El mejor lugar para escuchar ‘Casta Diva’

Teatro Massimo Bellini, Catania. Foto Domingo Leiva Pinterest.

Las dos grandes ciudades de Sicilia, Palermo y Catania, se encuentran separadas por 200 kilómetros. Cada una en una parte de la isla. Como hermanos con demasiadas cosas en común, tienden a la comparación entre ambas y compiten silenciosamente por cosas absurdas que solo ellas entienden. Sus orígenes son lejanos, fueron fundadas en el siglo VIII a.C., Palermo por fenicios y Catania por griegos. En el siglo XII las dos ciudades pasaron a ser dominio de la Corona de Aragón, ostentando Catania la capitalidad de aquella Sicilia “aragonesa”. Tuvieron sus respectivas epidemias de peste. Y ambas tienen un teatro con el mismo nombre, Massimo. El Teatro Massimo de Palermo es una maravilla cuya escalinata de entrada es mundialmente conocida después de que encontrase allí la muerte la hija de Michael Corleone, en el final de El Padrino. En Catania, su Teatro Massimo fue apellidado Bellini, en honor al compositor Vincenzo Bellini, oriundo de la ciudad, y para diferenciarse del Massimo de Palermo. Y  aquí nos vamos a quedar, en las inmediaciones del Teatro Massimo Bellini, en Catania. Porque hoy día Palermo, con el doble de población que Catania, ostenta la capitalidad de Sicilia, pero Catania tiene uno de los secretos mejor guardados de Sicilia, una pequeña plaza que bien vale una ciudad entera.

Los italianos, en general, tienen la costumbre de asociar sus ciudades a algo que las define como las mejores del mundo en algo. Catania, por ejemplo, considera que es patria del mejor granizado del mundo. Pero no lo es, de hecho, al gusto de quien esto escribe el granizado catanesi es un verdadero asco. Y es una pena, porque sería el complemento idóneo para disfrutar de un atardecer perfecto en la Piazza del Teatro Massimo Bellini. A escasos cinco minutos andando de la gran Piazza del Duomo, con su adorable y misterioso elefante de piedra volcánica y la magnifica Catedral de Santa Águeda, la plaza del Teatro Massimo Bellini se esconde tanto de la magnificencia del excepcional barroco siciliano que domina el centro histórico de la ciudad, como del color ceniza de los edificios, propio de una ciudad a pies de un volcán, el Etna. El teatro comenzó a construirse en 1812, pero tardó décadas en tener el aspecto que hoy luce. En 1890 se inauguró con Norma, de Bellini, como no podía ser de otra manera. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió serios daños, pero en 1951, coincidiendo con el 150º aniversario del nacimiento del compositor, estaba listo para acoger la Norma de Maria Callas que pasaría a los anales de la música. Dos siglos de historia con las formas típicas del barroco siciliano, recogidas hacia el interior de una plaza que se ve dominada por su presencia, pero a la vez contagiada de la imponente y modesta belleza del edificio que le da nombre.

Jacarandas en la plaza del Teatro Massimo Bellini, Catania. Foto: O. Rus.

Vista desde aire, la plaza del Teatro Massimo Bellini tiene una cierta forma cuadrangular que en realidad esconde un círculo —¿la cuadratura del círculo?—, dibujado en su empedrado, como un enorme y perfecto ojo con una pequeña fuente por pupila. Pero la belleza de la plaza que lleva el nombre del hombre que compuso Casta Diva, no está en la lejanía del aire o en la abstracción de un mapa, sino en su íntima y cotidiana rutina. Unos pocos cafés, heladerías y restaurantes ofrecen cobijo al paseante en sus inmediaciones. No son muchos, apenas tres locales que dotan a la plaza de la comodidad necesaria para disfrutar con calma de uno de esos lugares que parecen estar, casi siempre, al margen del ajetreo del mundo. A una respetuosa distancia de media plaza con respecto al teatro, invita a descansar una heladería donde el novato caerá en la trampa del “mejor granizado del mundo”, pero un visitante más avezado se hará acompañar de un buen café para disfrutar de la mejor atalaya hacia el teatro como al conjunto de la plaza. Porque esa es otra de las cualidades que hace de este lugar uno de los más encantadores de Sicilia, que su gran edificación —el teatro— no roba el resto de vistas, ni exige toda la atención. Frente a él, en el otro extremo de la plaza, se levanta el Palazzo delle Finanze, parapetado tras cinco árboles —Jacarandas— que cuando florecen en primavera, con su violeta intenso, le dan a la plaza el toque mágico definitivo.

Nunca hay mucha gente en la Piazza del Teatro Massimo Bellini en Catania. Tiene naturaleza de escondite. Hay lugares así en todas las ciudades del mundo, oasis apartados del bullicio, aunque estén metidos en él mismo ojo del huracán. Con historia, con gentes que los mantienen vivos cada día. Sitios que pasan desapercibidos en la guías turísticas, pero con un algo especial, una capacidad de acoger que conmueve al extraño, haciéndolo sentir como en casa.

Si van a Catania, ya saben, recuerden dos cosas: no tomar granizado, y pasarse por la Piazza del Teatro Massimo Bellini, con tiempo para quedarse, sentarse a tomar un café y reservar unos minutos para ponerse los cascos y escuchar Casta Diva en voz de Maria Callas mirando alrededor. No habrá muchos sitios mejores para hacerlo.

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