Johannes Vermeer, la sublimación de lo cotidiano y una mirada

La joven de la perla (h. 1665-1667), por Johannes Vermeer.

Se sabe más de sus cuentas que de sus cuadros. Tal es la desgracia que parece perseguir a Johannes Vermeer desde su muerte, hace más de cuatro siglos. Su catálogo reúne poco más de treinta obras. Tampoco son muchas las atribuciones dudosas. Murió a los 43 años, según su viuda a causa de una inestabilidad financiera que le acompañó toda la vida, como si de una maldición familiar se tratase. Gracias al riguroso inventario de operaciones comerciales llevado a cabo por ésta, Catharina Bolnes, la esposa del pintor, y por la madre de ella, Maria Thins, sabemos los pormenores de la desdichada suerte de Vermeer en sus negocios. Vivía de vender sus propios cuadros y de comerciar con los de otros artistas. Algunos dirán que vivió por y para el arte. Pero quizás sería más justo decir que vivió a pesar del arte. Ya su padre se había ocupado como modesto marchante de arte, siendo hospedero, y jamás logró hacer fortuna. Johannes heredó su misma suerte, por lo visto, a pesar de llegar a ser un reputado pintor en su época, vendiendo sus obras por un precio bastante superior a la media. Sin embargo, lo exiguo de su producción y los gastos que suponía mantener ni más ni menos que a quince hijos —aunque cuatro fallecieran a temprana edad—, hizo que el pintor de Delft viviera permanentemente angustiado por la falta de recursos económicos. Dos años después de su muerte, Catharina escribía: «Durante la larga y atroz guerra contra Francia no solo no había podido vender sus propias obras, sino que, para perjuicio suyo, los cuadros de los demás pintores con los que comerciaba se quedaron sin vender. Como consecuencia, y a causa de la gran carga de los hijos, y sin medios personales para hacer fortuna, había caído en tal estado de frenesí y decaimiento que en un día o un día y medio había pasado de gozar de buena salud a estar muerto». Vermeer tenía 43 años cuando murió.

Más allá de sus finanzas, casi todo sobre Vermeer ha tendido al enigma. No se le conoce maestro ni referencia de enseñanza alguna. Sus influencias, asimismo, son identificables en los grandes nombres de su época y de la inmediatamente anterior, Caravaggio y los caravaggistas de todas las latitudes, algo de Rembrandt, algo de Velázquez, una herencia de los Van Eyck, pero nada propiamente “a la manera de”. Podría decirse que fue único y original. Y eso es lo más grande que puede decirse de un artista. Por época es un barroco puro, pero no lo es, de hecho es el menos barroco de todos los grandes pintores barrocos. Podría ser más renacentista que barroco, si no fuera porque su obra tiene un halo de modernidad que le aleja del pasado. Tal vez, lo que más fue Vermeer es casi un romántico. Del barroco tiene la luz, pero huye de la acción, para detenerse en la pausa —valga la redundancia—, en el antes o el después. La expresividad la haya en el gesto mínimo, íntimo, cotidiano de la gente normal. Acaso en una calmada vista sobre la ciudad, uno de esos días en los que parece que no pasa nada que vaya a dejar algo escrito en los calendarios del futuro.

En los pocos más de treinta cuadros que hoy se consideran de autoría irrefutable de Vermeer se pueden encontrar alrededor de medio centenar de figuras humanas, la mayoría de ellas mujeres, y salvo dos obras, todas transcurren en interiores. Las ventanas en la parte izquierda del cuadro son un elemento característico, iluminando a la lechera, al geógrafo y al astrónomo, a la dama que escribe un carta y a la que la lee, a la joven que recibe una lección de música o a las que pasan un rato en compañía de respetuosos caballeros. En todos los cuadros junto a ventanas, tan característicos de Vermeer, hay, sin embargo, un elemento en común más poderoso que su fuente de luz: un poso de melancolía que lo inunda todo, que no irradia de un solo punto, como la luz de la ventana, sino que está en toda la atmósfera, que se respira. En sus escenas se percibe lo que el historiador de arte Max Jacob Friedländer consideraba la gran cualidad que diferencia la pintura de género de la pintura histórica y religiosa: «El auténtico tema de la pintura de género —decía Friedländer— es la condición, no el hecho concreto». Vermeer es pintor de un durante prolongado, de un antes o un después, pero no del relámpago. Y sin embargo, su más famosa obra rompe todas sus costumbres. Una vez más, el misterio del gran pintor. Lo inesperado.

La joven de la perla se data hacia 1665-1667, aproximadamente en la mitad de la carrera artística de Johannes Vermeer. Y no tiene nada que ver con lo de antes, ni con lo de después. De hecho, no es un antes o un después, no es un durante prolongado, sino precisamente un momento crucial, un giro y una mirada determinante. El cuadro es el más cercano de los retratos hechos por Vermeer y su fondo es negro, como en ningún otro. No se sabe dónde está la muchacha del pendiente de perla. Ninguno de los elementos característicos del pintor de Delft están en el cuadro, es un momento crucial —aunque íntimo, eso sí—, sin atmósfera, y con matices duros, casi caravaggianos. Todos los enigmas de Vermeer se reflejan en la mirada de esta chica con turbante azul y blusa amarilla. Tiene el gesto de la inmortalidad artística, como lo tiene La Gioconda o el Galo Capitolino. Un gesto tan humano que solo podía ser inmortalizado a través del arte, y por un artista sin igual. El misterio de las grandes obras universales.



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