Sintomatología de la falsa calma

Primera proyección en 3D, Bwana Devil, 1952 / Foto: J.R. Everman/Life/Getty.

Cuando fui al cine a ver Señor, dame paciencia, mi sensación previa era positiva. Sabía que la película no tendría aspiraciones más allá de ser una comedia soft y simpática, un buen trago veraniego para pasar el rato que quizá me sorprendería con alguna línea inteligente o algún chiste verdaderamente divertido. Pero tuve un brutal encontronazo con una realidad del cine comercial que tenía olvidada: a pesar de las cosas buenas que se puedan decir de ella —prácticamente ninguna— la película es una mierda en casi todos los sentidos.

No es que la idea esté mal, ni tampoco es que hablar de conflictos familiares y de conciliación generacional sea negativo, todo lo contrario. Pero la película es un despropósito constante, un batiburrillo de estereotipos y gags actualizados al contexto contemporáneo sin cohesión alguna: el padre es un neofacha madridista hasta la médula, la hija mayor está casada con un catalán del Barça que no es indepe, la mediana es una artista perdida que deambula de rumbo de flor en flor y el hijo pequeño gay se va a casar con un negro vasco. El choque entre los miembros de la familia es bestial y casi se narra por sí solo, pero hay que narrarlo, y Señor, dame paciencia se ocupa únicamente de una cosa: incluir fragmentos musicales para rellenar los huecos que un guión vacío no sabe conectar. El resto, por lo que vemos, parece dar igual.

Entrar en más consideraciones de lo que es o no una mala película es un error, puesto que el artículo pretende ir algo más allá. El análisis que pretendemos no es tanto el que busca explicación a por qué la película es tan mala, algo evidente, sino el por qué una película de este tipo triunfa y por qué es peligroso que una película así sea un éxito de taquilla. Este fenómeno nos muestra lo preocupante de la situación de nuestros públicos y, por extensión, de nuestra sociedad.

Que la última delicia de la crítica de Cannes no sea un éxito de taquilla es algo que suele ser habitual, y, de hecho, es comprensible. Aunque los haya de vez en cuando, véase Mad Max, pocos blockbuster o taquillazos inesperados suelen tener contenidos más allá de un buen rato para el espectador, o espectaculares puestas en escena que vistas en pantallas gigantes causan gran impresión. El cine es arte, pero también entretenimiento, espectáculo y desconexión para un espectador que busca aislarse y dejar a un lado la realidad —estrés laboral, tensión por la economía u otros problemas de nuestra sociedad contemporánea— para pensar en otras cosas más sencillas.

Pero en los últimos tiempos hemos asistido a una banalización total del sentido de la obra cinematográfica, que para el espectador medio debe ser entretenida, y casi ni eso. Si es disfrutable porque habla de temas de actualidad, como el caso que nos ocupa, seguramente el público la acepte, sin ni si quiera preguntarse si hay sentido narrativo, si los cambios y la evolución de los personajes están justificados, o si las motivaciones de éstos les llevan a algún lugar. El ejemplo más cercano es Ocho apellidos vascos, que con sus más y con sus menos y a golpe de topicazo resuelve con algo de sentido estas cuestiones, a pesar de que sea una propuesta para nada original y novedosa.

Las estructuras de las historias cinematográficas nos dan muchos datos que solemos ignorar. Las estructuras a las que estamos acostumbrados se reproducen y se funden: cambiando varios elementos de una forma de contar una historia, tenemos una amplísima gama de posibles argumentos que pueden funcionar por sí mismos. Siguiendo algunas indicaciones básicas sobre las que han teorizado Syd Field o Robert McKee, podemos armar y construir historias en tiempo récord. Esta forma de trabajo ahorra mucho tiempo a los guionistas que trabajan en Hollywood, que son los que suelen utilizar estas estructuras para confeccionar largometrajes. El problema viene cuando el trabajo del guionista que ya tiene una estructura prefijada no se focaliza en los aspectos que pueden hacer brillar un film, como los personajes o los giros de guión. La costumbre del espectador es que las historias que siguen una estructura clásica —presentación, nudo y desenlace— acaben siempre bien, incluso en los momentos en los que la situación del protagonista parezca insalvable. 

Señor, dame paciencia (2017) / Foto: Julio Vergne / Atresmedia Cine/Canal Sur Televisión/DLO Producciones/Maestranza Films.

Señor, dame paciencia es una confirmación más de esta peligrosa costumbre. Y digo peligrosa porque aquí no entran sólo cuestiones referidas a la originalidad o la conexión de elementos dentro de una historia, sino otros factores más allá: la construcción del imaginario, de la moral o de la ética de una sociedad. Porque las historias, así como la cultura en general, conforman nuestra forma de pensar y ver el mundo. Estas historias estructuradas nos hacen pensar en el mundo como un lugar ideal en el que, pase lo que pase, la situación negativa acabará. Desechamos lo malo porque pensamos que acabará pronto, y aquí, en la situación que nos vende la película, no hay ni que justificar cómo solucionamos los conflictos, porque desde los títulos de crédito sabemos que todo va a terminar bien para todo el mundo.

Esto no es una defensa de que todas las historias deben ser negativas y tristes y enseñarnos los lados duros y difíciles de la vida o la oscuridad de nuestra existencia, ni mucho menos. Hay que tener, de vez en cuando, elementos positivos a los que agarrarse. Pero estos elementos deben ser conscientes del otro lado de la realidad, y no banalizar lo negativo como si fuera un episodio tragicómico en el que hasta el dolor por la pérdida de un ser querido puede ser fruto de un chiste malo y sin gusto. Señor, dame paciencia es un despropósito desde el minuto uno, así como una ordinariez a la altura de la actualizada cuñadología española de Jorge Cremades o DallasReview. Una idea que pudo parecer noble antes de empezar la escritura de guión, que se termina convirtiendo en un experimento fallido al alcance de todos los públicos y que nos sigue vendiendo la falsa calma: no tienes ni que hacer las cosas bien, al final, todo acabará bien.

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