El dios borracho

En el momento en que perdí de vista la silueta de la mujer a la que amaba fue cuando se sentó junto a mí un hombre que hedía una nauseabunda peste a vino. Poca gente quedaba ya, a esas horas de la noche, en la plaza del centro de la ciudad. Tan solo un vagabundo que comía ansioso una hamburguesa y un viejo que se había quedado dormido sentado en un bordillo de piedra. Yo, por mi parte, me había quedado allí después de que la mujer que amaba rechazara mi declaración de amor. Primero se mostró sorprendida de que yo fuera su enamorado. Después me dijo que no sabía qué veía yo en ella, y que lo sentía, pero que nunca me había pensado como una pareja posible. Y al final celebró que era mejor así, que ella fuera sincera conmigo porque supuestamente si me daba pie a creer alguna ilusión, aun sería todo mucho más doloroso de lo que estaba siendo. De esa manera ella se fue, probablemente para siempre, y su ausencia fue suplida por un viejo y pestilente hombre que había decidido sentarse a mi lado.

     —Perdone usted, joven —dijo el viejo mientras se ponía en pie a duras penas,— reconocería una cara como la suya en cualquier parte del mundo: usted es un desdichado.

Maldije haberme quedado allí y no haber salido huyendo del lugar donde toda mi mala suerte había decidido salirme al encuentro, primero en forma de amor no correspondido, y ahora en forma de viejo borracho hediondo.

     —Solo hay un remedio para los desdichados —continuó el viejo mientras yo lo miraba con pocas ganas, y sacó una botella a medio vaciar del interior del gabán. —¡Vino!

El tipo la descorchó y empezó a beber. Fue un trago limpio y largo, como un dulce beso de enamorado que se reencuentra con un fogoso amante. Al separar los labios de la boca de la botella, el pulcro cristal no volvió a llenarse de ningún líquido que ensuciara su transparencia. Entonces dijo estas palabras mirándome con los ojos bañados en el delirio.

     —Joven, soy Baco.

     —¿Baco?

     —Baco. Dioniso. El borracho. El dios.

Quise desaparecer de aquel lugar canalla que parecía haber encontrado en los sucesos de mi vida una farsa con la que entretenerse. Un viejo loco y borracho me estaba tomando el pelo. Apenas me levanté del banco de la plaza, el hediondo hombre me agarró del brazo.

     —Te he visto amar y caer, desdichado. 

     —¡Déjeme en paz!

     —¡Escuche, necio! —y su voz sonó en toda la plaza con un amenazante eco de ultratumba—. ¿Qué miserable como usted se niega a recibir consuelo de un dios? ¿Qué insolencia de un mortal es esta? ¡Hic!

Con las voces el vagabundo paró de masticar su hamburguesa y atendió a lo que pasaba. Yo me quedé en silencio. La noche estaba siendo más dura aún de lo que yo esperaba que lo fuera desde que me habían dado calabazas. Opté por ser amable.

     —Oiga, disculpe, déjeme tranquilo. Pocas bromas me sentarán bien hoy. No le puedo acompañar en su juerga de vino.

     —¡Juerga! ¿Qué juerga puede haber en esta plaza que parece un cementerio? ¡Mire a esos hombres muertos en vida! El uno se contenta con llevarse algo a la boca esta noche y el otro no sabe aún siquiera que se ha quedado dormido en un despiste. Y en cuanto a usted, joven… Mírese, no dista mucho de un soldado herido en el frente por despeñarse en lugar de por haber combatido. ¡Pobre! ¡Bebe! —y me tendía la botella ya vacía que se había bebido instantes atrás.

El borracho estaba en lo cierto. La plaza tenía un aspecto desolador. Si bien había elegido aquel lugar como un buen sitio donde podía triunfar una declaración de amor, ahora se descubría ante mis cansados ojos como un paraje inhóspito, donde cada uno de los edificios tenía un azulado color de pizarra que parecía el de los vestidos de la mismísima parca. Las luces amarillentas se contaban rápido y, más que alumbrar, daba la sensación de que la precariedad y la oscuridad se habían unido para dejar con vida algunas lucecillas con las que consolarse un poco. Los que allí estábamos reunidos, estábamos reunidos en la penuria.

      —¿Y ahora qué harás si no coges la botella? ¿Escribirás cantos de dolor despechado? ¿Maldecirás tu sino? ¿Tu suerte? ¿Tu aspecto? Dime, ¿en qué crees para maldecir?

      —En nada.

     —¿En nada? ¿Quiénes son los que creen en nada? ¿Qué necio no cree siquiera al menos en un dios al que poder hacer culpable de sus miserias? 

     —No es la primera vez que me han dicho que no. Todo pasa. Ya ni siquiera siento el rechazo morderme tan profundo como lo hizo antaño.

     —¡Mísero! ¡Bebe! Si lo de hoy no le duele es porque aún le duele lo antiguo.

Había vuelto a dejarme caer en el asiento, tan cansado, que me faltaban hasta las ganas de marcharme. Cuando me tendió la botella esta vez, la tomé sin darme cuenta. Solo cuando el dulce licor de aquel vino embriagó mi lengua, fue cuando me percaté de que aquella botella, que yo antes hubiera jurado vacía, estaba a rebosar de líquido.

     —¿Cuál era su nombre?

     —África.

Y volví a beber. Me di cuenta entonces de que aquel maloliente tipo había conseguido embaucarme. Quise largarme de allí y decirle de nuevo que me dejara en paz. Pero no tenía ganas para hacerlo. Volver a mi cuarto era la opción más remota que barajaba entre las muchas que podía hacer antes en aquella noche. Además, el borracho preguntaba mucho. Una persona que pregunta tanto hoy día es una excepción y, al final, solo por contestar cada pregunta que me declaraba, triunfó en su propósito e hizo que me quedara bebiendo a su lado.

     —¿A qué se dedica?

     —A nada. Bueno sí, estudia. Estudia en la universidad. Estudia griego.

     —¿Griego?

     —Sí.

Se quedó callado mirando al frente. Imagino que no se esperaba que la mujer a la que amaba estudiase algo tan poco provechoso en estos tiempos como el griego. 

Así, en silencio, me fui bebiendo poco a poco la botella. Cuando la terminé no habíamos vuelto a cruzar palabra. El cansancio se fue adueñando lentamente de mí, se fueron cerrando mis ojos y, al final, caí somnoliento en un pozo del que de vez en cuando escapaba, pero al que siempre volvía a descender por el sueño que a cada segundo me hostigaba. La oscuridad se hizo.

Abrí los ojos de pronto. 

Sobresaltado, miré alrededor. Allí a mi lado seguía el borracho. Todavía era de noche en la ciudad. Todavía seguían los mismos sujetos en la plaza. Debía haberme quedado dormido apenas unos segundos. Parecía que el tal Baco no se había dado cuenta de nada y seguía mirando al frente. Todo se me imaginaba aún más tétrico de lo que me había resultado unos momentos antes. Cuando recobré un poco el sentido, me di cuenta de que mis propias manos despedían ese hedor que tan profundamente me había asaltado al sentarse por primera vez el borracho a mi lado. Me entraron ganas de llorar y para contenerlas cerré los ojos.

Cuando volví a abrirlos estaba solo en el banco de la plaza. Me había dormido. Baco se había marchado. De aquel dios molesto y maloliente apenas quedaba el recuerdo borroso de una noche de borrachera y una botella a medio terminar posada en el suelo. La agarré por el cuello. Me incorporé fatigado y eché a caminar lentamente hacia mi cuarto. Ahora ya era evidente: los dioses, los temibles y acechantes dioses, me habían abandonado.

Solo al llegar a la mitad de la plaza del parque central de la ciudad me detuve. Allí, postrado sobre un banco y mirando hacia el suelo, un pobre muchacho lucía con el aspecto desolado de un hombre que ha fracasado. Parecía un jinete herido al que su caballo lo había abandonado. Parecía una estatua que estaba esperando a que alguien hiciera fluir sangre por las venas de mármol. Era igual que un muerto, solo que estaba vivo.

Aun no entiendo por qué al ver a aquel muchacho, mi cuerpo se dirigió hacia él, fatigado, pesado y maloliente, y de mi boca brotaron las siguientes palabras.

     —Reconocería una cara como la suya en cualquier parte del mundo: usted es un desdichado.

El muchacho, sacando una navaja del bolsillo y alarmado, dijo:

     —¿Quién es usted?

A lo que solo pude contestar, con los ojos bañados en el delirio, con un sentimiento de eternidad que me impulsaba hacia ello y con el deseo irrefrenable de una sangre antigua y mágica que me pedía a gritos verter vino en el corazón frío de aquel joven para contagiar la embriaguez:

     —Soy Baco. Dioniso. El borracho. El dios. ♦︎

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