Los Goytisolo

José Agustín, Juan y Luís Goytisolo.

El pasado 4 de junio nos dejó Juan Goytisolo, segundo de una dinastía de las que dan lustre al propio, asendereado término, la de tres renovadores de nuestra literatura sin cuya acción regeneradora la poesía y la narrativa patrias sin duda serían infinitamente más pobres. 

Los Goytisolo son tres niños de la Guerra Civil que, por si el trauma bélico pareciera leve, quedan huérfanos de madre durante un bombardeo sobre su Barcelona natal. Nada más lejos de mi ánimo que dejarme llevar por determinismos baratos, pero tamaña tragedia habrá de condicionar, por fuerza, el devenir adulto y creativo de los tres hermanos. De hecho, en el caso del primogénito, José Agustín, la hipótesis cobra visos incontrovertibles: la figura de la madre ausente es una presencia casi constante. Y perdón por la fácil antítesis.

El mediano y —a sabiendas de la osadía de la afirmación que voy a verter— posiblemente más dotado de una progenie a la que, por otra parte, el talento se le cae de los bolsillos, transita desde los postulados del realismo social un tanto percherón de sus inicios en los 50 —Juegos de manos, Duelo en el paraíso, entre otras—  hasta la ruptura con todas las convenciones que suponen Reivindicación del Conde Don Julián —abreviado hoy a Don Julián, cosas de los inescrutables designios del mercado editorial, supongo— y Juan sin Tierra, pasando por el punto intermedio, e ineludible, de su, a mi juicio, obra maestra Señas de identidad.



Similar evolución cabe percibir en su curioso periplo vital. Joven inquilino de Marguerite Duras durante su exilio voluntario en París, allí conoce a la también escritora Monique Lange, elemento capital en la asunción de su propia bisexualidad y con quien convivirá hasta la muerte de ésta en 1996, año en que Goytisolo se instala definitivamente en Marrakech, escenario recurrente en su obra a partir de la mencionada, sísmica Don Julián. De la semblanza que en 2015 le dedicara el interesante documental Juan Goytisolo (Medineando) —vuelto a emitir recientemente, a guisa de panegírico— se desprende que, con algunas peculiaridades propias del genio e inherentes a la feroz independencia que siempre le caracterizó, se trataba de un hombre esencialmente bueno. Quizá sea por ello que sus últimos años inspiren todavía más lástima. Enfermo y agobiado por las penurias económicas, se vio obligado a aceptar el Cervantes, del que, como de tantos otros premios, siempre había renegado y para cuya ceremonia de entrega no disponía siquiera de un traje moderadamente apropiado, a fin de asegurar el sustento de sus herederos. 

Ciertamente triste fue también el final del mayor, José Agustín, quien hace ya cerca de dos décadas, en 1999, se precipitó ventana abajo. Está aún por ver si voluntaria o accidentalmente; aunque la primera posibilidad parece la más plausible, habida cuenta de la ciclotimia que le aquejaba. Un enigma, en todo caso, de muy relativo interés, si acaso el meramente morboso.

José Agustín Goytisolo forma parte de la llamada Escuela de Barcelona, enmarcada en la más amplia  Generación del 50, junto a Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral. Desdeñando la ortopédica ortodoxia —me pregunto cuál no lo es— del nacional-garcilasismo en boga, sus integrantes practican una lírica autobiográfica y juguetona en la que logran un maridaje inaudito del elemento culto y el popular. 

Goytisolo debe buena parte de su fama al exitoso Palabras para Julia, que contiene el poema homónimo, celebérrimo y musicado hasta por Los Suaves, en cuya tosca versión nos llegó a casi todos los de mi quinta por vez primera. No me resisto a la tentación de reconocer que, obviando su sentido original —está dedicado tanto a su hija como, de manera alegórica, a la madre desaparecida— , en más de una ocasión y de dos y de tres recurrí a él para (tratar de) rendir la voluntad de alguna que otra chica con ciertas inquietudes literarias. En cuanto al resultado de tales acercamientos, me voy a acoger a mi derecho a no declarar en mi contra. Y ya que andamos metidos en el barro de las confesiones, mi favorito es el igualmente conocido, aunque no tanto, Si todo vuelve a comenzar, del libro Bajo tolerancia. Una joya a la que nunca me canso de regresar, ya ves soy lo que llaman / el clásico maníaco depresivo.

Luis, el benjamín de la familia, sigue vivo y coleando desde su sillón C de la RAE. Pero que las apariencias de —relativa— normalidad, o quizá más bien tipicidad, no nos engañen; también él hubo de pasar por su odisea particular. Así, empezó a componer Antagonía, su magnum opus, sobre el papel higiénico de su celda en la cárcel de Carabanchel, a donde fue arrojado durante cuatro meses por el régimen franquista. Probablemente sea ése el lío al que se refieren los versos, preciosos en su cotidianidad, de la Carta a mi hermano que José Agustín remitiera a Juan.

El neologismo Antagonía engloba las novelas Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento. Si bien publicadas por separado entre 1973 y 1981, la vocación de unidad que las atraviesa llevó a que, en 2012, Anagrama las reeditara en un solo volumen de más de mil páginas. El resultado es un monumento —que no mamotreto— metaliterario cuyo arduo manejo ennoblece el acto mismo de leer, rebajado por tantísima basura comercial y los nuevos, chabacanos soportes digitales. 

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