Stendhal, el espejo en el camino

Retrato de Stendhal, por Olof Johan Sodermarck. Imagen: Stefano Bianchetti/Corbis.

Lo primero que leí de Stendhal fue La Cartuja de Parma, en una edición barata y una traducción infame, en la que, por poner un ejemplo, cuando aparecía un fraile menor (es decir un franciscano) se le llamaba fraile minero (“mineur” en francés tiene ambos significados). Me irritaba mucho esto, pero luego pensaba en el pobre traductor, seguramente acosado por los ruidos familiares mientras terminaba los pliegos a entregar al día siguiente, y no sólo me calmaba, sino que me enternecía. Hay oficios duros, y el de traductor lo es. A pesar de ello el libro me impresionó fuertemente y años después, releyéndolo más dignamente, entendí por qué.

Seguramente es una vulgaridad, por tantas veces como se ha hecho, referirse a la visión de la batalla de Waterloo que ahí se da, pero es inevitable, porque marca un antes y un después para referirse a los acontecimientos históricos. Esas gentes, esos soldados, corriendo hacia un lado o hacia otro, sin saber muy bien hacia donde ni para qué, que Fabrizio ve y que es su única memoria del trascendente suceso, puede parecer ahora banal, pero es una auténtica revolución en el relatar. No creo exagerar si digo que a partir de ahí surge la figura del corresponsal de prensa. Y tampoco hace falta remontarse tanto. ¿Qué nos queda de sucesos relevantes a los que hemos asistido como simples figurantes? El ruido, la furia, el miedo, las carreras, la señora que se cae y que no sabía que había una manifestación convocada, el tiro perdido que siempre le llegará al más inocente… Ahora todo esto está en las crónicas periodísticas, pero Stendhal rompió, y rompió para siempre, con una manera de ver los sucesos históricos. Según propia confesión, Tolstoi encontró en ese relato de Waterloo la forma de abordar las campañas napoleónicas de Rusia en Guerra y paz, posiblemente la mejor novela histórica de todos los tiempos. Y mucho más que una novela histórica.



Henri Beyle no era, ni mucho menos, un revolucionario, aunque muy joven, poco más que adolescente, se sintió jacobino. Lo que sí fue es bonapartista. Participó algo en las guerras napoleónicas y reflejó en sus personajes, el Fabrizio del Dongo de La Cartuja y el Julien Sorel de El rojo y el negro, su admiración por el corso. No tanto, aunque a veces también, por las opiniones que expresan, como por los tipos humanos que representan. Unos tipos humanos que no encuentran su encaje en la sociedad a la que pertenecen y elevan su individualismo y sus ambiciones a la categoría de objetivos vitales a los que se sacrifica todo, incluyendo en esos objetivos sus amores, nada felices en ninguno de los dos casos.

Julien y Fabrizio son, no obstante, dos personajes muy diferentes entre sí, como es diferente de ellos el tercero en discordia, Lucien Leuwen, protagonista de la novela que lleva su nombre. También son diferentes los ambientes sociales en los que los tres desarrollan sus andanzas y que, en su conjunto, constituyen una crónica inigualada de una cierta Europa. Una Europa que es la que vivió el autor, fallecido en 1842. En la época del romanticismo, Stendhal crea la novela realista y abre un camino que llega hasta nuestros días. Anterior en unos lustros a Thackeray, en mi modesta opinión el otro puntal del realismo, fue un auténtico revolucionario, pero no por sus ideas políticas, sino por su forma de relatar. Ese enfrentamiento permanente, por otra parte tan bien contado que el lector tarda en darse cuenta, entre el protagonista, pleno de individualidad, y una sociedad descrita con precisión de cirujano, es de una modernidad que seguramente podemos apreciar ahora mucho mejor que lo hacían los lectores de Stendhal en su tiempo.

Se me dirá que el culto a la individualidad sí es característico del romanticismo. Cierto y ahí Stendhal es romántico. Lo que pasa es que en él es otra clase de individualidad. La ambición de Julien Sorel por salir de su clase es una ambición social y económica, en la que juega su preparación intelectual y sus dotes para la seducción. Es una ambición burguesa, en definitiva. Jugarán, a su favor o en su contra, toda clase de contradicciones y su propio carácter le llevará al desastre, pero en ningún momento veremos ideales más o menos románticos por en medio, aunque haya impulso romántico en algunas de sus arrebatadas acciones. Su sangriento final me parece la única concesión a la estética romántica. Y aun ese final no se resuelve en odios o pasiones, sino en procedimientos burocráticos.

Stendhal, dibujado en 1841 por Henri Lehmann. Imagen: Museo Stendhal, Grenoble.

Siempre me ha gustado más La Cartuja de Parma que El rojo y el negro, y ya sé que en esto no coincido con muchas opiniones. No se trata de la personalidad de Fabrizio, desde luego mucho más atractiva que la de Julien, sino del aire de grandeza que arropa todo el relato, y sobre todo, de los perfectos dibujos de sus cuatro personajes. Quizá debería haber dicho tres, puesto que la pobre Clelia no tiene demasiado interés, aparte de su desinteresado amor. Pero los otros: Fabrizio, Gina y el conde Mosca, están y estarán en la galería de honor de los personajes de ficción de todos los tiempos.

Aquí no estamos en vísperas de la revolución burguesa de 1830 como en El rojo y el negro, sino en pleno apogeo de la Santa Alianza, esa reconstrucción de la Europa post-napoleónica, en la que se pretendía volver a los tiempos anteriores a 1789 como si nada hubiera pasado. Y se sitúa la acción en el pequeño principado de Parma. No es banal. Uno de los recuerdos que me quedó, ya de mi penosa primera lectura, es la lucidez de un diálogo entre Fabrizio y Gina, la duquesa de Sanseverina, su tía, protectora y amante. Fabrizio se sorprende del peso de la opresiva tiranía que se percibe en Parma, donde el duque, al fin y al cabo, es un hombre ilustrado, de buena intención y nada tonto. La Sanseverina le da la respuesta correcta: el problema es que Parma es pequeño, todo el mundo se conoce y se ve a todas horas, y así la opresión y los rencores y odios están siempre a flor de piel. No hay olvido ni anonimato posible. Cuando leí esto pensando en situaciones más cercanas en el tiempo y en el espacio, e incluso en las menos dramáticas que tan de cerca he visto en nuestras pequeñas ciudades, me di cuenta de lo próximo que me sentía al pensamiento de Stendhal. En cualquier caso, la Sanseverina y su enamorado y cínico conde Mosca son mucho más interesantes que el propio Fabrizio y la verdadera referencia en el tiempo del libro.

Y esto, la referencia en el tiempo, nos lleva a Lucien Leuwen, la novela inacabada, publicada mucho después de la muerte de su autor, pero no por ello menos interesante. Es un texto mucho más directamente político que los anteriores, situado en plena monarquía de Luis Felipe de Orleáns, tras la toma del poder por la burguesía en 1830. Aquí el tema es la sociedad vista por los ojos de un joven burgués millonario, más o menos díscolo, pero oportunista como el que más. Nuestro protagonista, Lucien Leuwen, es más lúcido que Fabrizio del Dongo y que Julien Sorel, en parte porque la vida ha sido con él menos dura que con ellos. Por eso, aunque sus andanzas sean muy entretenidas y él un divertido personaje, es el panorama social que se nos describe lo que hace este libro inolvidable. En la primera parte, son las tensiones entre la aristocracia de sangre, recién derrotada y cultivando ridículamente sus prejuicios y el recuerdo de sus privilegios, y la ascendente burguesía del dinero. En la segunda, ya situados en el París de mil ochocientos treinta y tantos, se nos muestra el ejercicio del poder por esta burguesía, y se nos muestra despiadadamente, ilustrando una corrupción rampante tanto en lo político como en lo económico. Desde la manipulación de unas elecciones hasta la concesión de contratos públicos, o el nombramiento de altos cargos en función de los intereses dominantes, nada se nos ahorra bajo el signo del todopoderoso dinero. Y teniendo en cuenta que todo esto fue escrito antes de 1840, la reflexión sobre el discurrir de las sociedades de entonces acá está servida.

Henri Beyle tuvo una vida agitada, aunque no precisamente fácil. Escribió mucho, además de las tres grandes novelas citadas, con diferentes niveles de éxito. Pero este éxito no le acompañó en esas novelas, que, sin embargo, es lo que nos ha dejado a los que ahora le leemos como el primer hito en la creación de la novelística del siglo XIX. Un aspecto que a veces se nos escapa al leerle, es la distancia que establece con sus personajes. Su utilización de la tercera persona, del narrador omnisciente, es de una frialdad que se me antoja muy moderna, muy anterior a su tiempo. Es un narrador que no trasmite emociones reflejas de sus criaturas. Tampoco trasmite en el relato las opiniones sociales o políticas del autor, aunque en una lectura atenta queden bastante claras sus despiadadas críticas. Es, en definitiva, un autor que se despega de su tiempo y que, por ello, enlaza con naturalidad con tiempos que van a llegar después de su muerte. No sé si es real o apócrifa la frase que tantas veces se nos ha repetido como suya: aquello de que la novela ha de ser como un espejo que refleje la realidad de los caminos que se recorren. Da lo mismo que lo dijera o no. Lo importante es que lo hizo, y abrió, en el sentido literal del término, un camino a recorrer. ♦︎

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