Vuelta a casa

Giré la llave un cuarto de vuelta, parando antes de hacer contacto. Era la única forma de arrancar ese maldito coche. Encendí las luces, me puse el cinturón y aguardé. Pensé en Ernst. Giré la llave el resto de su recorrido. El coche arrancó a la primera, simultáneamente se puso en marcha el casete, eso sí que era una sorpresa, llevaba meses sin dar síntomas de vida. La cinta que tenía dentro se reprodujo sin dubitaciones, pero eran más de las diez de la noche, en el aparcamiento mi coche era el único con los faros encendidos y acababa de salir del trabajo, demasiadas rutinas no deseadas como para escuchar algo que me recordara a mí misma. Saqué la cinta y la tiré hacia los asientos traseros. Por una fracción de segundo me arrepentí, funcionaba una vez cada mil años y yo hacía aquella tontería. Pero era mi noche de suerte, parecía, porque saltó la radio. Y metí primera para al fin irme de aquel lugar.

Fotografía de Patrick Zachmann/Magnum Photos.

Conduje despacio, no como un abuelo, pero con tranquilidad. Lo que me esperaba no me impacientaba lo más mínimo. 

La puerta del portal estaría abierta, a esas horas la mitad de los vecinos sacan al perro y la otra mitad tira la basura. Cabizbajos escondiendo secretos. Subiría en ascensor hasta la tercera planta y pensaría las dos mismas cosas que todas las noches. ¿Quién habrá pulsado antes la tecla del tercer piso? Me da asco. ¿Tardaría menos subiendo por las escaleras? Pasaría a casa y sentiría frío. Caminaría a tientas porque todas las luces estarían apagadas, excepto la de la cocina. Antes de decir hola o darle un beso a mi marido, le preguntaría cómo es que había apagado la calefacción, aún intuyendo su respuesta. Estaba a punto de acostarme, diría él. Entonces, se levantaría de la silla, me abrazaría por la espalda y me daría un beso. Yo sonreiría, por no encontrar una réplica que mereciera menos esfuerzo. 

La carretera estaba desierta, era algo que me gustaba, como en general todo aquel universo de paso alquitranado. Decidí parar en un área de servicio, estaría bien tomar un café. ¿Qué son realmente esos lugares? ¿Refugios para nómadas sin más significado? ¿Estaría Ernst en el interior del bar? Patético. Patética. Mi marido no se alertaría si me retrasaba quince minutos, de hecho, ni se daría cuenta. 

Me senté hacia la mitad de la barra, y pagué en cuanto me sirvieron. A mi derecha todo el lateral estaba acristalado, desde el suelo hasta el techo. A la luz del día podría verse la carretera y la gasolinera, de noche el paisaje se velaba sin luz. El interior de la cafetería se reflejaba en el cristal, la decoración oscurecida y el mobiliario de difíciles contornos. Me fijé detenidamente en mi figura sentada en mitad de la barra, mirándome como una espía de nadie. Los taburetes vacíos, la camarera moviéndose lentamente. Todo lo que había parecía alejarse, como si el reflejo fuera independiente y se desligara de su siamés. Di un trago de café y miré hacia el otro extremo del bar, una pared. Nuevamente miré hacia el cristal, el bar se prolongaba hasta el infinito, allí no había pared. Las luces reflejadas se suspendían sujetas a un techo inexistente. Acabé el café, pensando por qué puerta saldría de allí. Dejé el cambio y me fui, con el propósito de cambiar el rumbo de mi vida aquella misma noche. 

A pesar de la determinación no salí veloz del local. Arranqué y me incorporé a la autopista. La radio ya no funcionaba. No había decidido ningún sitio adonde ir, ni pensado cómo haría exactamente para cambiar las cosas en tan poco tiempo. En mi interior todo era vértigo, convicción de que un sueño estaba a punto de hacerse realidad. La noche era un espacio. Así que sencillamente me dejé llevar, la decisión estaba tomada desde hacía mucho tiempo. Había pasado los últimos años pensando cómo abandonar a mi marido. El muy puerco podía quedarse con toda mi ropa, con los muebles, con la casa. Le esperaba todo el tiempo del mundo para saldar las lámparas que nunca encendía, para tirar a la basura lo que le diera la gana, para morirse de inanición en su maldita casa, a años luz de la mía.

Le odiaba por haberme engañado. Y me odiaba a mí misma por no haberle abandonado en el momento que me traicionó. Cada día me juzgaba por ello, cobarde, perpetua. No volver a verle, no regresar era un horizonte maravilloso, cegador. Conducía y se me antojaba peligroso mirarlo fijamente. Los ojos húmedos de felicidad. Volví a pensar en Ernst, me pregunté si el odio hacia mi marido era más grande que el deseo de verle. Cada hombre tiene un odio a su altura. La ausencia de Ernst había sido demoledora, un terremoto infinito. Sin él el estado de las cosas era la incertidumbre de las ruinas. La vida bajo el peligro de morir aplastada, encerrada. O la noche en que acabara la catástrofe, el día sin espera.

Diría adiós. No diría nada. Tomé la segunda entrada y me dirigí hacia la calle donde Ernst vivía, donde había vivido seis años atrás. Tuve uno de esos pensamientos absurdos que confunden el destino con el deseo. Pensé que si daba con él no sería por casualidad. Le propondría que lo dejara todo y viniera conmigo. ¿Adónde? Qué importa dónde. La cobardía prolongada sólo se olvida con un acto heroico. En aquel momento odié a todos los pusilánimes del mundo, con todas mis fuerzas deseé que se murieran y el mundo volviera a empezar libre de ellos. Escoria. Indignos.

Los edificios seguían siendo los mismos, el color del suelo, la placa con el nombre de la calle. Fui muy despacio, no quería que el destino me jugara una mala pasada. Después de unas vueltas comencé a creerme el cuento, estaba allí, Ernst. Era él. Bajé del coche y me acerqué. Le habían salido algunas canas, tenía ojeras y bastantes arrugas alrededor de los ojos.

Le saludé efusiva. Quedó estupefacto unos segundos. Me preguntó qué tal me marchaban las cosas. Recientemente bien, respondí, había tenido un golpe de suerte. Se alegraba. Pregunté qué tal le iba todo. No podía quejarse, ya se sabe. Fue real y lo olvidaré. Preguntó qué hacía por allí a esas horas. Esperaba encontrarme contigo, dije cabizbaja. Él rió. Y parece que es mi día de suerte, continué. Un silencio, dejó de reír, su gesto seguía siendo simpático. 

     —He llegado hasta aquí con la firme decisión de no volver a casa. Pensé que quizás quisieras acompañarme. Aún no he decidido dónde ir —dije. 

Preguntó si hablaba en serio. 

     —Completamente —respondí. 

Ya estaba hecho. El futuro era su próxima palabra. Era la realidad como un infinito de suelo abierto y escombros desmontados.

     —Creo que no puedo acompañarte —dijo. 

Pero le apetecía tomar café algún día. De veras que le apetecía, insistió. 

     —Vale —dije. 

Su número aparecía en la guía. No hay problema, vale. 

Ambos fuimos retrocediendo unos pasos. Se alegraba de verme, comentó ya a unos metros de distancia. 

Me paré y le llamé. Se detuvo. Siempre te querré, dije. Le di la espalda y me marché de allí deprisa.

Pasé la noche saltándome todos los semáforos de la ciudad. Quería salir de ella, pero no lo hice. Amaneció y me encontré con el coche aparcado delante del portal de casa. La persiana del dormitorio estaba bajada, igual que la del salón. Estuve un tiempo allí, sin hacer nada. Cuando apagué el motor la radio volvió a funcionar. Con ese maldito coche no podía llegar demasiado lejos, lo mejor sería desguazarlo. Sonaba una canción que decía “todo está por hacer… sabes dónde encontrarme, qué camino recorrer… todo está por soñar… sabes dónde espero, es la hora de abandonar”. Una de esas bazofias que dicen todas las canciones del mundo. ♦︎

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