No me enterréis en la pradera solitaria: canciones de cowboys y pistoleros

«O bury me not on the lone prairie

Where the wild coyotes will howl o’er me,

In a narrow grave just six by three,

O bury me not on the lone prairie»

The Dying Cowboy

El experto en folclore John Lomax abría su recopilación de canciones americanas Cowboy Songs and Other Frontier Ballads (1910) comparando cómo las formas de música popular nacieron entre los colonos de Estados Unidos de la misma forma en que habían surgido en Europa muchos siglos atrás. Decía que la gente iletrada en tierras salvajes, «erradicada de periódicos y libros, aislada y solitaria», se volcaba como forma de entretenimiento y como forma de expresar emociones sobre recursos primarios, creando el mismo tipo de canciones que sus antepasados, los primeros europeos. De alguna forma, esas canciones de vaqueros, de pistoleros y de personajes de la frontera, son la raíz de la tradición un país demasiado joven del mismo modo que los cantares de gesta medievales vertebran la historia de la literatura del viejo continente.

John Avery Lomax. Foto: Library of Congress.

Se trata de una nación construida en un tiempo récord. Desde que en 1845 el periodista neoyorquino John O´Sullivan declaró que Estados Unidos tenía el «destino manifiesto» de diseminarse por el continente americano para llevar a cabo el «gran experimento de libertad y autogobierno federado» que la Providencia le había confiado, sus fronteras no dejaron de crecer exponencialmente. En esa época Texas y California se emancipan de México y son anexionadas y, tras el conflicto con el vecino del sur en 1848, se añaden al suelo yanki igualmente Utah, Nuevo México, Arizona y Nevada. 

El Tratado de Oregón con Inglaterra modela la frontera norte del país con Canadá en el año 46. En muy poco tiempo la nación formada por un puñado de ciudades de la costa este se ha convertido en un vasto territorio virgen que hay que colonizar y poblar. Las guerras contra las tribus indias de las llanuras aseguran el despliegue de la población hacia el oeste y la Guerra Civil acaba con la esclavitud, pero, sobre todo, asegura la unidad nacional ante la amenaza de secesión de los estados sureños, imponiendo la visión moderna del norte en toda la economía y la sociedad americanas.

1869 es la fecha simbólica en que se produce la unión por ferrocarril del Atlántico y el Pacífico y representa la llegada de la industrialización al oeste y el triunfo sobre los nativos americanos, la antigua América salvaje. Este proceso culmina con las grandes guerras indias y la rendición en 1881 de Sitting Bull, el famoso guerrero Sioux, y la derrota y captura del caudillo apache Jerónimo cinco años más tarde. En un periodo de apenas cincuenta años se llevó a cabo la construcción de un inmenso país desarrollado capaz de encabezar en el siglo XX la lista de naciones industrializadas. 



De alguna forma, la pasión que despierta el folclore en la segunda mitad del siglo XIX en el país es una reacción contra la industrialización y la vida urbana y un anhelo de retornar a la naturaleza. En 1888 es fundada la American Folklore Society (AFS) con el fin de preservar las costumbres y los usos tradicionales que sus miembros consideraban que estaban desapareciendo en unos Estados Unidos en rápido cambio. En concreto, a través de su medio oficial de comunicación, el Journal of American Folk-Lore (JAF), llamaban a explorar «las ciudades más antiguas y retiradas» a la búsqueda de los productos en extinción del «pasado tranquilo» antes de que fuesen «absorbidos por la uniformidad del lenguaje escrito». 

Esta voluntad de la AFS de salvar la herencia cultural del pasado no se limitaba a las tradiciones propias de los colonos blancos que habían poblado el oeste, sino que incluía a los nativos americanos («porque su pintoresca y maravillosa vida pronto iba a ser absorbida por la uniformidad del mundo moderno») y a las canciones e historias de los negros («una raza que, para bien o para mal, es a partir de ahora una parte indisoluble del cuerpo político de los Estados Unidos»). Solamente sumando al folclore del mundo rural las manifestaciones culturales de los indios y de los afroamericanos podría pintarse el fresco completo. 

En las primeras décadas del siglo XX el impulso conservacionista se acelera. Siguiendo los principios de la AFS, el estudioso Cecil Sharp recorre los Apalaches entre 1916 y 1918 buscando la pervivencia de baladas inglesas entre los habitantes de esas montañas. Su idealización del montañés, en contacto permanente con la naturaleza y portador de una «sabiduría elemental», hacía parecer esa ruda existencia de pura subsistencia como una suerte de vida basada en la filosofía ascética.

Aunque, sin duda alguna, el mayor folclorista del siglo fue John Avery Lomax, con quien se abría este texto. Lomax, nacido en Misisipi en 1867, se enfrascó en 1906 en un proyecto de investigación del departamento de Inglés de la Universidad de Harvard que, en sus propias palabras, buscaba recopilar las canciones que «representaran y retratasen la vida de los pioneros que poblaron la vasta región al oeste del río Misisipi». Para ello solicitó la colaboración abierta de todos los ciudadanos a través de los periódicos existentes por todo el oeste del país. El resultado de esta iniciativa fue su obra Cowboy Songs and Other Frontier Ballads que publicó en 1910.

El equipo de grabación de John Lomax, en su coche. Foto: Library of Congress.

En la nota con la que introduce su trabajo de recopilación, John Lomax compara el espíritu popular de crear y mantener una tradición lírica entre los colonos de los nuevos estados como Texas, Arizona y Nuevo México o los mineros de los campamentos de Nevada y Montana, con el que mantuvo vivo las viejas baladas anglosajonas en Inglaterra y Escocia. Destaca además el valor que aportan estas canciones para dibujar la figura clásica del cowboy, cuya popularidad estuvo muy en boga desde principios del siglo XX y que fue mitificada tanto por la literatura como por el cine. Y es que una sociedad en rápido proceso de industrialización mira con nostalgia hacia las leyendas del lejano oeste, como escribe Lomax en 1910: «el cambiante y romántico Oeste de los primeros tiempos vive mayormente en el relato y la canción. La última figura en desaparecer es el cowboy, el espíritu que mantiene viva una época que se desvanece». 

El cowboy o vaquero, la figura arquetípica de los Estados Unidos, tiene su origen en la ganadería en ranchos que se practicaba en el oeste, en la que el ganado se manejaba a caballo en espacios abiertos, que difería de la técnica del este. Tiene su origen en Texas antes de la Guerra Civil y ya en 1876 se había extendido por Oklahoma, Kansas, Nebraska, las Dakotas, Montana, Wyoming, Nevada, Utah, Colorado y Nuevo México. La vida en los ranchos era dura y sus habitantes hacían gala de una extraordinaria voluntad y de la agresividad necesaria para subsistir en la soledad en un medio agreste.

El folclore del viejo oeste se completa con otras figuras de la frontera que también aparecen en las canciones de la época, como los indios o nativos americanos, cuyo sometimiento al mundo del hombre blanco no se produce hasta el último cuarto del siglo XIX, los tramperos y montañeros, que hacían de guías del terreno para los colonos y militares, los Rangers de Texas y los soldados encargados de la pacificación de los nuevos territorios, los cazadores de búfalos, los fuera de la ley —como Jesse James, Sam Bass o Billy el Niño—, los buscadores de oro y los inmigrantes que llegaban en oleadas desde los estados del este del país.

Todo el fresco de la conquista del salvaje oeste queda retratado en aquellas canciones, como lo cuenta John Lomax en el artículo que firmó en la Enciclopedia Británica: «el ciclo completo de la experiencia del cowboy —su monotonía, su diversión, sus héroes, sus amores, sus peligros y la épica de los grandes viajes a través del país desde Texas hasta Montana— está planteado en las canciones creadas y cantadas por esos mismos hombres».  

El abanico de temas que trata la lírica de la frontera es amplio y variado. Desde la recreación del paisaje salvaje, hasta el punto de vista sobre la vida del cowboy, pasando por sus relaciones con las mujeres, el consumo de alcohol y su aproximación a la religiosidad.

El paisaje de esos territorios de naturaleza virgen está presente en títulos como Hell in Texas o la archiconocida, dentro del género, A Home in the Range, una loa a la vida del rancho:

«Home, home on the range. 

Where the deer and the antelope play; 

Where seldom is heard a discouraging word 

And the skies are not cloudy all day».

(En casa, en casa en el rancho.

Donde el ciervo y el antílope juegan;

Donde pocas veces se escucha una palabra de desánimo

Y donde los cielos no están nublados todos los días)

Gran parte de los temas tratan distintos aspectos de la vida del vaquero, como por ejemplo The CowboyAll day long on the prairies I ride / Not even a dog to trot by my side» …  Todo el día cabalgo en la praderas / sin siquiera un perro que trote a mi lado) o la aún más pesimista A Dreary, Dreary Life (Una vida dura dura). Siempre se acentúa la soledad que conlleva la vida de estos jinetes, como en Poor Lonesome Cowboy y The Horse Wrangler.

También el caballo es objeto de atención en estas composiciones. Una buena montura es el elemento indispensable para los hombres de las praderas y el cowboy celebra en sus canciones a su compañero de fatigas. Ejemplos de ello son Pinto, The Zebra Dun y Chopo, cuyos títulos hacen referencia a nombres propios de estos animales.

Los viajes con el ganado, bien en busca de pastos, bien a las ferias y mercados, están llenos de motivos y situaciones que inspiran la lírica del cowboy. Las travesías a través de las principales rutas —Chisholm Trail y Goodnight – Loving Trail—, suponían mucho esfuerzo, puesto que exigían estar muchas horas a caballo y enfrentar no pocos peligros, como los ataques indios o las estampidas de las reses. Este género de canciones incluye por su naturaleza numerosos topónimos que ilustran las rutas seguidas, como la titulada Down South on the Rio Grande o The Old Chisholm Trail

La personalidad del cowboy es retratada en el folclore del oeste en sus múltiples facetas, como su tendencia a fanfarronear sobre sus habilidades (Windy Bill), sus relaciones con las mujeres (The Gal I Left Behind Me, Mississippi Girls, Rambling Boy), su visión de la religión y el más allá (The Cowboy at Church, The Cowboy’s Dream) y, por supuesto, su experiencia de la muerte, como en The Dying Cowboy, con la que abríamos este artículo.

El cancionero del salvaje oeste contiene también piezas relacionadas con otros personajes fronterizos, como por ejemplo, los indios. Billy Venero trata de un joven que pierde la vida por avisar a su amada, la ranchera Bess, de la proximidad de un grupo de apaches; en Sioux Indians se plantea la amenaza que supone esta tribu para las caravanas de colonos. Unido al tema indio aparecen los Rangers de Texas, un cuerpo de pacificación del territorio, y el ejército de los Estados Unidos. Temas como The Dying Ranger y Here’s to the Ranger exaltan a través de alabanzas a los miembros de estas fuerzas, mientras que otros títulos, como Way Down in Mexico o Buena Vista Battlefield, remiten a las guerras con México (1846-1848).

Los cazadores de búfalos aparecen retratados en piezas como The Buffalo Skinners y The Buffalo Hunters. El papel de estos hombres se presenta como decisivo dentro de la conquista del oeste. Otros protagonistas de baladas fronterizas son los mormones y los inmigrantes procedentes del este. 

The Ballad Of Jesse James, Bruce Springsteen.

Merecen especial atención las canciones sobre forajidos, esos personajes que establecían su ley a sangre y fuego en los territorios recién colonizados. En algunos casos, son tipos dibujados positivamente como justicieros amigos de los pobres (al igual que ocurre con Robin Hood en las baladas medievales inglesas), como en Jesse James, cuyos versos cuentan: «Jesse was a man, a friend to the poor, / He never would see a man suffer pain» («Jesse era un hombre, amigo de los pobres / nunca podía ver a un hombre sufrir dolor»). Otros malhechores inmortalizados por la cultura popular son Cole Younger, del clan Younger que trabajó mano a mano con los James, Sam Bass, que va a Texas a trabajar de vaquero y acaba convertido en bandido, y, como no, el sanguinario Billy the Kid, cuya balada afirma que «era un hombre malo que llevaba una gran pistola» y que «disparaba a uno cada mañana para hacerse el almuerzo matutino».

Finalmente, el folclore de la música de la frontera deja un hueco para la nostalgia cuando acaba la era de los grandes ranchos y de la ganadería a cielo abierto. En The Last Longhorn una res moribunda de dicha raza establece un diálogo con el cowboy lamentando el fin de una época. The Lone Buffalo Hunter sigue una línea parecida: «But now comes the rising generation to take the cowboy’s place» («Pero ahora llega la nueva generación a ocupar el lugar del cowboy»). El título de otra es igualmente simbólico al respecto: The Camp Fire Has Gone Out (La hoguera se ha apagado). Primero llegó al ferrocarril, más adelante, la febril actividad urbana e industrial, que acabaron para siempre con el viejo y mítico salvaje oeste.

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