El tipo de la estación

Entré en la estación de autobuses y miré el reloj, al cual no había prestado ninguna atención en todo el trayecto hasta llegar allí. Quedaba un largo rato para que fuese la hora de poder subir al vehículo. Maldición, eso realmente me jodía.

Había sido un día bastante duro, un día de esos que te exprime y hace que quieras desaparecer, o simplemente te difumina el contorno o te envuelve el alma en una nube de transparencia, la misma que hace que los perros persigan a la noche, o que la noche traiga un pedazo de infierno a este otro infierno. Sfumato profundo.

Volví a mirar el panel de las salidas y llegadas de esos vehículos para asegurarme y puse rumbo al cuarto de baño. Allí me encontré a toda clase de escoria de la ciudad. Los desperdicios humanos que nadie quería y con los que nadie quería tener ningún tipo de relación. Parecía la colección de algún dios con un sentido del humor bastante fino.

Uno de ellos se limpiaba los pies en los grifos, levantándolos bastante, con una flexibilidad envidiable. No me pregunté en absoluto qué objeto tenía todo aquello que estaba haciendo, pero seguro que estaba relacionado con salir de allí como fuese. Lo miré al entrar y el me respondió con una mirada incomoda de la misma especie, casi asustada. Todos los demás vagabundos estaban dentro de los pequeños habitáculos reservados para los retretes, y la escena se completaba con un par de tipos tirados en el suelo, durmiendo, a los que tuve que esquivar para poder llegar y echarme agua en la cara, y con un tipo que se miraba fijamente frente al espejo sin parpadear, en el extremo final de la habitación.

Estaba poniéndose el sol, y de eso me di cuenta una vez tuve la dicha de mirar por los amplios ventanales que daban a las dársenas, enumeradas concienzudamente para guardar a cada uno de los buses, que, por supuesto, tenían destinos diferentes y suertes diferentes y hora de salida diferentes. Salí de allí con la cara húmeda y, en mitad, ya, del bullicio de la estación, decidí que, aunque hacía frío aquel día, me sentaría fuera, viendo a todos los personajes que componen la escena histérica, y a todos los vehículos que vienen y van.

Había muchos de los efectivos clásicos merodeando por ahí. Rateros, carteristas o  drogadictos sin sueldo más que ese. A muchos de ellos ya los conocía o había sido víctima potencial en más de una ocasión, a otros, simplemente, los había visto huir cuando llegaba la policía o intentar cometer alguno de sus hurtos. 

Me senté en una posición privilegiada, justo en el único sitio desde el que se podía ver el cielo abierto y la llegada de los autobuses. Metí mis manos en los bolsillos con la intención inocente de descansar y calentarme y los autobuses no hacían más que llegar e irse, como grabaciones reproducidas a toda velocidad, y comencé a plantearme si acaso yo era lo único real que quedaba en el mundo, o si, por lo contrario, todo había muerto ya.

El olor a gasolina quemada era asfixiante, y los conductores salían de todos lados para fumar cigarrillos con sus caras cansadas y sus manos temblorosas y sus cabezas peladas, todos uniformados, todos del mismo color, todos marcados por una indiferencia hecha con el roce que se convierte en golpe, todos como una abstracción de lo que todo el mundo entiende por ser humano que, en ese momento lo vi claro, nadie ha visto jamás, o, al menos, hacía muchísimo tiempo desde el último que verdaderamente había sido uno de nosotros. No entendía exactamente cómo se había llegado a eso, pero yo sólo necesitaba descansar un poco. Sólo necesitaba un par de días para conseguir recuperarme. Yo no era un autómata.

Parecía que el tiempo pasaba más lento que de costumbre, en realidad allí siempre parece que pasa reducido en su propia escala, y yo lo sentía atravesarme poco a poco pero persistentemente. Cuando miré a mi izquierda pude ver a un tipo como otro cualquiera, de mediana edad, con gafas, acercarse al otro extremo del banco en el que me encontraba y sentarse tímidamente. No paraba de mirarme de forma completamente indiscreta, pero la verdad es que no me incomodó.

Se encendió un cigarrillo y le dio una calada bastante larga, mirando, esta vez, hacia delante, aunque se notaba que no le prestaba atención a nada. Yo hacía breves paréntesis en mi cabeza para observarlo de reojo. Fue cuando me di cuenta de todo. El tipo estaba temblando, le costaba respirar. De repente comenzó a llorar, a llorar de una forma muy estruendosa y, prácticamente, como un niño desamparado, un niño de unos 40 años desamparado. Supongo que el desamparo crece con la edad.

     —Oye tío, ¿Te encuentras bien?

El tipo se restregó los ojos con los dedos intentando limpiarse, y se quitó las gafas para hacer lo propio con ellas.

     —¿Te encuentras bien? ¿Quieres un poco de agua?

Asintió y lanzó medio cigarro encendido a la nada. Yo le pasé la botella que llevaba en mi bolsa y el comenzó a beber mientras le temblaban los brazos. Creo, incluso, que le cayó algo del líquido en la camisa.

     —Muchas gracias, en serio.

     —¿Estás bien? ¿Te pasa algo?

Él se lo pensó, se le notaba en la cara. Sopeso qué decirme y buscaba en todas direcciones una alternativa, pero finalmente acabó por decírmelo. La acción fue igual de costosa que el proceso.

     —Es mi mujer. Se ha ido con mi hermano. Y los niños también.

     —Maldita sea, ¿en serio?

Él no respondió, estaba demasiado ocupado secándose las lágrimas, ya con el rostro de un hombre sereno, sin embargo.

     —En serio, no tengo dinero y además soy un sucio borracho, pero ese no es el asunto importante de todo esto, se ha ido con mi hermano, yo lo sabía, sabía todo esto, desde antes incluso de que nos casásemos. Ahora los niños tendrán a su verdadero padre. Menuda forma de joderme.

     —Pero, ¿Tienes algún tipo de certeza para decir eso? ¿Algo que definitivamente te haga llegar a esa conclusión?

     —Mierda, claro que la tengo, la certeza de toda mi experiencia vital con ella.

Aquella respuesta me pareció lo más convincente que jamás había oído hasta ese momento, y para mí, la conversación, en cierto modo, había dejado de tener mucho sentido. Ese tipo se había calmado y yo seguía igual de cansado que cuando llegué, pero todo aquello continuó.

     —¿De dónde vienes?

     —De estudiar, de la universidad.

     —¿Qué estudias? 

     —Historia.

     —El eterno drama, la tragedia que no acaba nunca.

Sacó un cigarrillo de su bolsillo derecho, le encendió y me miró. Me preguntó si fumaba, asentí e hice lo propio.

     —Bueno, te repito la pregunta que me has hecho a mí. 

     —He venido a comprar tabaco, y llevo esperando a mi autobús desde las 5.

Ese tío venía de un pueblo varios cientos de kilómetros al norte, y había venido solo a por su maldito tabaco.

     —Tío, vas a tener que esperar aún un par de horas. La próxima vez tráete un libro y lees o alguna cosa así.

     —No tiene sentido. Prefiero luchar a la contra con el tiempo y fumar. Así me mato yo antes, aunque sé que dentro de dos meses máximo estaré muerto. No preguntes, simplemente lo sé. Hay algo que me lo dice.

Le hice caso y no le pregunté.  De repente se había hecho la hora de salir de allí, estaba a punto de irme.

     —¿En tu pueblo no hay un estanco?

     —Sí, pero no venden el que a mí me gusta. Me he ido a ese sitio asqueroso solo para alejarme de todo. No sé si ha sido muy buena idea.

Sonreí, me levanté para estirar las piernas mientras el bus abría sus puertas y le di la mano a ese tipo. Él se encendió otro de sus cigarros y yo me metí en ese vehículo preguntándome de dónde había salido ese tío y porqué siempre tenía que cruzarme con auténticos chalados. ♦︎

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