos prejuicios, que fueron medianamente disipados por las argumentaciones de la persona más perspicaz que tengo el placer de conocer, solamente fueron eliminados mediante un trabajo continuo y propio en el campo de batalla, con la instrumentación de un reproductor de música y la disposición de comprender qué quiere contar esta mujer nacida en la ciudad donde se encuentra la famosa Sebastiana de Pablo Neruda, en Viña del Mar, Chile.

Busqué todos los datos que configuran a esta artista de nombre original Norma Montserrat Bustamante. Encontré una larga carrera profesional con cinco discos de estudio (uno de ellos adscrito su nombre real, llamado La Chica de Rojo) y varios acertados cambios de imagen.



Sus influencias musicales, en lo que se refiere a su último disco, La Trenza, se han ido tornando hacia una actitud más folclórica, más tradicional. Clarinetes, armónicas y flautas que funcionan mucho mejor como edredón global que sus anteriores presentaciones, aunque mantiene esa vena áspera del desamor y el desengaño.

Porque si hay algo que recuerda a la artista chilena es el sonido de algo que quiebra y se parte en dos, como un hueso que se rompe o como el hielo cuando desiste y, finalmente, se raja. La voz de Laferte suena de forma angustiada y sin aliento, se escucha cómo sus palabras recorren su faringe hasta ser vomitadas sin miramientos.

Eso es justo lo que convierte a Mon en una artista tan especial: ya desde las portadas de sus álbumes dibuja lo que va a cantar después. Para eso solo hay que ver el disco con el que saltó a la fama, VOL. I, en el que hay más rímel que mujer y más lágrimas que vida. Tu falta de querer y Si tú me quisieras dan buena cuenta de ello. Sus letras están abiertas al público de igual o mejor manera que la propia cantante se desgrana sobre los escenarios. Nostalgia, alcohol, reprobación y recuerdo son algunos de los ingredientes con los que suele condimentar sus discos, algo que no ha cambiado desde, prácticamente, sus principios en la música.

Su forma de entender y trasladar su universo interior en una lírica tan sutil como afilada sería una de las múltiples características que presenta la cantante chilena para que sus homólogos bajo los focos, Juanes y Enrique Bunbury, quisieran colaborar en dos de sus últimos temas, Amárrame y Mi buen amor, respectivamente. En especial éste último, que pone de vuelta y media a cualquiera que se le proponga, en el buen sentido se entiende. Si no, que le pregunten por su mitica Lady Blue, por no llegar al agudo y bien acertado reproche Puta desagradecida.

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