En defensa de ‘El guardián entre el centeno’

De un tiempo a esta parte he dado con varios artículos cuyos autores se atreven a decir que El guardián entre el centeno, la obra más conocida de Jerome David Salinger, es un libro sobrevalorado. Aplaudo el atrevimiento de los escritores que hoy día, en estos tristes momentos en los que la sociedad parece gustar de pensar al unísono, dan su propia opinión sobre una obra que debe ser valorada primeramente por nosotros, sus más tempranos lectores en la Historia de los libros y, por consiguiente, carentes de juicios previos de críticos de renombre. El hecho de no dar el visto bueno porque sí a lo que las editoriales te exponen cada minuto en sus escaparates, físicos o digitales, es un alivio para los que no admitimos que el libro más vendido tenga que ser, forzosamente, un buen libro. Y por ello, porque me gusta que otros se atrevan, han de suponer que a mí es el primero que me gusta atreverme. Así, lo diré claro: para mí, El guardián entre el centeno no es un libro sobrevalorado.

Portada de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

El guardián entre el centeno es un libro sin fortuna. No ha tenido la suerte de ser leído como tal, como un libro, sino como una obra maldita que un asesino tenía descansando en la mesita de noche. De ahí ese rápido furor que causó entre las juventudes de un tiempo pasado y, también de ahí, que hoy muchos sigan buscándola en los estantes de las librerías por ser el libro cuyas páginas fueron pasadas otrora por la mano del homicida. Pocos se han atrevido a leer El guardián entre el centeno sin caer en el error de imaginarse a sí mismos como asesinos leyéndolo. 

Pero, ¿qué es lo que tiene El guardián como para atraer tanto a estos fetichistas que sueñan con ponerse en la piel del asesino? ¿Sangre? ¿Asesinatos en serie? ¿Páginas repletas de oscuridad que hagan plantearte la muerte de tus ídolos? La respuesta es que no. Nada de eso se encontrará en las páginas de la famosa obra de Salinger. El guardián entre el centeno es la sencilla historia de un adolescente incomprendido que, tras ser expulsado del colegio donde estudia, no sabe qué hacer con su vida en la Nueva York de los años 40. 

A través de la voz en primera persona de Holden Caulfield, un estudiante de secundaria, el lector se adentrará en el pensamiento de un joven neoyorquino que no está preparado para nada en la vida. El hecho de que Caulfield no gusta de las mismas cosas que sus compañeros del instituto, sus paseos por una ciudad tan desagradable y dañina como La Gran Manzana y el trato con gente desagradable y tonta a sus ojos de adolescente serán las claves de que el lector se vea reflejado en el protagonista de la novela o que lo repela y se gane su aversión por siempre. En palabras más simples, diría que todo lector puede formar parte de la novela: bien como uno de esos personajes típicos de la gran ciudad que son aborrecidos por Caulfield o bien como uno de esos pobres muchachos que logran despertar algo de simpatía en el joven. Si eres el chico guapo triunfador en el fútbol americano, la chica bonita que se enamora de este, aquellos que ríen las gracias a ambos, el chicho con granos, preocupado únicamente por su aspecto, que no para de meterse en la vida de los demás, el matón de barrio protector de alguna prostituta, el profesor que considera su asignatura un pilar fundamental en la vida de cualquier pobre individuo o la joven excepcional que lee teatro y poesía, pero que aun así es imbécil, te granjearás la enemistad de Caulfield. Y no será solo por su parte, a ti también te sacarán de quicio sus ínfulas de engreído, su muletilla impertinente, sus pretensiones y prejuicios.

Y, entonces, ¿por qué defender El guardián entre el centeno? Porque aún queda gente que lee los libros sin atender a las leyendas negras que los cubren y puede descubrir en Caulfield el perfecto ejemplo del joven que no sabe cómo encauzar su vida en una sociedad enervante y banal como la Nueva York de los años 40. Porque Salinger crea en su obra un protagonista que, a pesar de vivir en un continuo tedio por la gente insulsa e imbécil que le rodea, no pierde la capacidad de mirar con ojos de niño el helado lago de Central Park en invierno. 

Hoy día todo lo que sea adolescente nos recuerda esa época a despreciar de nuestras vidas y no queremos tener nada que ver con algo que nos transporte a ella. Quizás porque fuimos el chicho guapo que se creía el mejor futbolista del instituto o alguno de los que se intentaban ganar su aprobación a toda costa. Quizás porque fuimos la reina bonita del recreo. Quizás porque fuimos unos insoportables sin saberlo. O quizás, por lo contrario, porque no nos preocupamos de preguntarnos qué estoy haciendo con mi vida. Porque nunca nos atrevimos a escapar de allí donde no éramos felices. Porque nunca supimos cómo se sentía el chicho neoyorquino a quien no le gustaba el fútbol americano. Porque jamás nos sentimos tan desamparados, inocentes, pobres, solos, inadaptados, pero a la vez orgullosos y únicos, como lo fue Holden Caulfield. Quizás porque nunca supimos leer ni valorar, en sus propias palabras, El guardián entre el centeno.




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