Usain Bolt y la melancolía tras los viajes al futuro

Usain Bolt en sus últimos metros. Final de los 100 metros lisos, Londres 2017. Foto: AFP.

El gran problema de Usain Bolt fue su viaje al futuro. La noche del 16 de agosto de 2009, en el Estadio Olímpico de Berlin —el mismo lugar donde Jesse Owens levantó los brazos frente a Adolf Hitler—, Usain St. Leo Bolt, de tan solo 22 años, batió el el récord del mundo de los 100 metros lisos en la final del Campeonato del Mundo de Atletismo. Dejó la marca en 9,58 segundos, 11 centésimas mejor que el récord que él mismo ostentaba. No era una marca de 2009, sino del futuro. Quizás de 2050. Tal vez de 2100. Un momento de gracia que durará para siempre. Cuatro días después, en la final de los 200, batió su propio récord del mundo con un registro igual de imposible para un hombre de principios del siglo XXI. Paró el crono en 19,19 segundos. Aquellos paseos vertiginosos por el futuro en Berlin 2009 hicieron de un joven de 22 años un extraño del que siempre se esperaba lo imposible. Usain Bolt dominó las pruebas de velocidad de todos los mundiales y las olimpiadas durante los siguientes ocho años. Solo se le escapó la medalla en la final de los 100 en los mundiales de Daegu 2011, descalificado por un salida nula. Un fallo que parecía constatar que únicamente podía ser vencido por sí mismo. El mundo le acogió como si realmente fuera un visitante de otro tiempo, al que había que agasajar como a los hijos pródigos. Y le exigió, tácitamente, que le llevara con él al futuro en cada carrera. Y el chico aún lo hizo alguna vez más después de aquellas noches berlinesas, pero cada vez a un futuro más cercano. Hasta la noche del 5 de agosto de 2017, ya convertido en hombre, en la final de los 100 metros del mundial de Londres, su última carrera individual antes de retirarse, cuando definitivamente se declaró ciudadano de nuestro tiempo.

 

El mundo enmudeció al ver derrotado a Usain Bolt en su despedida. Bronce. El metal de brillo más melancólico. El final de la carrera del hombre del futuro, una esplendorosa creación de casi dos metros de altura y 95 kilos de fibra y carisma, con anatomía de estatua griega y sonrisa de héroe trágico, no pudo ser más perfecto. Sí, oyen bien. Un final perfecto para Bolt y para el mundo. Lograr el oro en sus últimos 100 metros no hubiera hecho más mágica ni mejor su leyenda. Al contrario, su derrota recuerda los límites del ser humano, y pone en valor los logros de los hombres y mujeres cuando hacen algo propio de otra época, una época que necesariamente creemos mejor y que está por venir.

Cuando en la final de los 100 metros de Pekín, en 2008, ganó el oro pulverizando el récord en 9,69 segundos, lo hizo dejándose ir los últimos 30 metros, mirando a los lados, abriendo los brazos, dándose golpes en el pecho. Fue su mayor demostración de fuerza, de capacidad de viajar en el tiempo. Siempre se ha dicho que si aquella noche no hubiera empezado a festejar la victoria a 30 metros de meta, la marca que podría haber hecho estaría por debajo de los 9,50. Entonces sí, estaríamos hablando muy posiblemente de un registro que tardaría décadas y décadas, quizás un siglo, en batirse.

La derrota de Bolt en su despedida no lo humaniza. Pero lo engrandece. Porque siempre fue humano. Lo que hace es obligar al mundo a entender que todo empieza y acaba, que los héroes son siempre de carne y hueso, con tantas contradicciones y dificultades como cualquiera para lograr sus objetivos. Y que la victoria no es siempre de un color brillante, como el del oro. Para cerrar el círculo simbólico, el hombre que le quitó la corona en los mundiales fue su antagonista, Justin Gatlin. El estadounidense, dos veces sancionado por doping, de 35 años —cuatro mayor que Bolt—, irrumpió por una calle imprevista para cruzar primero la meta en Londres. El estadio enmudeció y él le mandó callar aún más —con algo de justicia, todo hay que decirlo—, después de haber sido abucheado en cada carrera durante el campeonato, igual que en las Olimpiadas de Río. El héroe derrotado y el villano triunfante. La tragedia para el público era exultante. Entre medias, cabe mencionar, una nueva estrella llamada Christian Coleman, que se colgó la plata y se presentó como nueva figura mundial de la velocidad en la vuelta al presente tras la época Bolt.

El público ama y odia con la misma facilidad. Motivos para amar a Bolt los hay todos. El primero no son sus marcas ni sus títulos, ni siquiera su extraordinaria capacidad para dar espectáculo, para hacer reír y emocionar al personal, sino, por ejemplo, el hecho de que, entre los  corredores que atesoran las 30 mejores marcas en 100 de todos los tiempos, es el único que nunca ha sido sancionado por dopaje. Entre los atletas con las 50 mejores marcas, solo le acompaña con el mismo honor Maurice Greene, aunque el estadounidense arrastra una pesada sombra de duda desde que la fiscalía estadounidense le relacionara con un caso de dopaje en 2008. El atletismo, por esto mismo, tras la retirada de Bolt tiene un difícil panorama que enfrentar.

El risueño y espectacular chico del futuro se va como un honorable y afable hombre de su tiempo. Se despide de las pistas a pocos días de cumplir los 31. Sin atisbo del niño que le reverberaba en el rostro al inicio de su carrera. Parece, de hecho, un hombre más mayor de lo que es. Consecuencias, tal vez, de viajar en el tiempo.

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